poemas de roberto manzano
Roberto Francisco Manzano Díaz. Poeta, ensayista, editor, promotor cultural y profesor cubano.

Roberto Francisco Manzano Díaz. Poeta, ensayista, editor, promotor cultural y profesor cubano.
Nació el 20 de septiembre de 1949, en Ciego de Ávila. Es Licenciado en Educación, Especialidad Español-Literatura (Instituto Superior Pedagógico José Martí, de Camagüey, en el año 1988.
Máster en Cultura Latinoamericana, Roberto Manzano es actualmente, Profesor Adjunto de la Universidad de La Habana.
Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Miembro del Movimiento de Poetas del Mundo. Textos suyos han aparecido en periódicos y revistas del país. Ha obtenido múltiples distinciones en concursos de poesía y ensayo. Aparece en varias antologías de poesía publicadas en Cuba y en el extranjero. Fragmentos de su poemario Canto a la sabana han sido traducidos al griego, y textos de Synergos, al inglés y al chino. Synergos, traducción de una selección general de su obra al inglés por Steven Reese, ha aparecido en el 2009 en la Editorial Etruscan Press, de Ohio, Estados Unidos.
En Cubaliteraria, es colaborador de la sección Tropos, donde promociona la obra de poetas cubanos.
Obra poética: Canto a la sabana (1983); Tablillas de barro I (1996); Puerta al camino (1992); Canto a la sabana (1996); El hombre cotidiano (1996); Pasando por un trillo (1997; Transfiguraciones (1999); Miel sobre hojuelas (1999); Tablillas de barro II (2000); El racimo y la estrella (2002); Synergos (2005); Encaminismo (2005), Poesía de la tierra (2005), Pensamientos libres (2006).
Hoy CubaPoesía les propone algunos de sus poemas más representativos de Roberto Manzano.
Y ahora yo puedo pararme en medio de la brisa,
en el púlpito, en el estrado, en la puerta, en la ola
a decir al que pasa mi palabra:
puedo; pues he vivido, he vivido en lo ancho
y en el límite, y reconozco la esencia del contorno
por haber batallado en olvido y silencio
con el rosario triste y digno de las horas
que han sido mías, mías en mí, y mías desde otros:
yo tuve y tengo una intemperie, y tuve y tengo
una estirpe, y estoy en plena música, transido
del más urgente sacerdocio: vasta y honda es la iglesia
que canta mi canción, tan expansiva como el pecho
de un niño o de un anciano, cuyas edades gozo
en este instante dúctil del relámpago. A la mitad estoy
de la vida, cantando, sobreviviendo a duras penas,
sosteniendo los sueños, cuajando en los ojos
del corazón los corazones que me suceden en los ojos:
porque yo he descendido en aprendizaje lento,
igual que un principiante con humildes tablillas,
hacia la singularidad del solo
y la más especial especie. Bajé con pie descalzo,
sorteando raíces como el oscuro cazador, bajando
y bajando hasta percibir la entraña del destino.
Así viene mi canto a través del silencio y la noche
en medio de ráfagas más violentas, al borde
de la incursión postrera, gritando el canto,
musitándolo, destorciéndolo como un sonoro caracol
hacia las costas infinitas de la brumosa Thule!
Húmedo dedo índice, lanzazo puro, la lluvia va
sobre nosotros cuatro marcando los espacios.
Nuestro reino continuo, deleznable,
toda su magnitud sólo se altiva bajo el sol.
Y la lluvia arrodea, como un mal paso,
nuestras lindes, estrechas las lindes, es la Linde.
esta linde, con un juicio óptico, no es Pobreza?
Ahora, con la lluvia, no vemos su termómetro?
Ahora sólo queda arrinconarnos, irse poco a poco
hacia lo más caliente, volvernos un racimo
silencioso en los burdos ángulos que nos deja;
ella, de los ladrillos a los pulmones,
de los trozos de pisos a las brasas ya negras
nos concede una uña de techo, una porción de muro
áspero.
Ven, hija; ven, esposa; ven, hijo!
Aquí esperemos, pues que todo pasa: y piensen que sería
peor estar perdidos, allá afuera, por esos
viejos trillos de Dios…. Y no sé cómo
somos tan pobres, cómo se nos agolpó tanto.
Como los más remotos, la lluvia nos somete a pensamiento:
antes, frente a natura; ahora, frente a justicia.
Hijos, debemos contender sin pausa
porque alguien, en algún sitio, nos está despojando;
alguien está dejándonos, orillados de olvido.
Porque no va pareja la marcha mística del cielo.
Y yo digo: La lluvia confirma la pobreza.
Ella va, con su dedo índice, señalando los despojos.
Vengan, hijos; esposa, ven: salgamos de súbito
a ver qué pasa en esos tristes trillos de Dios….!
SYNERGOS
(Fragmentos)
4
Ahora tengo unas ganas enormes de aullar, oh Munch,
de dar un largo lamento sonoro como una estentórea
muralla china;
oh Munch, en el puente que junta los dos cadalsos
me sostendría en la baranda gris para desbridar un
gran aullido;
espejo del arte, que guardas el instante raro como
una duplicación absoluta, qué bien cromas lo
incoloro;
vertería un ronquido extenso, desenfadado de fauces,
de modo que exhalara de un soplo todo el ácido del dolor;
porque ahora exhumo un gran dolor que no es élego
ni hímnico, ni flemático, ni atlético, ni femenil ni
varonil;
es un dolor Vallejo, sin sabor ni expediente, hincado
como una mala vértebra en la sucesión congojosa
del vivir;
Munch, para un resonar así como los bronquios del alma
hay que poner la baranda, el peso del alma sobre
la baranda;
luego que marbeteen, que se ausculten, que desahucien
como es usual cuando se ha cumplido la honradez
del dolor;
ahora daría un aullido de cíclope, de farallón rocoso,
de cristal lanzado, de retina pisada, de viento en el
desierto;
y no es conmiseración ni perdón ni contribución ni
ataque alguno lo que ahora pido, en vísperas de un
gran aullido;
sólo deseo deshabitarme el dolor, como un estertor
que de pronto sale y se divide en dos rostros que se
miran de frente;
luego queda el cráter abierto y regresa el aire del
silencio dentro de una inspiración tan larga como
un tren;
y va entrando, en anillos de tristeza y consuelo,
un color de brasa nocturna como una pequeña fiesta
íntima;
y disolviéndose el contorno inmediato, ven los ojos
aún rojos del resuello las nítidas palmeras de lo
distante;
y los grandes alciones cruzan mientras se levanta
convaleciendo el sol sobre las pulidas aguas del
océano.
5
Así a dónde vamos a ir, si necesitamos tanto? Si todo
se gasta un jolongo de algo, un tranvía de eso y de
aquello, un triste diapasón de utensilios;
porque no hay manera, no basta con las manos, no
basta con añadir los pies, las rodillas, los codos, los
hombros, la cabeza;
no basta: siempre urge una prolongación, un abarque
mayor o menor, una hendidura más larga, una
extensión más planetaria;
en cuanto se viene desnudos y desnudos nos
marchamos, debíamos tener una desnudez intermedia
pero no es posible;
nos vamos entretejiendo, envolviéndonos, sucediéndonos,
hilándonos y deshilándonos, oh Penélope;
y nos vamos alargando, demorando, sucediéndonos
repletos de botones, bocinas, barrenas, oh Odiseo;
grandes son las alforjas de nuestro destino, crecen
como los gajos de un milagro, pues vivimos de
adminículos;
dependemos de los artesanos que se especializan, de
las industrias que se especializan, de los países que
se especializan;
toda nuestra libertad radica en el aceite, la sal, la
tinta, el petróleo, el papel, el fósforo, el antibiótico;
toda nuestra existencia pasa como un hilo por el
que trae el ajo, el distribuidos hidráulico, el mecánico
de las imágenes y los dientes;
oh Edison, cómo es posible? hacia dónde vamos a ir
si ya necesitamos de este modo? hacia dónde, si
somos tantos, y demandamos tanto?;
cuántas cucharitas de diversos tipos, cuántos
cuchillitos para los pies, los panes, los pescados;
cuántos espejos y cremas, cuántas tenazas y
esmeriles, cuántos títulos y expedientes, cuántos
galones y planillas;
cuántas sogas y diademas, detectores y lentes, armas y bebidas, aviones y peinetas, espátulas y misiles;
y hemos olvidado los matices simbólicos del cielo,
el sabor del rocío o de la yerba macerada bajo las
caderas del amor;
a qué olían las costas de los ríos vírgenes, los
langostinos de los arroyuelos, las manos de la amada
dentro de las hojas del sasafrás solemne?;
fíjate bien, Tersites, que todo es agotable,
insostenible, deleznable, expulsable, pero goza de un
acabado perfecto;
fíjate que todo fosforece en líneas puras, pero es para
un solo golpe de boca o para el paréntesis fugitivo
del mes;
qué se finieron los ebanistas que levantaban aquellos
muebles sólidos, aquellas mesas que atravesaban
como barcos las aguas de los siglos;
qué se finieron los artefactos solos, que no formaban
cadenas de cadenas, que eran inderivables unos de
otros como zafados eslabones?;
oh Plutón, vivir para tantas cosas grandes y chiquitas,
turgentes y bellas, frágiles y mancomunadas,
terminables y extensas;
con cuántos racimos vive el hombre, dentro de qué
férulas, árbol que nunca acaba de gajear hacia la
totalidad del viento.
10
A veces, con las últimas luces de la tarde, van saliendo
poco a poco de las estaciones los pobres y oscuros
trenes;
son metálicos y sucios, atestados de seres presurosos
que callan mientras el silbato se despide de los
andenes;
y los postreros trozos de periódicos van corriendo
por el cemento, por debajo de los zapatos, hasta que
caen hacia los rieles brillantes;
y yo soy el viajero, yo siempre soy el viajero, el hombre recostado, meditabundo, que está parado en el estribo;
soy el viajero que ha partido y que no ha llegado
nunca, que busca lo ilusorio dentro del túnel de los
trenes;
y entonces digo adiós a todos, y adiós a mí mismo, y
estoy diciendo adiós, moviendo el pañuelo utópico;
y yo tengo una larga vida detrás, y una larga esperanza
delante, y una opresión dolorosa dentro del corazón
que canta mucho;
y a veces soy de nuevo, siempre soy de nuevo aquel
niño rural que veía pasar los pequeños trenes negros
de la infancia;
y cómo es posible que yo sea todavía aquel niño, que
yo tenga por dentro el mismo el mismo viaje de
heridora nostalgia?;
son cosas que no están bien en la evolución de los
destinos, porque duele mucho conservar esa
fugacidad dormida;
es mejor ir de coche en coche bromeando con los
restantes ensimismados, con los prójimos distraídos;
es mejor sacar los ojos al paisaje, ya deletreado como
un salmo visual, como una copla monótona;
o hundirlos en las cercas próximas, que van uniendo
llenas de prisa sus postes florecidos, sus muñones
negros;
o entrar hacia el alma, viajera lenta, que cruza con
sus bártulos por lo aéreo mientras las chispas de los
raíles copian los primeros destellos de Venus!
18
Voy a salir al mar, a partir atravesando las aguas
verdes de la orilla, las azules de lo alto, a entrar en lo
más abierto;
me laceran los muros, los muros, los muros, todos
los muros, los muros propios, los muros ajenos, la
letanía de los muros;
el hombre es un animal erigidor de muros, donde se
detiene cierra el aire en torno pidiendo escarapelas
y salvoconductos;
un hombre solo está entre sus muros íntimos,
cabeceando entre sus lindes, cercenándose las salidas
más amplias;
cuece sus habas silenciosamente sobre el borde ríspido
del muro, como quien descansa a gusto entre sus
monedas;
y el más próximo a éste yergue los suyos con sus
perímetros vigilantes, sus demarcaciones belicosas;
y dos juntos ya mampostean apresuradamente,
desarrollan sus instituciones magistrales, establecen
los acápites de la ley;
toman medidas de inmediato, que es la agrimensura de
los vencimientos, la ingeniería de los éxitos más rápidos;
debemos tomar medidas, así se dicen recíprocamente,
alentándose en el nacimiento brutal de los muros;
y asoman las varas y lazos, y las cartillas donde se
resuelve que los añadidos muevan unánimemente
los compases;
y ya en lo alto se ve al guardián gritando: Son las
doce, son las doce!, mientras los sustitutos aguardan
debajo;
y un aire metálico de convicción satura todos los
pulmones, dentro de la nueva parcelación establecida;
se sienten satisfechos de las siluetas creadas, de la
resolución para crear con urgencia unos contornos tan
nítidos;
y el mundo se explica bien, porque está sujeto a
válvula y plantilla, a émbolo que tiene su admisión
y su escape;
y el olor a muro lo invade todo, como una
contaminación que parece a todas luces indicar la
salud de la falsa firmeza;
y yo digo que todos los dedos son prensiles, pero
que cada uno tiene su genio y figura dentro de la
misma mano;
yo digo que nunca, y en ninguna parte, fueron signo
de expansión los yugos, aunque se encuentren bien
labrados;
debajo de los muros no nace la brujita ni el baobab,
ni puede sentarse el ojo asombrado a escribir
un madrigal;
no se puede disfrutar la grandeza de lo redimido, sino
padecer un plomo que se comporta como una losa
en el pecho;
por eso yo voy a salir, ya sin lindes, hacia la única
linde posible: esa que se permuta sucesiva en el
horizonte!
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