‘el hambre’, de martín caparrós, crónica del gran fracaso humano
Leila Guerriero www.babelia.com

Leila Guerriero www.babelia.com
Madrid/Sábado 31 de enero de 2015
Lo dice —está escrito— en la página número 12: “Este libro es un fracaso (…) porque una exploración del mayor fracaso del género humano no podía sino fracasar (…) Y, aun así, es un fracaso que no me avergüenza”.
Los motivos por los cuales ese fracaso no produce vergüenza se encuentran tanto en la frase de Samuel Beckett que hace las veces de epígrafe como en las últimas páginas de El hambre, el libro en el que el argentino Martín Caparrós busca respuesta a una pregunta: por qué, en un mundo que dispone de comida para todos, se mueren 25.000 personas cada día por causas relacionadas con la falta de alimentos.
El epígrafe de Beckett reza: “Intenta de nuevo, falla de nuevo, falla mejor”; la anteúltima página de El hambre dice: “Sería bueno separar la acción de los resultados de la acción. No hacer lo que quiero hacer por la posibilidad del resultado sino por la necesidad de la acción: porque no me soporto si no hago”. Así, un círculo que comienza con un periodista haciéndose preguntas, y sigue con ese mismo periodista preguntándose qué sentido tiene hacérselas (porque, después de todo, el libro no cambiará nada y quienes padecen hambre “no parecen tener muchas posibilidades de influir sobre los mecanismos que los hambrean”), termina con una respuesta salvaje y sincera: “Porque no me soporto si no hago”.
De modo que El hambre, además de una crónica/ensayo en torno al “mayor fracaso del género humano”, es una enorme reflexión acerca del oficio periodístico: por qué y para qué un periodista hace lo que hace; por qué y para qué cuenta, en este caso, la miseria: tanta miseria. Caparrós ha dicho que este libro es un panfleto. Parece, más bien, el hondo surco que deja una convicción. Comienza con una escena en la que una mujer, en un hospital de Níger, carga a su hijo a la espalda para llevarlo de regreso a casa. El chico está muerto: muerto por hambre.
El trabajo de Martín Caparrós consiste en hacer que, a lo largo de seiscientas páginas, esa escena importe. Para eso, acomete la proeza de sacar la frase “el flagelo del hambre” del lugar común, y la transforma en cientos de historias de personas concretas —que viven en Madagascar, en Argentina, en Estados Unidos, en India— para quienes el hambre lleva, adosados, parásitos que se alimentan de ella y que, a su vez, la alimentan: los roles sociales, las creencias religiosas. Caparrós es colosal en esos terrenos resbaladizos donde las cosas dejan de encajar en los moldes correctos como, por ejemplo, el momento en que un hombre decide sacar a su hija desnutrida del hospital asiático en el que está internada porque, según él, la nena está bien y, además, necesita que su mujer regrese a casa. De esa manera, una criatura que pudo salvarse es condenada a una muerte casi segura por su propio padre. Es en esos huecos vertiginosos, cuando se busca frenéticamente a quién calzarle la culpa, por donde el libro expulsa sus venenos más fuertes. Caparrós mira de cerca a la medicina occidental, a las religiones, a las ONG, a los Gobiernos, a las esposas, a los maridos, a sí mismo, hasta que no queda nada en pie. El libro se llama El hambre pero pudo llamarse, con toda justicia, “nadie sale vivo de aquí”.
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