dulce maría loynaz y mi «jardín»
por Alberto Curbelo (tomado de su perfil en facebook).

por Alberto Curbelo (tomado de su perfil en facebook).
Al celebrar el aniversario 27 del otorgamiento del Premio Cervantes a Dulce María Loynaz, y en estos días en que La Habana conmemora su medio mileno de existencia y se apresta a recibir la visita de los reyes de España, deseo evocar uno de mis encuentros con la excelsa poetisa.
DULCE MARÍA LOYNAZ Y MI «JARDÍN»
Cuando llegué a su casa, me invitó a que me sentara cerca de ella. Pero me sentí incómodo, porque estaba siendo entrevistada por una periodista norteamericana. También por sus perros que nos rodeaban.
Su interlocutora quería saber su opinión sobre si se reconocía poeta o poetisa.
─ En castellano ─dijo suavemente Dulce María Loynaz─, existe una palabra para nombrar a las mujeres que escribimos versos.
Se volteó hacia mí y se iluminó con esa sonrisa que, a veces, yo imaginaba en los labios de Bárbara. Aunque ella siempre me aclaraba: «Yo no soy Bárbara».
─ Ahora, me perdona… ─continuó─. Tengo una cita con el señor.
Siempre me llamaba así, a pesar de mi juventud. Cuando me lo decía, me atemorizaba más, porque nadie, hasta ese momento, me reconocía como «señor».
Había venido al pedido de su carta; pero sin previo aviso. Porque la carta, como era habitual en aquellos tiempos, tardó 3 meses para llegar a mis manos.
Me escribía a mano, con unas letras que ocupaban todo la hoja.
─ Vine… ─balbucee cuando se marchó la periodista─, por la novela.
Le mostré el sobre de la carta, magullado por mis manos y el bolsillo.
─ ¡Ay, señor…! ─exclamó─. Le escribí hace tanto tiempo.
Tragué en seco.
─ ¡Me llegó ayer…! ─atiné a decir─. Y estaba esperando la hora para poder visitarla.
Era muy estricta con el horario de las visitas.
Se hizo un silencio, largo. Asfixiante.
─ Yo decidí entregar todos mis libros a Pinar del Río ─dijo─, que ha mostrado tanto interés por mi obra. Había separado un ejemplar de la edición príncipe de «Jardín», que tanto le gusta. Como pasaron varias semanas, pensé que ya no le interesaba.
Acarició dulcemente a uno de sus perros.
─ ¡La carta me llegó ayer…! ─reiteré.
─ Hasta el último momento la tuve en mi mesita… ─añadió─. Terminé colocándola en una de las cajas. Ya se llevaron todos los libros.
No dije ni una palabra más. Sólo la miré, a punto de llorar.
Ella siguió acariciando al perro. Creo que era una perrita.
De pronto, se incorporó.
─ Voy a confiar en sus ojos… ─dijo, y se fue a su habitación, seguida por su fiel jauría.
Luego de unos minutos, que literalmente me aplastaron, regresó con un ejemplar de «Jardín».
─ Este es mi ejemplar… ─confesó─. Mi «Jardín».
Y se sentó a escribir en la página 19, debajo del CAPÍTULO PRIMERO. RETRATOS VIEJOS:
«Para Alberto Curbelo este «Jardín» ─y lo subrayó─ que es el último que me queda, con el ruego de que no lo pierda ni se pierda en él».
Y con letras, igual de grandes:
Dulce María Loynaz
6-10-87
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