introducción al panel por el centenario de samuel feijóo

Introducción al panel por el centenario de Samuel Feijóo

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Introducción al panel por el centenario de Samuel Feijóo

Por: Alpidio Alonso Grau

Fuente: CUBARTE

Los lectores que amamos la obra de Samuel Feijóo debemos agradecerle a la Feria Internacionaldel Libro la posibilidad de poder celebrar el centenario del poeta como parte de su programa de actividades; escenario que permite redimensionar el alcance del homenaje que merece esta gran figura de nuestra literatura y nuestra cultura toda.

Bien miradas las cosas, pocas veces resultó tan pertinente celebrar en un espacio como el que propicia esta Feria, animada por un espíritu en verdad popular —que desde su propio diseño reivindica esa condición de fiesta compartida, libre de cualquier tipo de elitismo que pueda alejarla de esa raigambre de pueblo que la distingue de eventos similares en otras partes del mundo—, el Centenario de un poeta, de un gran artista, cuyo legado descansa justo en ese vínculo, y cuyos descubrimientos en el orden intelectual son el fruto de una relación absolutamente orgánica con el genio creador del pueblo, algo que él, acaso como nadie, supo ver.

Diríase que hasta el ambiente natural que ofrece este escenario, poblado de árboles y abundante de espacios al aire libre, se aviene con la intención de homenajear a este incansable caminador de nuestros campos, que —alimentado en su sensibilidad de esas andaduras por nuestro paisaje rural, y en contacto con los seres humildes que habitan esos parajes—, nos dejó una obra que, al tiempo que acredita un desgarrador esfuerzo de integración subjetiva, es un viaje infinito a la naturaleza y al hombre embebido en los dones de su entorno.

Al propio tiempo, creo que es muy justo que celebremos por todo lo alto este centenario. Feijóo no solo lo merece, sino que lo necesita. Y lo merecen y necesitan los lectores, tanto los que lo conocen, como aquellos que ahora (al calor de lo que hagamos) van a descubrirlo. Justamente en ese saldo de redescubrimientos y revelaciones que suscita, están el sentido profundo y la utilidad mayor de este tipo de jubileo. Por lo general, en torno a los aniversarios cerrados de un escritor, se reeditan sus obras, se discuten y analizan sus libros, a veces, incluso, se publican textos que habían estado inéditos durante años, que revelan nuevas zonas y amplían la órbita de lo que hasta ese momento conocíamos de su labor…, formas todas de llamar la atención de lectores y especialistas sobre los valores y el lugar que en definitiva ocupan esa obra y ese autor en determinado contexto.

En este caso, un elemental sentido de justicia y de responsabilidad (no digo solo artísticas) nos lleva a reconocer la necesidad de recolocar la obra y la figura de Samuel Feijóo en el ámbito de nuestra creación artística y literaria y de valorar su labor como una de las mayores y más originales realizaciones espirituales que conoció el siglo XX cubano. No es poco lo que todavía debemos hacer con ese propósito. Aprovechando su prestigio y resonancia, la Feria puede contribuir considerablemente a ello, no solo ayudando a resituar a Feijóo entre nuestros lectores, sino haciendo todo lo posible por darle una proyección continental, como lo amerita su obra.

Siento que estamos muy lejos de haberle hecho justicia no solo al poeta, “al lírico por excelencia”, como lo llamó Cintio, dueño de una obra poética monumental de hondísimas resonancias humanas. Se hace necesario valorar una labor multilateral que se extendió también al cuento, la novela, la crítica literaria, el teatro, la investigación en campos muy diversos y el ensayo (a lo que habría que unir sus magníficas viñetas reflexivas de franca disposición lírica y sus diarios), géneros todos (junto a las múltiples traducciones que hizo del inglés y otros idiomas) en los que sus aportes están todavía esperando por una estimativa que los pondere y otorgue la jerarquía que merecen.

Asimismo, su desempeño dentro de las artes plásticas, como dibujante, pintor, ilustrador y fotógrafo, inseparable a su vez de un fenómeno tan singular como el del movimiento de dibujantes populares que contribuyó a articular en la antigua provincia Las Villas —con tantos puntos de contacto con la vanguardia y, por lo mismo, tan diferente al resto de la llamada pintura primitiva moderna; absolutamente vivo y con múltiples exponentes, sobre todo en Villa Clara—, claman por una mayor difusión y estudio entre nosotros.

Capítulo aparte vendría a ocupar su legado como editor, revistero y animador de empresas asociadas con el fomento y la difusión del libro y la literatura, campo en el que lo que nos dejó, sencillamente no encuentra parangón en nuestra cultura. Bastaría solo repasar algunos (solo algunos) de los títulos que conforman el extenso catálogo de lo que, a partir de 1958, se publicó bajo su auspicio mientras se mantuvo al frente del Departamento de Publicaciones de la Universidad Central “Marta Abreu”, de Las Villas, para darnos cuenta de la dimensión de esa labor. Detengámonos, siquiera un instante, a pensar lo que en su momento representaron (y lo que luego han sido para la cultura cubana) las apariciones del Contrapunteo cubano del Tabaco y el Azúcar y de Historia de una pelea cubana contra los demonios, de Fernando Ortiz; de las Crónicas habaneras, de Julián del Casal; del poemario Tengo y la Prosa de prisa, de Nicolás Guillén; de Retorno a la alborada y Escaramuza en las vísperas, de Raúl Roa; del extraordinario Tratados en La Habana, de José Lezama Lima; de Idea de la Estilística y Papelería, de Roberto Fernández Retamar; de Teatro Bufo, primera compilación de obras de esa modalidad teatral que (a partir del esfuerzo de un conjunto de autores) vio la luz en nuestro país; del poemario Las ráfagas, de Rolando Escardó, poeta que tanto admiró Feijóo y con el que siempre se reconoció en deuda; de Lo cubano en la poesía, de Cintio Vitier; de los Ensayos martianos, Meditación americana, Contemporáneos y Ocho notas sobre Aníbal Ponce, de Juan Marinello; de los Cuentos de aparecidos, de José Seoane Gallo (ese otro gran investigador con el que compartió intereses y búsquedas); de las Memorias de una cubanita que nació con el siglo, de Renée Méndez Capote; de José Antonio Saco. Estudio y biografía, de la autoría de Manuel Moreno Fraginals; de José de la Luz y Caballero como educador, de Medardo Vitier; o de Gente de pueblo y El Cuentero, de Onelio Jorge Cardoso, figura de la que también celebramos su centenario en este 2014. A lo que habría que añadir sus múltiples e imprescindibles compilaciones sobre cultura popular tradicional y varias antologías personales de su poesía.

¿Qué decir, por otra parte, de empeños como los encarnados en las revistas Islas(1958) y Signos(1969), marcadas hasta en los más mínimos detalles por la audacia y el talante de su singularísima personalidad artística, verdaderas proezas intelectuales de nuestro tiempo, algunos de cuyos números, perseguidos por lectores especializados y bibliófilos de en múltiples lugares, son auténticas joyas de nuestras artes gráficas y editoriales?

Mas, dentro de esa contribución polivalente y en tantos sentidos disruptiva y única de Samuel Feijóo —que con mayor grado de especialización abordarán seguramente otros panelistas—, no quisiera dejar de referirme (aunque sea de pasada, en esta celebración adelantada de su centenario) a la dimensión humanista de su legado, aspecto que suele soslayarse a menudo y que considero central a la hora de plantearnos una valoración cabal de la totalidad de su propuesta.

Cintio Vitier —a quien en lo personal debo una lectura diferente de la poesía de Feijóo— fue, hasta donde conozco, el primero (y uno de los poquísimos) en traernos la certidumbre de esa vocación que recorre la obra toda del autor de Faz. Un sentido de dación irreductible está en la base de su “amor inmenso”, que encuentra asilo en una (por momentos mística) comunión —en carne y espíritu—con un Dios que es siempre el Dios de los pobres, y con esa multitud de hombres y mujeres humildes que habitan sus poemas (“Yo soy mi amor, lo verdadero mío es mi amor, mi amor es mi fuerza mayor, es mi única fuerza verdadera”(”Versículos II”, Poesía. Samuel Feijóo, pág. 193. Selección y prólogo de Cintio Vitier. Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1984).Su dolor ante la maldad y la crueldad humanas condiciona en él un sentido de la justicia que termina explicitándose con una martiana toma de partido por “los pobres de la tierra” y que alimenta, al propio tiempo, un sentimiento de piedad que, fuera de José Martí (ya lo he dicho en otra parte) no se da con fuerza semejante en ningún otro poeta cubano.

Esa solidaridad con los más desvalidos —sustantiva sobre todo a partir de Faz, y cuya plasmación culminará en sus cuadernos finales El pensador silvestre y El pan del bobo, factibles de ser asumidos como verdaderos testamentos poéticos—, se extenderá a la naturaleza toda. Así, de un poema en el que confiesa:

¡Qué HAMBRE

tengo de la inocencia

humana!

¡Oh mis niños, mis

viejos solitarios,

mis campesinos limpios, y

mis héroes buenos!…

(Fragmento de “Hambre del bobo lírico”, pág. 255)

pasa a otros (muchos otros poemas de inenarrable ternura) en los que esa hambre, ese amor, se manifiestan ahora por la naturaleza, y en especial por los animales (pájaros, mariposas, vacas, chivos, monos, burros, lagartijas, cocuyos, abejas); textos donde hasta la sencillez de la forma busca afiliarse a lo que, en su caso, fue no solo literatura, sino también una actitud, una elección de vida:

Los pájaros vienen

a comer mis regalos,

hora tras hora:

pedacitos de pan,

pedacitos de queso,

plátanos

que dejo cada mañana

en mi ventana.

Así yo tengo cantos,

zumbidos de alas,

y la alegría secretísima

de alimentarlos

(no todo va a ser

piedra o bala).

Por un corredor verde

también se llega.

(Fragmento de “Monstuosillo”, pág. 247)

O aquel otro, sencillísimo, que en su aéreo, ondeante decir, parece legarnos toda una poética:

Cuando la mariposa

vuela,

afuera,

hacia su flor,

si tú la ves

y la amas,

ya

la

mariposa te está volando

adentro,

en tu flor.

Si no tienes flor adentro

la mariposa no entrará

en tu

pecho.

(“Entre la abeja y la flor”, pág. 250)

Una vez leídos estos “pequeños salmos”, no puedo sino interrogarme acerca del valor y la vigencia del pensamiento que subyace en esta poesía, en una época en que la irracionalidad y la violencia protagonizan sin pudor un espectáculo cotidiano y donde, al propio tiempo, ese Dios de los pobres se corporiza de una manera mucho más clara, sobre todo en nuestro continente. Asimismo pienso que en momentos en los que tanto se habla de potenciar una relación más armoniosa con la naturaleza y el medio ambiente, bien valdría la pena recoger ese legado que nos deja este gran poeta, fundador entre nosotros de un espíritu que, lejos de ver agotada su validez, llega a tiempo para tendernos su palabra humilde y ofrecernos en su “amor inmenso” la que a todas luces resulta ya la única salida.

El breve tiempo de que dispongo no me deja otra alternativa que (a riesgo de ser esquemático) enumerar algunas otras aristas (claro que limitadas e incompletas) congruentes con esta postura asumida por Feijóo, tanto en su escritura y quehacer artístico como en su vida de sempiterno “caminante montés”.

Una mirada rápida a ese quehacer nos llevaría a reparar, por lo menos, en:

1- Su fe infinita en la belleza, a la que se dedicó en cuerpo y alma. Como Martí, fue un convencido de la capacidad regeneradora del arte y la cultura y de sus poderes para ennoblecer al ser humano. En esa relación privilegió siempre el vínculo directo, de fecunda retroalimentación con el sujeto creador, eso que ahora llamamos “cultura comunitaria”. Pocos como él pueden ufanarse de haber fundado escuela y de haber dejado tantos discípulos.

2- Su defensa de la memoria y la identidad como entes vivos, palpitantes, en perenne germinación. Fue uno de los adelantados en ponderar la importancia de nuestro patrimonio intangible. Atesoró un caudal de sabiduría popular que volcó en sus libros con un rigor y una pasión únicos. Leyendas, mitos, narraciones, costumbres, dicharachos, acertijos y anécdotas, décimas y cuartetas recogidas por él en sus interminables caminatas por nuestros campos, fueron salvadas para siempre como expresión de la más genuina creación de nuestro pueblo.

3- El carácter abierto, universal de su propuesta artística. En todo su quehacer (especialmente en la poesía y las artes plásticas) asoma, lejos de lo que pudiera esperarse de un adorador de las tradiciones, una actitud abierta, como pocas sensible a la experimentación y el ademán trasgresor de la vanguardia (Vale decir, que de la verdadera, frente a la que nunca se situó como un mero asentidor deslumbrado). Esa dialéctica de creadora asimilación en la que, sin prejuicios de ninguna índole, encontraron espacio lo mismo aquello que le llegaba sedimentado por la tradición, que los más audaces gestos de la vanguardia (incluido el aporte de los más jóvenes), fundamenta tanto la singularidad y modernidad de su propuesta artística, como esa orientación universal a que hemos hecho referencia. Su obra es todo menos un bloque congelado. Parejo a su dolor, hay implícito un canto a la libertad en todo lo que hizo. Hoy diríamos que, en su búsqueda, no escatimó nada de lo que podía ayudarlo a dar con ese “timbre humano” que en su momento reclamó Vallejo para la poesía.

4- La coherencia de la sinceridad y el reclamo de libertad que hallamos en su obra, con su actuar cotidiano y su honestidad cívica. No pocas dificultades le acarreó su “manía” de decir abiertamente lo que pensaba. Al mismo nivel de lo que podemos colegir de las lecturas de sus poemas y textos más apegados a lo testimonial, el rico anecdotario que dejó a su paso (real o apócrifo, no importa), da cuentas de un Feijóo enemigo de los formalismos absurdos y de las actitudes burocráticas y aristocratizantes. Nada más alejado del hombre sencillo (en más de una ocasión disparatado) y laborioso que fue. Así como sus libros están llenos de alusiones y poemas dedicados a una entrañable legión de amigos y héroes anónimos encontrados al paso en la épica de su llana cotidianeidad, fue el terror de los burócratas y los turiferarios. Su bullente capacidad creadora —traviesa y risueña en tantos dibujos y sorprendentes “locuras”—es en sí misma la negación de las fronteras cerradas y de la mediocridad y, por esa vía, una convocatoria a la imaginación y lo mejor del ser humano.

Me gustaría, para cerrar estos apuntes apresurados, leer aquí, en el umbral de esta feria en que recordamos a este gran poeta nuestro, el último poema de El pan del bobo, su cuaderno postrero. Es un texto breve, que en sus escasas líneas nos lo muestra de cuerpo entero en su vocación y su fe infinita en la utilidad de la poesía. Se titula nada menos que “Epitafio del poeta bobo”; allí dice:

Entre millones de libros ¿quién

leerá el tuyo?

Millones de libros,

generación tras generación,

bosques y bosques de versos,

generación tras generación,

montes y montes de páginas…

Generación tras generación…

Y tú escribiendo versitos,

ingenuo,

creyendo que alumbras

con tus lamparitas

el alma solitaria

que tal vez te encontró…

Y millones de libros vendrán

y siempre habrá un bobo

con su versito.

(Palabras de Alpidio Alonso-Grau en la introducción al panel por el Centenario de Samuel Feijóo, en la sala Nicolás Guillen de la XXIII Feria Internacional del Libro, en la fortaleza de La Cabaña, La Habana, el 14 de febrero de 2014).

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