En la piedra de esmeril. La piedra, los rasguños

Por: Ricardo Viñalet.

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Por: Ricardo Viñalet.

En los últimos días he estado releyendo El rasguño en la piedra (Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2011, 88 pp.), un breve y hondo libro de Graziella Pogolotti que no debiera pasar inadvertido, sobre todo para la intelectualidad y para todos aquellos con potestad en la toma de decisiones en los diferentes ámbitos y niveles de la vida nacional. Piedra incapaz de evadir el obstinado arañazo, leve en apariencia aunque indeleble, del rasguño.

El pequeño volumen es una colección de trabajos sobre diferentes asuntos, aparecidos unos en medios impresos y digitales del país; los demás, que no señalan fuente, ignoro si se han publicado alguna vez. Sin embargo, aun siendo distintos los tópicos, unitario es el tema, pensamiento y perspectiva. Como la autora señala, van entrelazados “por reclamos de la contingencia”, y por la necesidad de “promover el movimiento de las ideas”, “colocar, en el lugar que le corresponde, el papel de la cultura”, “conciliar el realismo con la irrenunciable quimera” y, sobre todo –en mi criterio–, porque “en los momentos actuales, Cuba requiere medidas de orden práctico y una reflexión conceptual, centrada en la persona, sujeto protagónico en la transformación de la realidad, involucrado, además, en el indispensable cambio de su propia mentalidad” (Ob. Cit., p. 7).

Dado el contenido en su unidad-diversidad, y conociendo la tesitura de Graziella Pogolotti tal cual se aprecia en el resto de su obra, donde el derrotero de sus juicios e inquietudes forma un ancho caudal del que no escapan siquiera el béisbol ni el reguetón –por esencia, dimensiones e implicaciones en la cultura–, aquí se está subrayando –una vez más– el concepto ecuménico que esta le merece, y la noción totalizadora de ella dentro de nuestras vidas, y de la nación. Nada humano radica fuera de la cultura, que no se reduce a las esferas del arte y la literatura, asunción que aporta uno de los valores cardinales al pensamiento de la intelectual cubana y, por consiguiente, a El rasguño en la piedra.

No me propongo reseñar el libro. Pero sucede que no he podido resistirme a su incitación al movimiento de ideas, y también ocurre que yo coincido modestamente con no pocas de las que ella sostiene a lo largo de sus páginas. Me parece, por ejemplo, medular el planteamiento acerca de la necesidad de una reflexión conceptual –y acciones prácticas—, con la persona como eje, en su condición de agente transformador del entorno. No vislumbro la eventualidad de cambios efectivos, irreversibles y de calado, ni en la economía ni en la sociedad cubana actual, y mucho menos en las mentalidades, sin esa persona individual y concreta como centro, y no solo asumida desde macro-niveles ni conceptos más o menos generales como “pueblo”, “población” o “masa”; y, participando, además, en nuestro reordenamiento económico y social de manera real, no formal ni ritual.

Pareciera que es la economía quien actúa en sí misma y de manera independiente sobre los seres humanos, cuando en verdad ella es resultado de su pensamiento y ejecutoria. Por tal razón, si mujeres y hombres específicos, individuales, y motivados hacia objetivos comunes (a los cuales puede llegarse, y se debe, por vías disímiles, múltiples), centran la experiencia de una construcción político social, y deciden efectiva, participativa y democráticamente sobre ella, se lograría con menos obstáculos alejar a escobazos los entronizamientos dogmáticos, el protagonismo de los burócratas-tecnócratas, y se estaría en mejores condiciones para aniquilar el esterilizante espíritu de Pangloss, con su hueco pregón pretencioso y tonto de vivir en el mejor de los mundos posibles.

Yo soy hombre convencido de la necesidad de un socialismo que está aún por construirse y ser teóricamente formulado. También convencido estoy de que su triunfo sobrevendrá de veras si logra cristalizar en un proyecto atractivo, donde el ser humano “concreto” del que venimos hablando pueda edificar una sociedad más justa y próspera, no solo en términos nacionales e internacionales, sino en su vida cotidiana, su mesa, en su hogar, con su familia, sin horizontes que –por serlo– no logren alcanzarse.

Disímiles son los asuntos convocados a la meditación en este libro, digamos, la salvación de la memoria histórica, y la ineludible, adecuada, valoración e interpretación de la República, que devienen trascendentes y de urgencia. Por mi parte, motivado en lo esencial por experiencia profesional, mucho me atraen las consideraciones de la Dra. Pogolotti acerca de la universidad cubana en este siglo XXI, la formación humanística, la enseñanza de la literatura y la educación estética y artística.

Tengo el criterio de que parte no desdeñable de las carencias espirituales que hoy percibimos en la sociedad cubana, se relacionan –además de errores cometidos durante décadas y, luego, la grave contracción económica que estamos viviendo desde principios de los años noventa con las bestiales marcas engendradas por el conjunto–, con la insuficiente y asistemática concepción e impulso integral de una educación estética para la niñez, juventud y personas adultas. No me refiero solamente a la educación artística –uno de sus componentes raigales–, ni a la enseñanza artística cuyo perfil es más restrictivo, dado su objetivo encaminado al desarrollo del talento en las diferentes formas y manifestaciones de las bellas artes.

Hablo de la educación estética como una de las vías (multifactorial, multidisciplinaria e integradora) para dotar al ser humano de una perspectiva, una capacidad para la aprehensión, apreciación, sentido de la belleza y de la armonía, tanto en la sociedad como en la naturaleza, de un crecimiento –en síntesis— de su espiritualidad. Por supuesto, no se trata de una encomienda destinada en exclusiva a la educación estética, pero desde su dimensión cobran sentido cabal –a la vez que se gana en comprensión y en recursos para la acción—circunstancias constitutivas de serias preocupaciones hoy para nosotros, tales como “civismo”, “formación de valores”, “eticidad”, “buen gusto”, etc., que se alzan como prioridades para lograr el salto integral que el país necesita. La espiritualidad atrofiada o carcomida –y, claro está, el alargamiento en el tiempo de una recuperación económica en el país y en los hogares– es el mejor caldo de cultivo para aquellos vicios de la peor ralea que luchamos por desterrar, entre ellos las cotas del absurdo todavía presentes en la vida nacional, la corrupción, la simulación, el oportunismo, la banalidad, la chabacanería, la frivolidad y las variadas formas de indisciplina social.

Se sabe –y los cubanos hemos protagonizado no pocos– de empeños que requieren la acción social mancomunada. La educación estética es uno de ellos: asignatura pendiente de mejoramiento en el sistema educacional, desde el círculo infantil hasta las universidades; meta a alcanzar para una radio y teledifusión cuyos propósitos no comerciales brindan oportunidad única; reto para nuestra cinematografía, para la multiplicidad de instituciones culturales, organizaciones sociales y profesionales, en fin todos tenemos espacios significativos si se decide recoger el guante. Habría que tomar conciencia de su importancia, pues la penuria en su concepción y ejercicio denota, tal vez más que subvaloración, una falla ideológica en el entendimiento de qué es y cuán importante resulta para cualquier país. En nuestro caso, sería una ausencia inadmisible en los esfuerzos que vienen haciéndose para desembarazarnos de rémoras presentes y con larga data en nuestras vidas. La educación estética, peldaño imprescindible para descifrar la realidad, también concurre como facilitador natural de cualquier ansia regeneradora para la vida cubana. Magros resultados se alcanzarán en el crecimiento espiritual, económico y social, si los seres humanos involucrados no logran que el prisma transformador de la realidad se halle imbuido de una conciencia estética.

La mirada al universo del astrónomo no solo percibe planetas o galaxias; en ella sobreviene la fascinación que provoca la hermosura de la infinitud, las sombras e iluminaciones de los cuerpos celestes. Un químico, en el ejercicio de mezclar sustancias, se conmueve ante las propiedades de aquellas resultantes de su labor. El médico, en su observación del cuerpo humano, comprende el grado de perfección y de interrelaciones múltiples en cada uno de los órganos y elementos que lo conforman. El meteorólogo admira sobrecogido el huracán perfectamente estructurado en su espiral, movimientos y destructivo poder. A la mirada del geógrafo, sus mediciones y estudios, no escapa el primor de los paisajes diversos de nuestro mundo. Los campos cultivados, que enorgullecen al agricultor por la cantidad de productos que cosechará, no dejan de impresionarlo al haber protagonizado un genuino acto de creación, amor y encanto. Adentrarse en las zonas restauradas y vivas del centro histórico de La Habana provoca sentimientos inversamente proporcionales a los que estallan ante la contemplación, coexistencia y habitabilidad cotidiana de las edificaciones, calles y aceras ruinosas, casas apuntaladas, muebles rotos, oficinas roñosas, vertederos clandestinos y aguas albañales desbordadas.

¿Podrá alguien sorprenderse de las concomitancias entre el trabajo humano y la estética? ¿Ignorará alguien por qué las artes hacen suyo el conjunto, y pintores, escultores, músicos, poetas, bailarines, dramaturgos, cineastas, se inspiran –en supremo acto de apreciación y gestación artística— y traducen, en el lenguaje propio de la manifestación artística que practican, el impacto del cielo estrellado, la maravilla del cuerpo humano, las disímiles sensaciones ante la naturaleza, en ocasiones plácida y a veces iracunda, las relaciones entre los seres, las insatisfacciones y penurias?

La educación artística es el sendero principal de la educación estética y por él se transita fomentando las capacidades de apreciación de las distintas manifestaciones y géneros artísticos. Al hacerlo, van lográndose niveles de entendimiento cada vez más elevados, no solo sobre las artes en sí mismas, sino acerca de las percepciones desde las que el artista ha realizado su obra y, por ende, cómo este ha interactuado con la naturaleza y la sociedad al interpretarlas y trasmutarlas. En la mirada del creador existen –de manera más o menos explícita–la fascinación del astrónomo ante el universo, la emoción conmovida del químico, la comprensión del médico ante la maravilla del cuerpo humano, el admirativo sobrecogimiento del meteorólogo ante el huracán, el primor de los paisajes contemplados por el geógrafo, el amoroso orgullo del agricultor y el impacto de los quebrantos, desolaciones y decaimientos.

Mucho me resta por reflexionar y escribir sobre el tema, y otros con él relacionados. Sospecho que volveré sobre ellos alguna vez. Por ahora, me agradaría, al menos, sembrar una semilla motivadora en el lector, y contribuir al ensanchamiento de su análisis desde espacios diversos, dadas las necesidades urgentes y “desafíos” –perdón por el empleo de la ya deslustrada palabra– que nuestra sociedad tiene ante sí. En lo que a mí concierne, expreso mi compromiso de participar en el empeño, con voluntad y el mejor juicio posible.

Por último, necesario es decir que, ciertamente, la Dra. Graziella Pogolotti ha logrado cumplir con los propósitos declarados, y ya mencionados al comienzo de mi artículo. “El rasguño en la piedra” resulta uno de esos excelentes actos de creación lúcida y habitual en la autora.

La Habana, 17 de octubre de 2012.

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