cuando un amigo se va | ante la muerte de luis marré
Claro que resulta difícil, muy difícil, enfrentar, y aun menos aceptar, la definitiva desaparición de un amigo, de la infancia, de la escuela, del ...

Claro que resulta difícil, muy difícil, enfrentar, y aun menos aceptar, la definitiva desaparición de un amigo, de la infancia, de la escuela, del trabajo, del barrio o de cualquier otro lugar donde la vida y las circunstancias hayan hecho posible el encuentro y la amistad, esa preciada joya que distingue y engalana la existencia humana.
Son realmente golpes tan tremendamente duros estos que nos suele dar a ratos vida, que, como bien diría el poeta peruano Censar Vallejo: “abren zanjas oscuras en lo más hondo del pecho”. Y justo así ha acontecido en la noche de ayer cuando recibí la dolorosa noticia de la muerte del poeta cubano Luis Marré, Premio Nacional de Literatura y autor de numerosos poemarios que sin lugar a dudas han dejado su impronta creadora en el panorama de la literatura cubana contemporánea y que lo sitúan entre las figuras más prominentes de la llamada Generación de los Años Cincuenta. Entre ellos se pudieran citar “Nadie me vio partir” (1990), “Techo a cuatro aguas” (1996), “A quien conmigo va” (2001) y “Hojas de ruta” (2006), por solo nombrar unos pocos.
Amigo y compañero entrañable de bohemias y tertulias literarias, y de toda clase de avatares existenciales, de los poetas y pintores Fayad Jamís y Pedro de Oraá, a quienes los unió una larga y profunda amistad, Luis Marré dedicó gran parte de su tiempo y de su vida a resaltar y promover la obra y el mérito ajenos y en especial a reconocer y elogiar oportunamente a los más jóvenes, siempre y cuando su mirada zahorí detectara calidad en sus escritos.
Y fue justamente de este modo que tuve la suerte de conocerlo en el año 1974 cuando junto a los también poetas Roberto Fernández Retamar y Marcelino Arozarena formaba parte del jurado del Premio de Literatura UNEAC. Yo, un desconocido poeta ventiañero que frecuentaba por ese entonces las oscuras tertulias del parque de Calzada y K, frente a la Funeraria Rivero, en el Vedado, había enviado mi primer libro “Como un dulce fuego necesario” a ese certámen.
Y aunque en esa época se trataba, sin lugar a dudas, del concurso literario más reñido, codiciado y reconocido de todos en el ámbito nacional y el galardón fue a parar a manos del poeta Carlos Martí por su obra “El hombre que somos”, no obstante ello Luis Marré fijo su inquieta mirada en mi libro y hasta se arriesgó a recomendarlo para su posible publicación por Ediciones UNION.
Luego de aquello, tuvimos numerosos diálogos y encuentros e intercambios y quedó sellada entre ambos una amistad de casi 40 años.
Jardinero en su natal Guanabacoa, mensajero, tenedor de libros, cobrador, contador, poeta, periodista, novelista, redactor y editor, Luis Marré se distinguió siempre por esa sencillez, transparencia, refinamiento, fuerza e intimismo consubstanciales tanto a toda su obra como a su propia personalidad.
Por: Pedro Oscar Godínez.
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