entre insularidad y juderías | josé kozer
Un buen sitio para el árbol de vida, un telar para rehacer con ansias la patria, fuente de palabra donde se asienta el sedimento del sabio que nos...

Un buen sitio para el árbol de vida, un telar para rehacer con ansias la patria, fuente de palabra donde se asienta el sedimento del sabio que nos canta desde un padecer milenario, humano. José Kozer nacido en La Habana, Cuba, el 28 de marzo de 1940, hijo de judíos checos (por parte de madre) y polacos (por parte de padre). Vive en los Estados Unidos desde 1960, donde ha prolongado la diáspora ancestral y familiar. Reside en Hallandale, Florida. Es hoy el poeta cubano más relevante cuya obra ha sido escrita totalmente en el exilio, el más importante de expresión castellana de cuantos escriben hoy en los Estados Unidos. Sabiduría, dolencias de infancia, heridas que no cicatrizan en la memoria, vacíos que se llenan con el poema, evocaciones, amarguras para que el perdón del pasado nos alcance y nos sane fulminando los padecimientos. Es su mano lavada en la mañana antes del laburo, su mente trocándolo todo con la respiración del poema, la palabra que nos robustece. Alguien pone en duda que sea José Kozer el poeta cubano vivo más grande y portentoso de nuestros días, no son vanos halagos, lastima, que haya un silencio cómplice en el territorio de la palabra y el poderío ahogando toda posibilidad de reconocimiento a la esbeltez en el idioma. Son sus poemas júcaros, ceibas que se observan en las llanuras de la carretera central mientras se viaja a lo largo de su isla. Su poesía árbol y dolor, desgarradura desde el nacimiento, la trayectoria por la vida, angustia que sangra en la conciencia que nos hace despertar del sueño fingido, la miseria de la que huimos, de la que no logramos salir sin cicatrices. Es su escritura un rascacielos donde el ser humano es su base y su propio abismo. Su poesía sorprende a cada paso que se avanza en la lectura. Es como quien da palique al vecino, con ese hablar hacia la Cuba de todos, la que dejó, la que le incumbe, la que lo abandona como un hijo a la buena de Dios, se desentiende de sus dolores, que permanece en las descendencias que por el mundo no encuentran puerto donde anclar las nostalgias, las esperanzas, incrementando sus tristezas.
La escritura de Kozer es todas las mujeres de la Isla tejiendo como abuelitas con agujetas antiquísimas, con los hilos de estambres guardados de año en año en antiguos neceseres, pequeños cofres femeninos que hurgan abuelas, madres, hijas, hermanas, comadres, con una música de fondo que viene desde la noche insular, otoño de todos los seres que somos o hemos dejado de ser olvidando a nuestras mujeres en el arte de fabricar la espera de mejores tiempos. La poesía de J.K gracias a los amigos se ha abierto paso en Cuba y ha ido ocupando el lugar que merece en el mapa literario de la isla. Hay en él un indudable dominio del idioma, múltiples culturas, saberes que como la mismísima diáspora estallan para contaminarlo todo, abre el diapasón del acervo del cubano prisionero en su cubaneo, en el cerco de aguas, la restricción por los caprichos injertados, que él escritura en cada verso, asomando el labio torcido con disgusto como se alza una guámpara en las manos de un mambí. Toda la luz cabe en las alforjas de su caballo, el caballo blanco de José Martí, el caballo negro o moro de Antonio Maceo, el caballo que lleva cada cubano por el mundo, incrustado en el pecho como una llamarada, como una rebelión, como una libertad unánime que se da en un grito, en un aullido, para constelarse y consumirlo todo, reconocer que nos duele, nos espanta la grandeza del otro. Preferimos irnos con nuestra música a otra parte. Me abro el pecho, solo para ver la estrella que me hace padecer por todos, como un mártir, como un martirio, como un Cristo sobreviviendo en los padecimientos de la Patria, reconocerme en cada verso sacado de la fatiga de este poeta que amasa palabra a palabra como un tahonero la masa para hornear el alimento del día.
Kozer es un emigrado que no ha dejado de ser cubano un solo instante de su existencia. Deberíamos, hermano José, nominarte al reconocimiento entre todos los hombres y todas las mujeres. Me espanta que nadie se dé cuenta, que los que sí lo hacen les duela la grandeza del arte de este ser, su gigantesca figura poética, y de humanista. Son los aportes de una isla al universo que habitamos, una voz que nos engrandece fundiendo lo judío, lo cubano, lo hebreo, lo peninsular, lo caribeño, lo universal que juega y se hace amasijo oriental, occidental, ajiaco a lo Fernando Ortiz, magia martiana cobrando vida en la versificación, verbo que sangra y respira en sus pergaminos, se torna sabiduría, es el brujo de la aldea, el gran mago sanando en su canto diario, es su escritura viva, hay en ella muerte, futuro, iluminación, para que no olvidemos el pasado, la tristeza, el sufrimiento, los atisbos de felicidad que quedaron en algún resquicio de la memoria. Pinta en cada rasgo, en cada sonido un universo dormido, ignorado en el aserrín, el miedo, la censura, lo albergado disimuladamente tras nuestros ojos neblinosos mirando imprecisos hacia la nada. Cuba es vacío, niebla, isla de nunca jamás, donde beber un sorbo de café amargo nos hace recordar que alguna vez gritamos en la manigua una carga al machete, que incendiamos nuestros hogares, que nos dejamos arrancar las uñas, para no ver la tierra sagrada jadear en el estercolero. La noria gira. El círculo es cuadrado, el pan se agria en nuestras bocas, y en silencio, el llanto es de la alta noche, no resistimos tantos astros entrando al unísono en nuestras almas. Nuestra sangre ha sido contaminada, se fermentó, y nuestras mentes fueron trastocadas.
La poesía de José Kozer en clave para el lector de la isla es un secreto a voces, un repique de tambores, un entramado que se teje de ola en ola, de continente a continente, vocifera de puerta en puerta, quienes somos, como somos. Trasciende con ambición lo cubano en lo universal, sin alterar los códigos fundamentales, nos habla desde las raíces, desde lo fundacional con el mismo sangramiento del parto del Creador. Toca con mano dura las campanas de La Demajagua para libertar una buena mañana al esclavo. Funde con maza carnal la ínsula en la diáspora planetaria, en la que se ha convertido el cubano, Isla-éxodo navega con el doliente a sabiendas de que quien migra resarce cada olor, cada partícula de polvo, el sudor angustiado del ser de a pie, las aguas vistas desde la puerta de casa fundirse en el desagüe palpitante por cotidiano, con un hedor familiar respirable, asimilado sin objeción, aún en la distancia, en la realidad lejana que ha quedado flotando en el imaginario del emigrante que se resiste a perder los elementos más simples de sus años vividos y padecidos en Cuba. Está en su ADN, en sus angustias ancestrales y vivenciales. Es la grandeza no aceptada. Con humilde admiración reconozcamos la voz portentosa de un artesano de la lengua, artífice del imaginario poético de una patria deshecha que sobrevive en el sollozo del poeta que la ha hecho suya como una balsa para salvar en su memoria recobrada cantos, lamentos, gritos ignorados, con ese hálito salobre del agua que nos hace aislarnos como Ulises multiplicados, sobrellevando la claustrofobia visible, sombras, laceraciones heredadas. Ya este cantor no nos pertenece, es propiedad irrefutable de todos los hemisferios. Significativa, monumental es la obra de este individuo que va y viene por el mundo gritando un entorno que le pertenece, un imaginario que a pesar de aislarlo es suyo por derecho propio.
José Kozer crea sus referentes para hacernos visibles más allá de las fronteras que nos retienen, mestiza el idioma para alzar los códigos nacionales en sus incansables itinerarios del viajero infatigable en el que se ha convertido desde los veinte años, é_l es Ulises, es nadie, es todos los nacidos en Cuba, es todos los hombres emergidos de cubanas fuera del suelo patrio, los dados a luz por la sagrada voluntad del Señor_. El Premio Nacional de Literatura, el Cervantes, el Nobel de Literatura, justificarían toda una obra de vida, un vivir para resaltar un arte final, un canto de inicio y continuidad, palabra para resarcir los dolores, los olvidos, las censuras a lo diaspórico, a lo migratorio, a lo que ya no pertenece al cuerpo de un país que es de todos y hacia todos va la hostia de esta tierra bendecida para sus hijos, a los que permanecen en ella, a los que decidieron partir un buen, un mal día. J.K nos canta, nos discursa verdades que sangran día y noche en la hoja en blanco, en las horas del hogar, en los espacios robados a la Guadalupe su muchacha en su espera cariñosa, en su parte que palpita para que el poeta pueda dar su Aullido, su grito al machete, su alarido de libertad. Que las claves sonadas por el cantor no musiquen en vano, que no sean sílabas muertas. Una memoria viva la del poeta cubano José Kozer que merece todos los elogios, todos los agasajos, para que la esperanza no muera, y no se ahueque el saco donde permanecemos millones y millones de compatriotas reclamando un anhelo.
Por Rafael Vilches Proenza
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