mihai eminescu

Mihai Eminescu o Mihail Eminovici (15 de enero de 1850 – 15 de junio de 1889) fue un poeta del romántico tardío. Posiblemente es el poeta rumano má...

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Mihai Eminescu o Mihail Eminovici (15 de enero de 1850 – 15 de junio de 1889) fue un poeta del romántico tardío. Posiblemente es el poeta rumano más conocido a nivel mundial, siendo sus obras más conocidas Luceafărul (El lucero o La Estrella de la Mañana), Mai am un singur dor (Ya echo de menos tan solo una cosa más), y 5 Scrisori (Las Cinco Epístolas).

Es indiscutiblemente, el más grande poeta rumano del siglo XIX y aún se le considera el poeta nacional por la mayoría de los rumanos porque en sus meditaciones refleja las inquietudes más dignas del alma rumana. Su obra ha sido traducida a más de 60 idiomas.

Era una vez como en los cuentos,
Érase una vez,
Niña de imperiales ancestros,
De hermosísima tez.
Hija única y la aman tanto,
Es siempre en todo bella,
Como la Virgen entre los santos
Y la luna entre estrellas.

Desde las sombras celestiales
Sus pasos allá lleva
A las ventanas, en las cuales
El lucero la espera.

Miraba el mar en el ocaso
Cómo aparece y luce,
Cómo por movedizos pasos
Barcos negros conduce.

Lo ve hoy, lo ve mañana,
Así el deseo brota;
Y al verla él tantas semanas,
De ella se enamora.

Como ella apoya en sus palmas
Para soñar, sus sienes,
Llena de amor por él su alma
Y su corazón tiene.

Y de qué modo él se ilumina
En cada atardecer,
Y hacia el negro castillo mira
Su amada aparecer.

*
Y tras sus huellas, paso a paso,
Se escurre al cuarto él,
Tejiendo con fríos chispazos
Una llameante red.

Y cuando se tiende en el lecho
A dormir la muchacha,
Le toca las manos sobre el pecho,
Y sus párpados baja;

Desde la claridad del espejo
Se derrama en su cuerpo,
Sobre sus ojos grandes, trémulos,
Sobre su rostro vuelto.

La niña lo mira sonriente,
Él tiembla en el espejo,
Pues quiere y persigue vehemente
De su alma ser dueño.

Ella en la noche hablando en sueños,
Suspira así por él:
“Oh, de mis noches dulce dueño,
¿Por qué no vienes? ¡Ven!

Desciende ya lucero tierno,
Un rayo te encamine,
Entra a la casa, al pensamiento
Y mi vida ilumines”.

Él escuchaba tembloroso,
Se encendía aún más
Y se abalanza presuroso
Y se hunde en la mar;

Y el agua donde hubo caído
En círculos se mece,
Y de los ignotos abismos
Un bello joven crece.

Fácil, como por puerta abierta
Pasa por la ventana,
Una vara en su mano aprieta
De juncos coronada.

Joven príncipe perecía,
Cabello de suave oro,
Morada mortaja pendía
De sus desnudos hombros.

Y la sombra del rostro traslúcido
Es como blanca cera,
Un muerto bello de ojos lúcidos
Que brillan hacia afuera.

“Vine de mi esfera y fue grave
Siguiendo tu llamar,
El alto cielo es mi padre
Y mi madre es la mar.

Hasta tu cuarto yo he venido
Y para verte a ti,
Con mi sereno he descendido
Y de aguas nací.

Oh, ven, inefable amor mío,
Tu mundo deja y ven;
Del cielo soy lucero, y brillo;
Ven, tú mi novia sé.

Allá en palacios de coral
Por siglos viviremos,
Y todo el mundo de la mar
A ti obedeceremos.”

-Eres bello, como aparece
Ángel que en sueños ves
Mas por la senda que me ofreces
Nunca jamás iré;

Extraño a tu lengua y atuendo,
Como sin vida estás,
Si yo estoy viva, tú estás muerto,
Me hiela tu mirar”.
*
Pasó un día, pasaron tres,
Y en la noche el lucero
Regresa sobre ella otra vez
Con sus rayos serenos.

A ella parece que en el sueño
Su recuerdo turbó,
Y anhelos del marino dueño
Su corazón colmo:

“¡Desciende ya lucero tierno,
Un rayo te encamine,
Entra a la casa, al pensamiento
Y mi vida ilumines!”

Como en el cielo él la escuchó
Sufre y desaparece,
Y el cielo entonces vueltas dio
Allí donde perece;

En aire roja llamarada
Sobre el mundo esparciese,
Y en la llanura desolada
Fiera imagen plasmóse.

Sobre su negra cabellera
Corona arder parece,
Flotaba, imagen verdadera,
Bañado en sol ardiente.

Surgen de enlutado velo
Sus marmóreos brazos,
Triste y pensativo: vedlo
Y su rostro es pálido.

Pero su admirable mirada
Quimérica fulgura,
De sus pasiones insaciada
Llena, y de negrura.

“Vine de mi esfera y fue grave
De nuevo, pues llamaste,
El alto sol es mi padre
Y la noche es mi madre;

Oh, ven, inefable amor mío,
Tu mundo deja y ven;
Del cielo soy lucero, y brillo,
Ven, tú mi novia sé.

Ven, y a tu rubia cabellera
Corona haré de estrellas,
Y así en mis cielos aparezcas
Más hermosa que ellas”.

“¡Eres bello, como aparece
Diablo que en sueños ves,
Mas por la senda que me ofreces
Nunca jamás iré!

Me duelen por tu cruel amor
Las cuerdas de mi pecho,
En mis párpados hay dolor,
En tu mirar me quemo”.

“¿Mas cómo a ti puedo bajar,
A tu leve estatura,
Siendo yo criatura inmortal
Y tú mortal criatura?”

“No busco elegir mis palabras,
Ni cómo empezar sé.
Pero aunque muy claro tú hablaras,
No te logro entender;

Si verdaderamente anhelas
Lograr al fin mi amor,
Debes bajar hasta la tierra,
Sé mortal como yo”

“Reclamas mi inmortalidad,
Un beso en cambio gano,
Mas debes saber que en verdad
Es mucho lo que te amo;

Si, naceré yo del pecado,
A otra ley sometido;
A eternidad estoy ligado
Y liberarme pido”.

Se va, se va… Y ya se ha ido.
Por amor a una niña,
De su alto lugar ha partido,
Perdido muchos días.

*

En ese tiempo Catalín,
Un muy astuto paje,
Que el vino debía servir,
Para los comensales,

Paje que lleva paso a paso
La mantilla real,
Mozo vagabundo y bastardo,
Mas de mirada audaz,

Mejillas como peonías,
El diablo, y tan rojizas,
Furtivamente el paje espía
Mirando a Catalina.

Y qué hermosísima está ahora,
Oh Dios, y qué altivez,
Eh, Catalín, llegó la hora,
Prueba suerte, tal vez…

Y suavemente la abrazó
Presuroso, en la sombra.
“Eh, Catalin, ¿qué te pasó?
Vete, vete a tus cosas”.

“¿Qué es lo que quiero? Que no estés
Siempre en tanto embeleso,
Que mejor rías, y me des
Un beso, un solo beso”.

“Pero ni sé lo que pretendes,
Déjame y vete lejos,
Oh, por el lucero celeste
Siento mortal anhelo”.

“Si no lo sabes te diré
De pe a pa el amor,
Mas no te enojes y esta vez
Tranquila, y atención.

Cual cazador que tiende el lazo
A las aves del bosque,
Cuando te extienda izquierdo brazo
Tú me abrazas entonces;

Deja a tus ojos quietud
En la mirada mía…
Y si te alzo, entonces tú
Álzate de puntillas;

Cuando mi rostro hacia ti incline
Alza tu cara pura,
E insaciados ojos se miren
Con eterna dulzura;

Para que como se merece
El amor sepas bien,
Cuando inclinándome te bese,
Me besas tú también”.

Del mozo escuchaba estas cosas
Distraída, asombrada,
Y vergonzosa y donairosa
Ella no dice nada.

Murmura quedo: “de pequeñín
A ti te conocía,
Un poca cosa, un parlanchín,
Mi pareja serías…

Pero un lucero que ha brotado
De olvido silencioso,
Les da horizonte ilimitado
A mares soledosos;

Cierro en secreto mis pestañas,
Llanto las va anegando,
Si el agua de las olas pasa
Hacia él van viajando;

Brilla con indecible amor
Para ahuyentar mi pena,
Pero siempre más se elevó
Para que a él no venga.

Pasa sus rayos fríos, triste
Del mundo que la aleja,
Lo amaré siempre, pero siempre
Lejos se va y me deja…

Por esta causa son mis días
Desierto desolado,
Mas noche encanto sacro envía
Indefinible y diáfano”.

“Sucede que aún eres muy niña,
Vámonos juntos. Vamos,
Ni huella quede en nuestra huida,
Y hasta el nombre perdamos,

Juntos los dos sabios seremos,
Felices y contentos,
Olvidarás amor paterno
Y sueño de luceros”.

*
Partió el lucero. Le crecían
Las alas en el cielo,
Y miles de años transcurrían
En sólo unos momentos.

Abajo estrellas se veían
Sobre un cielo de estrellas.
Rajo infinito parecía
Errante él entre ellas.

Del valle del caos que había
Alrededor de él,
Como si fuera el primer día
Mira las luces nacer;

Como manando lo rodeaban
Como mares, nadando…
Él vuela, el ansia lo llevaba,
Todo se fue esfumando,

Porque adónde va no hay fronteras,
Ni ojos para ver,
E inútilmente el tiempo intenta
Del vacío nacer.

Y nada hay, y hay sin embargo
Sed que lo ha absorbido,
Es un abismo que ha imitado
Lo ciego del olvido.

“Del peso de la eternidad
Líbrame, Padre amado,
Y por los siglos Tú seras
Por el mundo loado;

Pídeme, Padre, cualquier precio,
Pero dame otra suerte,
Pues de la vida eres comienzo
Y dador de la muerte;

Quítame Tú el nimbo inmortal
Y del ojo el fulgor,
Y en cambio sólo me darás
Una hora de amor…

Del caos, Dios, aparecí,
Y al caos volver quiero…
Y del sosiego yo nací,
Tengo sed de sosiego”.

“Hyperión, que del abismo
Con un mundo llegaste,
No pidas signos ni prodigios
Sin nombre ni semblante;

¿Tú quieres devenir un hombre,
Hacer como ellos hacen?
Pero perezca el pobre hombre:
Aún siempre renace.

Apenas en el viento forjan
Baldíos ideales.
Cuando su tumba halla las olas
Otras olas ya salen;

Tienen estrellas de la suerte
Y acosos del destino,
Nosotros tiempo, espacio, muerte
Nunca hemos conocido.

Del seno del eterno ayer
Vive el hoy que se muere,
Si arriba un sol deja de arder
De nuevo un sol se enciende;

Creyendo por siempre surgir
De atrás muerte lo pace,
Pues lo que va a morir
Y del morirse nace.

Mas tú, Hyperión, perdurarás
Donde tu ocaso esté…
¿Mi primer Verbo pedirás?
¿Daréte el saber?

¿Doy voz si quieras a esa boca,
Y que tras su cantar
Vayan los bosques y las rocas
Y las islas del mar?

¿Quieres tal vez ser por tus hechos
Equitativo y grande?
La tierra entera yo te entrego
Para que un reino mandes.

Naves y naves puedo dar,
Huestes con que atravieses
De arriba abajo tierra y mar;
Mas morir tú no puedes…

¿Y por quién quieres tú morir?
Mira, la errante que es
La tierra donde quieres ir,
Lo que te espera ve”.

*

A su lugar que hay en el cielo
Hyperión regresó,
Y como ayer hizo en el vuelo
Destellos derramó.

Pues el sol ya habia apagado
Y la noche venía;
La luna ya se había alzado
Y en el agua bullía

Llenando de encendidos brillos
El sendero del bosque.
Bajo las ramas de unos tilos
Se encontraban dos jóvenes:

“Deja mi cabeza en tu seno
Amada, que descanse
En tu luz mirar sereno,
De dulzura inefable;

Con el encanto de luz fría
Entra a mis pensamientos,
Tranquilidad eterna envía
A esta pasión que siento.

Que estés conmigo, este anhelo,
Da a mi dolor consuelo,
Pues eres tú mi amor primero
Y mi última sueño”.

Y ve Hyperión desde lo alto
El asombro en sus caras;
Antes que él le dé un abrazo
Es ella quien lo abraza…

Huelen las argentinas flores
Y caen, dulce lluvia,
Sobre los dos tiernos menores
De cabellera rubia.

Ebria de amores, como ausente
Alza los ojos. Mira
Al lucero. Y suavemente
Su anhelo le confía:

“Desciende ya, lucero tierno,
Un rayo te encamine,
Entra hasta el bosque, al pensamiento
Y mi dicha ilumines!”

Él tiembla como en otros tiempos
En bosques y colinas,
Las soledades conduciendo
De las olas marinas;

Mas ya no cae como antes
Desde la altura fiera:
“Rostro de limo, es importante
Si soy yo o cualquiera ?

Viviendo en vuestro estrecho círculo
Os sonríe la suerte,
Mas yo me siento en el mundo mío
Aterido y sin muerte”.

Traducción de Omar LARA

**Atardecer en la colina
**
El cuerno quejoso suena en la colina,
suben los rebaños, brillan las estrellas,
las aguas responden, gimiendo en las fuentes;
bajo las acacias, querida, me esperas.

La luna atraviesa clara y santa el cielo,
tus ojos contemplan el raro follaje,
las estrellas húmedas nacen en lo alto,
tú estás de ansias llena y de amor tu seno.

Las nubes resbalan, sus rayos se estrían,
levantan las casas sus techos vetustos,
la roldana al viento chirría en el pozo,
el valle es de humo, las flautas murmuran.

Hombres fatigados, la hoz sobre el hombro,
vuelven de los campos; la toica* resuena,
la campana llena con su voz la noche,
y mi alma se quema de amor en tu fuego.

¡Ah!, pronto en el valle el pueblo se duerme,
¡ah!, pronto mis pasos hacia ti me llevan.
Cerca de la acacia pasaré la noche
e incansablemente te diré: te quiero.

Las cabezas juntas, una contra otra,
bajo la alta acacia nos adormiremos
¿Quién la vida entera no la entregaría
por una tan bella, tan dichosa noche?

Versión de Rafael Alberti y María Teresa León

Flor azul

“¿De nuevo hundido en los astros,
en las nubes, en los cielos?
Por lo menos, no me olvides,
alma y vida de mi vida.

En vano los arroyuelos
juntas en tu pensamiento
y las campiñas asirias
y la tenebrosa mar;

las pirámides vetustas
que alzan sus puntas al cielo.
¡Para qué buscar tan lejos
tu dicha, querido mío! “

Así mi niña me hablaba,
dulcemente acariciándome.
¡Ella tenía razón!
Yo reía, sin embargo.

“Vámonos al bosque verde,
donde las fuentes del valle
lloran y la roca puede
precipitarse al abismo.

Allí, en lo claro del bosque,
cerca del junco tranquilo,
bajo la serena bóveda
del moral nos sentaremos.

Y me contarás los cuentos
y me dirás las mentiras;
yo, con una margarita
comprobaré si me quieres.

Y bajo el calor del sol,
roja como una manzana,
tenderé mi cabellera
para cerrarte la boca.

Si tú acaso me besaras,
nunca nadie lo sabría,
pues debajo del sombrero,
¡eso a quién puede importarle!

Cuando a través de las ramas
salga la luna de estío,
tú me enlazarás del talle,
yo me prenderé a tu cuello.

Bajo el techo de las ramas,
al descender hacia el valle,
caminando cambiaremos
nuestros besos como flores.

Luego, al llegar a la puerta,
hablaremos en lo oscuro;
que nadie de esto se ocupe;
si te quiero, ¿a quién le importa? “

Un beso más… y se ha ido.
¡Yo quedo bajo la luna!
¡Qué hermosa es y qué loca
es mi azul, mi dulce flor!

. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Tú, maravilla, te fuiste,
y así murió nuestro amor.
¡Flor azul, oh flor azul!…
¡Qué triste que es este mundo!

Versión de Rafael Alberti y María Teresa León

La oración de un Dacio

Cuando aún no existían ni muertos ni inmortales
ni manantial había ni almendra de la luz,
ni nacido mañana, ni hoy ni luego ni siempre,
porque todas las cosas eran tan sólo una;
cuando la tierra, el cielo, el aire y este mundo
estaban en el número de lo que no existía,
entonces Tú eras solo, por eso me pregunto:
¿A qué Dios entregamos, humilde, el corazón?

Él sólo ya existía primero que otros dioses
y del profundo océano dio las fuerzas al rayo,
a los dioses el alma, a los hombres la dicha,
y es para los humanos manantial de salud.
¡Levantad vuestro coro! ¡Glorificadle en cantos
al que es fin de la muerte, resurrección y vida!

Para que la luz viera, Él me ha dado los ojos
y me ha llenado el alma de la suma piedad.
Puedo escuchar su paso entre el clamor del viento
y en una voz que canta reconocer su voz.
Más siempre le mendigo algo de añadidura:
¡Que me permita entrar en el reposo eterno!

Que maldiga a quien piense tener piedad de mí,
que bendiga clemente a quien me está oprimiendo,
que escuche complacido a quien de mí se burle
y dé fuerzas al brazo que querría matarme,
permitiendo que triunfe sobre todos los otros
el malvado que quite hasta el pan de mi boca.

Rechazado por todos atravieso los años,
hasta que ya sin lágrimas vea secos mis ojos.
Cuando todos los hombres se yergan enemigos,
cuando yo no consiga casi reconocerme,

Cuando los sufrimientos mi bondad petrifiquen
y llegue a maldecir la madre que he adorado,
cuando la ira cruel me parezca el amor…
el dolor olvidando, ya me podré morir.

Y si extranjero muero fuera de ley, entonces
este indigno cadáver tirad lo en la calleja,
y yo te ruego, Padre, desde el premio más alto
a quien mande a los perros rasgar mi corazón.
Y si alguien me apedrea golpeándome el rostro,
¡dale la vida eterna, Señor, tenle piedad!

Sólo de esta manera, Padre, te daré gracias
por la dicha que tuve de vivir en el mundo.
Para pedirte bienes no doblé la rodilla,
para la maldición quisiera conmoverte
y sentir que a tu soplo mi aliento se evapora
y en la extinción eterna me diluyo sin rastro.

Versión de Rafael Alberti y María Teresa León

Melancolía

Es como si una puerta se abriera entre las nubes,
para que pase muerta la reina de la noche.
¡Oh, duerme, duerme en paz entre miles de antorchas,
bajo tu tumba azul y el sudario de plata,
en tu gran mausoleo, bóveda de los cielos,
tú, dulce y adorada soberana nocturna!
El mundo en su extensión yace bajo la escarcha,
que reviste de un velo de luz pueblos y campos;
el aire centellea y albos como la cal
brillan los edificios, las ruinas solitarias.
El cementerio, mudo, de cruces rotas, vela;
sobre una cruz, parada, hay, gris, una lechuza,
el campanario cruje, los pilares resuenan,
y el demonio, diáfano, atravesando el aire,
roza muy tenuemente el bronce con sus alas,
arrancando un gemido, una ola de dolor.
La iglesia desplomada
se mantiene piadosa y triste y muda y vieja,
y a través de sus vidrios rotos el viento silba;
se dijera un ensalmo del que se oyen palabras.
Dentro, sobre los muros antes llenos de iconos,
apenas los contornos de su sombra han quedado,
y como sacerdote, un grillo va tejiendo
su idea oscura mientras una polilla dobla.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Fue la fe quien pintó de iconos las iglesias,
ella quien a mi alma llenó de cuentos mágicos,
pero la tempestad y el vaivén de la vida
apenas me dejaron huellas tristes y sombras.
En vano busco hoy mi mundo en mi cerebro
porque herrumbroso y viejo sólo en él canta un grillo;
bate mi corazón debajo de mi mano
igual que una carcoma mordiendo un ataúd.
Cuando pienso en mi vida, la veo que resbala
lentamente contada por labios extranjeros,
como si no fue mía, como si no he existido.
¿Quién es este que cuenta de memoria mi vida
tan bien que hasta lo escucho y río del dolor
como si fuese ajeno?… Hace tiempo estoy muerto.

Versión de Rafael Alberti y María Teresa León

¡Oh, madre!…

¡Oh, madre, dulce madre, del fondo de los tiempos
siento que entre el murmullo de las hojas me llamas!
Sobre la cripta negra de la sagrada tumba,
se deshoja la acacia al soplo del otoño
y sus ramas agitan, tu voz acompañando…
Ellas se mecerán y tú dormirás siempre.

Cuando muera, querida, no llores a mi lado;
pero al sagrado tilo arráncale una rama,
ponla en mi cabecera y entiérrala conmigo
y que sobre ella corra el llanto de tus ojos;
un día llegará a dar sombra a mi tumba…
La sombra crecerá y yo dormiré siempre.

Y si acaso ocurriese que muriéramos juntos,
que no nos lleven nunca al triste cementerio,
que caven nuestra tumba al borde de un arroyo,
que nos coloquen juntos en un mismo ataúd;
así te quedarás apoyada en mi hombro…
Siempre llorará el agua y dormiremos siempre.

_Versión de Rafael Alberti y María Teresa León
_

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