fidel en harlem
Por Raúl Roa Kouri. (Rememorada con motivo de su cumpleaños, el 13 de agosto de 2020)

Por Raúl Roa Kouri.
(Rememorada con motivo de su cumpleaños, el 13 de agosto de 2020)
La primera vez que Fidel Castro participó en la Asamblea General de la ONU, en 1960, me desempeñaba como representante de Cuba en la Comisión Económica. El doctor Manuel Bisbé, embajador de la Revolución ante el máximo organismo internacional, conversaba con los embajadores Raúl Primelles, y Carlos Blanco (quien más tarde, como otros de su calaña en aquella Misión, optó por la gusanera). Se trataba de hallar un hotel adecuado para alojar al Comandante en Jefe y su delegación y se dieron algunos criterios. Recuerdo que Blanco sugirió el Waldorf Astoria, pero fue rechazado por Bisbé, pues ahí se alojaban Batista y los bandidos latinoamericanos de la época, cuando iban a Nueva York. En eso entró una llamada y el Embajador nos dijo: ha cuajado la gestión que estaba haciendo con algunos amigos; tenemos el Hotel Sheraton, en Lexington Avenue, muy cerca de la ONU. Yo expresé que me habían ofrecido otro hotel, el Theresa, en Harlem, en pleno gueto negro e hispanoamericano. Aunque Bisbé concordó en que el alojamiento de Fidel allí tendría gran impacto político en la opinión pública norteamericana, creyó más oportuno el Sheraton, incluso por razones de seguridad. Y así se decidió.
Ya instalados el Primer Ministro cubano y su delegación en el Hotel Sheraton, comenzaron los problemas. En la calle, los batistianos, organizados en un grupúsculo llamado “la rosa blanca”, iniciaron una manifestación contrarrevolucionaria y pronto se armó una gresca con cubanos bien nacidos, que llegaron a apoyar a la delegación cubana y se liaron a puñetazos con los batistianos. Hubo pedradas y gritos y el manager del hotel pidió ver al Comandante. Este me instruyó preguntarle qué quería. Pretendía, nada menos, un depósito de $20 000 dólares “por si hubiere algún daño contra la propiedad”. Repuse que me parecía inaceptable, pero trasladaría su demanda. Cuando lo supo, Fidel montó en cólera: Raulito, ve y dile de mi parte que es un bandido y que nos vamos de este lugar donde no tienen las consideraciones debidas con los huéspedes. Así no se trata al Primer Ministro del gobierno de una nación independiente que asiste a la Asamblea General de la ONU.
Inmediatamente, dio instrucciones al Capitán Antonio Núñez Jiménez de salir a comprar tiendas de campaña: Si es necesario, expresó, dormiremos en los jardines de la ONU. Dr. Bisbé, llame al Secretario General y pídale una entrevista urgente; explíquele la situación creada y dígale que no se puede tratar así a la delegación de un Estado miembro.
Mientras esto sucedía, yo hablé con el Ministro Roa y le referí la posibilidad de ir al Hotel Theresa, en Harlem. Eléctrico como era, repuso: Dilo a Fidel, ¿por qué no lo hiciste antes? Expliqué las razones. Roa insistió: ya no tienen validez; además, nos vamos de aquí.
Fidel daba zancadas de un lado a otro del cuarto impartiendo instrucciones e inquiriendo si todo estaba listo para salir. Yo le interrumpí, pero no me hizo caso o estaba pensando otra cosa; insistí: Tengo un hotel en Harlem. Cuando el Comandante oyó el nombre, se detuvo y
preguntó: ¿En el Harlem negro? Si, repuse. Me lo ofreció Malcolm X a través del periodista Bob Taber, del Comité Pro Justo Trato para Cuba.
Con la celeridad que acostumbra, el Jefe me pidió ir a verles y cerciorarme de que era posible alojarse allí. Fui con el Capitán José Abrantes. Quedamos en que llamaría a la oficina del Secretario General para informarle. Y así fue. Una hora después, llamaba a mi padre a la oficina de Dag Hammarksjöld: Estoy en el Theresa –le dije–, nos dan dos pisos para la delegación. Pueden venir.
El atildado diplomático danés intentaba convencer al Primer Ministro de lo conveniente que sería un hotel en Midtown y, de hecho, ya habían ofrecido algunos…Pero poseyendo ya mi información, Fidel le expresó: Sr. Hammarskjôld, nosotros iremos al Hotel Theresa, en Harlem, el lugar de los humildes y los preteridos, porque por los humildes y los preteridos luchamos los cubanos. El S.G. debe haberse quedado frío. Como todo el establishment estadounidense, que no podía imaginar la audacia política del jefe revolucionario. Su estancia en Harlem fue antológica: concurrieron a verle jefes de Estado y altas personalidades mundiales. Allí se fundieron Fidel y Malcolm X en fraternal abrazo.
- Raúl Roa Kourí
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