para siempre roberto sosa

por: María de los Ángeles Polo Vega.

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por: María de los Ángeles Polo Vega.

Con profunda tristeza conocimos hoy del fallecimiento en horas de la mañana, de ese extraordinario poeta que es Roberto Sosa, Poeta Nacional de Honduras, hombre de autenticidad absoluta, que también echó su suerte, con los pobres de la tierra y supo ser un amigo incondicional de Cuba y de su Revolución.

Tuve el privilegio de conocerle personalmente en mayo de 2007, cuando participó en la Habana en una de las ediciones del Festival Internacional de Poesía, amistad que se consolidó durante los días que pasó entre nosotros en febrero de este año, para participar en las lecturas poéticas Voces contra la guerra nuclear, organizadas por el propio Festival de Poesía y desarrolladas en el marco de la Feria Internacional del Libro de la Habana.
Fueron días en los que lo tuve muy de cerca, por fortuna me habían asignado servirle de acompañante a ese poeta inmenso que había aprendido admirar desde mi más temprana adolescencia, a raíz de haberse publicado en Cuba Un mundo para todos divididos, poemario que se había alzado con el Premio Literario Casa de las Américas en el año 1971 y que permitió a los lectores cubanos encontrarnos con un poeta que, al decir de sus críticos, no habíamos conocido desde Antonio Machado y César Vallejo.

Un premio otorgado por un jurado que estuvo integrado por Eliseo Diego, Pablo Guevara y Gonzalo Rojas, quienes en el acta, suscribieron: L_a lectura de esta obra- como la de toda poesía genuina – exige extrema atención en cuanto la imagen poética se logra desde una plasmación interiorizada y totalizada, sin exceso verbal de ninguna especie, con mecanismos casi imperceptibles de gran eficacia, que hay que ir descubriendo._

Esta poesía que se juega a veces en el límite de lo conceptual, se salva del esquematismo formalista por cierta proporción que se mantiene entre la ironía y el enigma, lo que caracteriza a gran parte de la poesía actual.

Y ese era el poeta que tenía ante mí, al que acompañé durante casi quince días en sus visitas a la Unión de Escritores, a la Casa del ALBA, a la Cabaña, sede principal de las actividades de la Feria del Libro, al Memorial José Martí de la Plaza de la Revolución, pero también a sus visitas al médico en busca de alivio a las dolencias de un cuerpo que con lucidez y elegancia superaba los 80 años de edad.

Durante esas horas compartidas conversábamos largo de su poesía, de su Honduras querida, del encuentro que acababa de sostener con Fidel y que tanto le había conmovido. Me hacía las fábulas y leyendas del Yoro, la ciudad de las lluvias de peces en la que había nacido, de la familia toda, la esposa, los hijos, de Petrona, la madre amantísima que sabía el nombre de todas las rosas y que vivió casi cien años para acompañarle.

En su generosidad inmensa me dedicó una hora de su apretada agenda para visitar conmigo los estudios de grabaciones de la emisora COCO, concederme una hermosa entrevista como testimonio de esa visita que realizaba a Cuba y regalar 40 minutos de poemas suyos, en su voz cálida, profunda, exquisita.

Leyó sus poemas de amor, todos llenos de serena belleza, en los que con imágenes predominantemente táctiles nos fue sumergiendo en amores y pasiones, pero también aquellos poemas de combate en los que satiriza ferozmente a los opresores de su patria querida y en los que nos invita a contemplar el despojo:

nada nos pertenece-dice-
y hasta nuestro pasado se llevaron.
Pero aquí viviremos…
bajo un árbol,
desnudos si es preciso,
moriremos.

Y aquel otro donde afirma que la palabra Democracia, hoy por hoy, ha sido despojada de su significado, porque los hipócritas, como sólo ellos saben hacerlo se llenan las fauces con su nombre.

Este es el poeta que hoy quiso dejarnos, el poeta inmenso y valiente que quiso construir con todas sus canciones un puente interminable hacia la dignidad, para que pasen, uno por uno, los hombres humillados de la tierra.

Pero Sosa se quedará para siempre y lo hará por su autenticidad absoluta, porque supo como pocos, como solo lo saben hacer los elegidos, conquistar un espacio en el corazón de los pueblos. Hizo de su poesía su mejor arma de combate y si no hubiera sido así, bastaba simplemente el hecho de haber escogido la yerba cortada por los campesinos para que fuera por siempre Roberto Sosa el bardo de los oprimidos, el vértigo de los poderosos.

Yo, como reliquia preciosa conservaré, también para siempre, la imagen de este viejecito bondadoso de cálida sonrisa y profunda mirada, de exquisitez en la palabra, junto a todos los libros que trajo a Cuba para realizar sus lecturas, cuando alzó su voz contra la guerra nuclear y que, minutos antes de partir me regaló con muchas dedicatorias, pero que En el llanto de las cosas, resumió con estas palabras:

Para Mary, de su amigo novísimo Roberto Sosa.

A los amigos no se les dice adiós, ellos perduran para siempre.

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