de la memoria y los vestigios
(Palabras para la Exposición en el Taller Amelia Peláez, de Diez de Otubre)

(Palabras para la Exposición en el Taller Amelia Peláez, de Diez de Otubre)
Por: Deney Torres, curadora.
Dicen que cuando un madero es atravesado por un clavo, aunque se retire el mismo, el madero queda marcado con una escisión y la huella queda ahí para su constancia. De esto se trata justamente la Exposición que presentamos hoy aquí en el Taller Amelia Peláez: de la memoria, de los vestigios, de la Falta.
Cuatro autores que forman parte del Grupo de Artistas Bolivarianos de Colombia y creadores del Grupo de Arte de Diez de Octubre, tienen cita hoy, para encarnar no sólo el rol del latinoamericano actual, sino para expresarse desde su condición humana a favor del medio ambiente y los conflictos ecológicos por los que atraviesa el mundo hoy.
Así encontramos artistas como Héctor Montaño, deudor de un expresionismo que nos remite a un Grosz ácido en tanto crítico punzante, crudo y directo. El sarcasmo con que trabaja el tema político y el dramatismo de sus figuras se ven reforzados en la angulosidad de las formas, el uso de colores llamativos y contrastantes que dan fe de un ambiente convulso; colores que a su vez, son los de la bandera colombiana, utilizada insistentemente como símbolo que alude a la realidad de ese país. Montaño nos muestra un conjunto de piezas que hablan de la indiferencia política ante fenómenos como el narcotráfico, la marginalidad, el advenimiento de nuevas generaciones sumidas en el caos socio-político, la pérdida de valores, el crimen organizado, las guerrillas y el cobro de vidas inocentes. Sus piezas están cargadas de un universo simbólico que indiscutiblemente logra transmitir el estado de inseguridad y catarsis que vive ese pueblo hace décadas.
Por su parte Boris Porres nos da la libertad de entender su arte dependiendo del espectador. Si quisiéramos continuar la línea que trazábamos con Montaño, diríamos que efectivamente, se repite el uso de los colores contrastante de la bandera colombiana. Su pincel en franca evocación al dripping o action painting -como se le quiera llamar al estilo definido por el norteamericano Jackson Pollock-, hace una apropiación en busca de una realidad que le es muy propia. El chorreado como también se le conoce a este estilo se aviene totalmente, en tanto lenguaje y representación psicológica, al entorno criminal que vive Colombia. Boris, es un artista que trasciende el espacio bidimensional y conquista las oportunidades que le brinda la instalación, haciendo del conjunto una convivencia muy rica entre el soporte tradicional que apela a la abstracción y el llamado objeto artístico como significante. Se trata de zapatos intervenidos por el artista que cuelgan alrededor de la obra. El zapato como metáfora de seguridad, de protección, de mercado, de identidad, de huella, etc. Sin embargo son zapatos con parejas no encontradas, dispersas, como aquellos pasos que han perdido el rumbo. Zapatos incompatibles, desiguales, disociados.
Otra visión alejada del contexto citadino, pero relacionada totalmente con el conflicto colombiano es la que nos ofrece José Marino García. El artista nos coloca justamente del lado opuesto de aquello que estábamos entendiendo por explosión, grito, gemido de un pueblo en crisis. Efectivamente estamos hablando de un grito y de una protesta, pero en el lenguaje sutil de la naturaleza, que clama desde su inmensidad. El artista nos coloca en medio de una selva profunda que sufre también el impacto ambiental, producto de un trasfondo histórico marcado por la colonización que se repite como un proceso cíclico. Así también el paisaje como tema, se ha repetido de manera continua a la largo de la historia, adaptándose a las tendencias en boga.
Dentro del grupo de artistas colombianos dejé para último, el comentario de una obra que viene a darme el punto de enlace con los creadores cubanos. Hadid trata un tema que va, ya no desde el exterior hacia lo interno, quiero decir, ya no plasma en el lienzo, cómo un entorno determinado influye en el comportamiento del individuo, sino como éste a través de su visión particular construye y reproduce su universo interior en el entorno. Nos habla de normas sociales preestablecidas en la consecución de un orden, normas que los individuos interpretan y asumen, o no. La síntesis de recursos es realmente loable. Hadid logra expresar esta dualidad con dos elementos fundamentales, el individuo y un semáforo. El sentido geométrico de la pieza en relación con la amplia gama cromática, nos remite a esa posibilidad de elección que tiene el sujeto a pesar de la rigidez con que están concebidos los cánones sociales.
Esta mirada desde lo individual es fundamentalmente la tendencia de los artistas cubanos. Obras que tienen que ver un poco más con el complejo universo interior de los autores, con una evidente agudeza antropológica y psicológica.
Pierre Bernet, con su estilo fácilmente reconocible, comparte ciertos recursos formales con Hadid, en tanto deudores de la corriente geométrica. Pierre nos habla de una huella, ahora signada por el goce, el acoplamiento natural, la satisfacción y el sabor del erotismo. Es también una visión interna que se experimenta ya no desde una cosmovisión unipersonal, sino desde la pareja, pero con una base que igualmente habrá que buscar en lo subjetivo.
Por su parte en la obra de la joven artista Rosmery Sanabria, aparece una recurrencia a la imagen femenina como reflejo de sí misma, con una mirada realmente metafísica acerca del tiempo y de su propia existencia, quién es y qué hace en este mundo. Sus composiciones formales le deben mucho a la escuela expresionista alemana. Sus personajes, a veces alados, con miradas perdidas en el espacio, los ambientes espesos, brumosos y confusos rodean a los personajes, entre colores apagados, que dan la sensación de distancia y frialdad. La artista concibe el pasado siempre como un arsenal disponible para la construcción del presente y este a su vez como plataforma del futuro, en un ejercicio filosófico, en un intento por darle sentido al paso del tiempo. Rosmery traduce todo ese mundo simbólico que habita su subconsciente y lo hace convivir en el lienzo con elementos de lo real para darle un sentido a su búsqueda constante del lugar ideal, al cual realmente pertenece.
Otro de los artistas que se distancia en el sentido formal del resto, es Ernesto Abel Pérez. Su universo interior es muy rico. De alguna manera está aludiendo al grito de la naturaleza del que hablaba anteriormente, pero ya no desde la hondura de la selva, sino que es un susurro más íntimo, pero no por eso sosegado. El artista hace referencia al pasaje bíblico de la crucifixión y lo hace como símbolo de muerte lenta y tortuosa, con un sentido de resignación. Abel trabaja la voluptuosidad de las figuras, dotándolas de un movimiento sinuoso que nos hace dudar entre la ascensión y la caída. Se debate entre el crecimiento y la sensación de algo que se derrite. Existe un elemento en sus obras, relacionado con el peso, la carga, el esfuerzo. Es un empuje indescifrable que actúa a la inversa e impide la acción de avanzar, o crecer en el caso de la pieza que nos muestra. Sus obras tienen esa cualidad de colocarme en la dicotomía de si son espacios realmente habitados o no. Si lo son, entonces por qué se sienten tan desolados y silenciosos.
Lo que si queda claro es la voluntad de hacer, a pesar de la interminable utopía propia de los artistas de querer transformar el mundo. Hoy son estos artistas, pero mañana serán otros los creadores que asistan a la transformación latinoamericana y lo expresen de la manera más pura que puede hacerlo el hombre: a través el arte.
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