poesía necesaria con césar vallejo

(algunos pasajes han sido tomados del boletín Memoria, otros del sitio web poemas del alma).

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(algunos pasajes han sido tomados del boletín Memoria, otros del sitio web poemas del alma).

César Vallejo (1892-1938) es seguramente el poeta peruano de más fecunda presencia en las letras de habla española. Tuvo una vida breve, intensa y pródiga. Es Roberto Fernández Retamar quien apunta: “A nadie debe extrañarle que a Vallejo, como a Martí, lo sientan suyo hombres de diversas confesiones. Sabemos (y ello nos enorgullece íntimamente) que Vallejo, como Martí, fue un revolucionario; que Vallejo fue un comunista militante; pero ¿quién se atrevería a considerarlo enmurallado en sus creencias, a las que él había llegado ‘como un hombre que soy y que he sufrido’, cuando esas creencias no tienen nada que ver con una muralla”.

Está Es considerado uno de los mayores innovadores de la poesía del siglo XX y el máximo exponente de las letras en su país.

Su poesía se caracteriza por presentar un lenguaje poético muy auténtico que, si bien se apoyó en sus comienzos («Los heraldos negros«) en las bases del modernismo, poco a poco consiguió diferenciarse tanto que no tuvo punto de comparación («Trilce«).  Se considera que Vallejo es uno de los autores que supo anticipar el vanguardismo y  su legado como artista implicó una renovación del lenguaje literario al que se unirían muchos poetas que le sucedieron, como Huidobro o Joyce.

Los heraldos Negros

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

Piedra negra sobre una piedra blanca

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París ?y no me corro?
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos…

Desnudo en barro

Como horribles batracios a la atmósfera,
suben visajes lúgubres al labio.
Por el Sahara azul de la Sustancia
camina un verso gris, un dromedario.

Fosforece un mohín de sueños crueles.
Y el ciego que murió lleno de voces
de nieve. Y madrugar, poeta, nómada,
al crudísimo día de ser hombre.

Las Horas van febriles, y en los ángulos
abortan rubios siglos de ventura.
¡Quién tira tanto el hilo: quién descuelga
sin piedad nuestros nervios,
cordeles ya gastados, a la tumba!

¡Amor! Y tú también. Pedradas negras
se engendran en tu máscara y la rompen.
¡La tumba es todavía
un sexo de mujer que atrae al hombre!

¿ . . . . . . . . . . . .

-Si te amara… qué sería?
-Una orgía!
-Y si él te amara?
Sería
todo rituario, pero menos dulce.

Y si tú me quisieras?
La sombra sufriría
justos fracasos en tus niñas monjas.

Culebrean latigazos,
cuando el can ama a su dueño?
-No; pero la luz es nuestra.
Estás enfermo… Vete… Tengo sueño!

( Bajo la alameda vesperal
se quiebra un fragor de rosa ) .
-Idos, pupilas, pronto…
Ya retoña la selva en mi cristal!

Masa

Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: «¡No mueras, te amo tanto!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Se le acercaron dos y repitiéronle:
«¡No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando «¡Tanto amor y no poder nada contra la muerte!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: «¡Quédate hermano!»
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.

Entonces todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente,
abrazó al primer hombre; echóse a andar…

De uno de sus textos más conocidos, España, aparta de mí este cáliz, perteneciente a su último período de creación, entresacamos este poema de tanta fuerza expresiva como dramático lirismo.

“Imagen española de la muerte”

¡Ahí pasa! ¡Llamadla! ¡Es su costado!

¡Ahí pasa la muerte por Irún:

sus pasos de acordeón, su palabrota,

su metro del tejido que te dije,

su gramo de aquel peso que he callado ¡si son ellos!

¡Llamadla! ¡Daos prisa! Va buscándome en los rifles,

como que sabe bien dónde la venzo,

cuál es mi maña grande, mis leyes especiosas, mis códigos terribles.

¡Llamadla! Ella camina exactamente como un hombre, entre las fieras,

se apoya en aquel brazo que se enlaza a nuestros pies

cuando dormimos en los parapetos

y se para a las puertas elásticas del sueño.

¡Gritó! ¡Gritó! ¡Gritó su grito nato, sensorial!

Gritará de vergüenza, de ver cómo ha caído entre las plantas,

de ver cómo se aleja de las bestias,

de oír cómo decimos: ¡Es la muerte!

¡De herir nuestros más grandes intereses!

(Porque elabora su hígado la gota que te dije, camarada;

porque se come el alma del vecino).

¡Llamadla! Hay que seguirla

hasta el pie de los tanques enemigos,

que la muerte es un ser sido a la fuerza,

cuyo principio y fin llevo grabados

a la cabeza de mis ilusiones,

por mucho que ella corra el peligro corriente

que tú sabes

y que haga como que hace que me ignora.

¡Llamadla! No es un ser, muerte violenta,

sino, apenas, lacónico suceso;

más bien su modo tira, cuando ataca,

tira a tumulto simple, sin órbita ni cánticos de dicha;

más bien tira su tiempo audaz, a céntimo impreciso

y sus sordos quilates, a déspotas aplausos.

Llamadla, que en llamándola con saña, con figuras,

se la ayuda a arrastrar sus tres rodillas,

como, a veces,

a veces duelen, punzan fracciones enigmáticas, globales,

como, a veces, me palpo y no me siento.

¡Llamadla! ¡Daos prisa! Va buscándome,

con su coñac, su pómulo moral,

sus pasos de acordeón, su palabrota.

¡Llamadla! No hay que perderle el hilo en que la lloro.

De su olor para arriba, ¡ay de mi polvo, camarada!

De su pus para arriba, ¡ay de mi férula, teniente!

De su imán para abajo, ¡ay de mi tumba!

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