ponencia expuesta por la poeta cubana carmen gonzález en el segundo coloquio internacional de escritoras indígenas y afrodescendientes que se desarrollara en quito, ecuador, del 16 al 19 de noviembre de 2011.

Artículo recuperado del archivo histórico.

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María del Carmen González Chacón, 13 de agosto de 1963, Ciudad dela Habana, Cuba. Poeta, ensayista y dramaturga. Licenciada en Pedagogía, Especialidad Lengua Inglesa.

Colabora en el proyecto de intercambio UNEAC-Hampshire Collage como tutora de proyectos desde el año 2007.

Miembro del Comité Organizador del Festival de Poesía de La Habana. Miembro de la Redde la Comisiónde Comunicación y Proyectos Editoriales de la Red “Nuestra América” de Festivales Internacionales de Poesía. Forma parte del equipo editorial de “Movimiento”, la revista cubana de rap. Es Coordinadora del proyecto comunitario interdisciplinario Alzar la voz.

Obtuvo el Premio “Memoria” del Centro Pablo de la Torriente Brau en su edición 2006, con la obra Alzar la voz, quebrar el margen. Rap y discurso femenino.

Tiene publicado el cuaderno Una muchacha es siempre un privilegio, Colección SurEditores, (2010).

Ensayos y artículos suyos han aparecido en publicaciones impresas y digitales como Movimiento y Esquife.

De lo divino a lo profano. Los dioses y las diosas de África

y suinfluencia en la creación literaria de las escritoras afrodescendientes.

La abuela de mi abuela vestía de blanco y su cuerpo olía a pachulí, caña santa y pomarrosa. Cuentan que curaba sus enfermos arrancando con sus manos raíces de las entrañas de la tierra, como correspondía a su estirpe de reina africana. Dicen también que sus grandes ojos negros volvíanse ríos, selvas y milenarios árboles. Que podía decir azul, rojo, amarrillos, verde, en una lengua que su amo extirpó, tomando además la virginidad de su sexo.

Pobre amo. Él y su descendencia; en odios erigida; no pudieron impedir que llegase a mí el testamento espiritual que guardó Mamá Francisca debajo de las raíces de una enorme ceiba. De esa manera conocí de sus afluentes, de sus olores, de la oración precisa para la sanación, de los orishas que la abrigaron en el desamparo provocado por la esclavización de su cuerpo y la alienación de su alma.

Cuando escribí el poema a la abuela de mi abuela, sentí que la palabra se llenaba de una fuerza honda. Como si fuese hecha y repetida en otros predios. Como si una ley de vida, hasta entonces desconocida, me llevara por el camino de los sentimientos de Ma’ Francisca, hasta crear con las mías las palabras que ella esperaba de su descendencia. Ha sido una de las experiencias más hermosas que he vivido. Buscando las esencias de la espiritualidad familiar encontramos los caminos negados por la colonización y los traumas de la postcolonialidad.

Las religiones de origen africano; memoria cultural y herramienta contra la hegemonía postcolonial.

Uno de los primeros actos represivos del poder esclavizador fue prohibir las prácticas religiosas a los negros esclavizados. Sin embargo, la filosofía de la realidad existencial del pueblo negro esclavizado en Cuba, como en otras partes del Caribe y América Latina; supo preservar para futuras generaciones el sujeto narrativo dentro de la religiosidad del África múltiple que nos fecundó.

Como herramienta analítica lo negro no se contextualiza como forma o consecuencia del color de la piel, es una construcción referencial, que se sustenta a partir de la religiosidad, la acumulación cultural, el tejido psicosocial, o las versiones de la realidad histórica que se asume. La construcción de lo blanco ha sido un proceso conflictual en que lo racial y sus asunciones resultan posicionamientos políticos. En ese acriollamiento planteado desde la praxis de los programas clasistas de construcción nacional (lo negro significando la clase colonizada, lo blanco hegemonía política, económica y cultural) los vínculos y nexos con África han sucedido a través de la religión o de la mirada de antropólogos (mayoritariamente blancos, hombres) o en el imaginario popular.

Es un tejido convulso, en tanto África ha sido unificada en su función de vientre[1]. Estructura que permite la construcción de estereotipos, centralizaciones y subjetividades colectivas. La interrelación ascendencia-descendencia agudiza las consecuencias. Entonces, la madre, dramatizada por el sistema patriarcal, se manipula hasta el punto de esconderla dentro de relaciones de subordinación, maridaje y paternalismo sincrético.

Es en este momento que debemos explicar qué debemos entender por traumas postcoloniales. Nos referimos al Síndrome de Simplificación y Ocultamiento de la Realidad (SSOR). Con el objetivo de blanquearnos para constituirnos hijos de la colonia reinventamos lo cubano. Dándole a los afrodescedientes valores estimados entre la sublimación de un pasado oneroso, el complejo de víctima pasiva y la fundamentación erótica sexual. Me refiero, sin dudas, al pretendido discurso del fin de la etapa colonial. Acrítico, sin abordar la obligada toma de conciencia acerca de su incidencia en la construcción social del pensamiento y su instrumentación pedagógica en la que ha sido erigida nuestra nacionalidad.

Los conquistadores estereotiparon a los esclavizados en una sola etnia, semovientes. No hicieron distinción a la diferencia lingüística de cada uno de los dialectos, ni a la acumulación cultural de las regiones esclavizadas. Las consecuencias podemos constatarlas en la masa de afrodescendientes enajenados, alienados, extraviados en los conflictos de una cotidianidad construida dentro de estereotipos, ocultamientos y supresiones de la realidad.

La presencia de textos pertenecientes a ritos y ceremonias rituales de antecedentes africanos en nuestra literatura se debe fundamentalmente a la pertinencia de escritores, músicos, artistas de la plástica, a la funcionabilidad de estas tradiciones vivas en la memoria colectiva.

Cuando en 1967, el teatro Mella de La Habana, Cuba, estrenaba María Antonia los estudios de género estaban condicionados a la visión burguesa de la problemática femenina. Eugenio Hernández Espinosa[2], entraba para siempre a la literatura cubana situando una tragedia acontecida fuera de las casas coloniales, fuera del leguaje hegemónico construido y establecido como canon por las élites del país.

María Antonia, escrita y dirigida, por un hombre es el primer gesto de ruptura con la dramatización de los personajes de lo negro establecido por la exclusión, el racismo y también el sexismo. Cualquier semejanza, es pura dialéctica.[3]

Dos de las poetas más representativas de la literatura cubana lo son sin dudas Nancy Morejón[4] y Georgina Herrera[5]. Estas dos poetas desmienten las argucias de la sexualización de la mujer negra. Georgina y Nancy, cada uno en su tesitura y a su forma describen las particularidades del mundo negro mediante un complejo proceso de significación. Ellas, son las encargadas de liberar el sujeto narrativo de las estridencias donde nos llevó el simulacro de identidad donde nos enmarca en un poema como Carbón.

Y como dentro de la poesía cada sujeto lírico es único e irrepetible, si es autentico, analicemos ahora dos poemas de cada una de estas madres fundadoras de la reivindicación de la religiosidad y el mundo interior de las mujeres negras.

Persona imprescindible.

Comencemos con Nancy. En Mujer Negra, centra el discurso en la visibilización de una gesta que el trauma de lo poscolonial trata de situar en la colectividad de lo cubano, que perdona y victimiza en función de estrategias de constitución de un nuevo sujeto. Escrito en primera persona, se sitúa ella misma como protagonista de un episodio milenario;

Todavía huelo la espuma del mar que me hicieron atravesar.

La noche, no puedo recordarla.

Ni el mismo océano podría recordarla.

Pero no olvido el primer alcatraz que divisé.

Altas, las nubes, como inocentes testigos presenciales.

Acaso no he olvidado ni mi costa perdida, ni mi lengua

ancestral[6].

Instaura una voz diferente, que sabe distinguir entre el hecho de convivir dentro de la realidad del imaginario religioso (asumido como filosofía de vida) y la fokclorización o extrañamiento del proceso de interacción entre el mundo de la mentira o tierra de los vivos y la interpretación del mundo de la verdad o tierra de los muertos.

Me revelé, Anduve/ Me sublevé, trabajé mucho, /Trabajé mucho más, / Me fui al monte, /bajé de la Sierra, demarcan la acción cimarrona de la mujer negra. Inteligentemente separa estas palabras del cuerpo de la estrofa. Con toda intencionalidad porque quiere que los otros interpreten el sentir activo, rebelde.

La doble discriminación sufrida por las mujeres afrodescendientes, subalternas de un sujeto subalterno, marginalizada por raza y genero son expresadas. El poder y el status de la mujer negra se corresponden con los oficios religiosos y su presencia como ama de leche, nana, consentidoras de señoritos…

Dentro de la construcción sexual y los estamentos de poder en las religiones afrocubanas claramente se distingue que los orishas dominan espacios de determinación de la colectividad. Las marcas del imaginario construido por las mujeres negras se entremezclan con el misticismo religioso, no solamente como sublimes evocaciones.

Cuando por primera vez el sujeto lírico no nace del ensalce sexual o desprecio identitario del hombre y la mujer negra, cuando se comienza a escribir sobre el alma, sus filosofías religiosas y de vida, cuando el cuerpo solo fue señalado para reafirmarse diferente, y asumir que nuestras historias se juntan y separan (lo que no significa división como se ha pretendido) aparece La silla dorada;

Soy una mujercita sin rostro

sentada en la punta de una roca

hacia la parte inferior de una roca

donde se encuentran un río y dos mares.

No puedo dejar de contemplarlos:

un río para dos mares, dos mares para un río[7]

Habla, entonces la autora de La silla dorada de las marcas donde Oshún madre, acoge las congojas de las mujeres de su tierra, les ofrece bendiciones y consuelo. Según la traducción del poeta, etnólogo y conocedor de la lengua y las filosofías africanas don Rogelio Martínez Fure, Iyá mí ilé oddo/Iyá mí ilé oddo/Iyá bobo aché/Ishemí saramawo é/Iyá bobbo aché, es un poema de veneración a la orisha de las aguas dulces, a la dueña de la fertilidad del vientre; la casa de mi madre es el río, / la casa de mi madre es el rio, / la casa de mi madre es tradición,/ todas las mujeres que lo necesitan van al rio./ Porque la casa de mi madre es el río. Nancy rescata esta visión de las garras del fanatismo religioso y sus manipulaciones, donde la diosa es travestida como mujer veleidosa, exuberante, abrupta. Muestra las terribles consecuencias de la doble discriminación sufrida por las mujeres negras; No sé hablar ni tengo manos/Un látigo memorial las fue cortando poco a poco/ Y apenas reconozco las nuevas palabras aprendidas/ Apenas tengo lengua para los buenos días/ y las buenas noches.

Qué dialogo misterioso emprende la autora con la realidad. Cual magisterio ejerce su palabra hacia los ofuscados que se resisten a pasar el puente. Muerte de mis abuelas/ que nunca conocí. / Muerte de mis abuelos depredadores/que nunca tampoco conocí. Cuanta sabiduría recogida en las aguas del río, casa de la madre prominente. ¡Cuánta verdad! Verdad que viaja en nuestros silencios. En todo lo que nos arrancaron y nos obligaron a ser. Verdad de luz, con voz de selva, ríos y árboles milenarios;

A mí también me dieron con un palo.

Benditos la escoba vieja y el sartén,

el último puesto en la fila,

el tapabocas y la aparente sumisión[8].

En un poema contada la vida. La vida nacida de la esclavización y continuada dentro del colonialismo y sus traumas posteriores.

(…)y aúllan los güijes en la noche

estremecidos por el viento de julio.

Soy quien soy sobre una silla dorada.[9]

Dice la autora; -A pesar de todo reina. Reina en ocha y en la palabra que domesticó a sus necesidades y esencias. La silla dorada bien ganada porque no se convirtió en la victima que la postcolonialidad le propuso.

La vida puesta de cabeza para que el discurso de las mujeres trascienda a sus hijas. Ahora convertida en guía espiritual, en madre de la palabra.

Oriki para una reina coronada

Georgina Herrera, cuantas veces se habrá visto frente al espejo en su ya larga vida. Estoy segura que muchas. Pero nunca ha sido tan significativa como la tarde que sentada en la finca del maestro Manuel Mendive, descubrió en su rostro trazos similares a las máscaras africanas que el pintor y escultor tenía en el patio.

Ella, hija legítima de todos los azules y de la briza del mar, nació coronada por la mano de Olofi. La tierra continente hace geografía en lóbulo derecho de su cara, llenándola de luz. Una luz que navega entre la genialidad de su palabra y la humildad de su ventura. No todos pueden reconocerla. Los incrédulos solo ven la mancha.

Huele a madre, a sabia de frutales. Camina fatigada por el asma, más muy a su pesar su estirpe de reina brota por sus ojos en majestuosidad imperecedera. Georgina tiene la palabra mayor, la que se dicta desde la raigambre de una oración infinita, la irredenta; la que hace pasar por ella toda la vicisitud de su raza, despojando el golpe de látigo que la maldijo. Ella como Nancy, renueva el dolor, haciéndolo pasar por sus venas, y así será hasta que sanen las heridas de su pueblo negro, encadenado y triste.

Yo soy la fugitiva

soy la que abrió las puertas

de la casa-vivienda y “cogió el monte”.

No hay trampas en las que caiga

Tiro piedras, rompo cabezas. [10]

La dureza de esta expresión aturde al poder simbólico que secuestró la palabra y quiso en un gesto de autoridad desesperada convertir en no texto la rebeldía de las titánides afrodescendientes. Si contamos las piedras que ha tirado reconoceríamos las marcas de Yemayá, seguro son que serían siete. Porque el añil le brota por los poros.

Oigo quejidos y maldiciones.

Río furiosamente

Y en las noches

bebo el agua de los curujeyes,(…)

Nótese que no necesita reproducir el lenguaje yoruba, ni dahomeyano, no congolés. Africa se muestra en ella desde la fuerza en que su sujeto narrativo va reconociendo su entorno. Ni añoranzas por la nieve, ni rocambolismos parisinos, ni extrañamientos ibéricos. El curujey esta en el monte que sirvió de abrigo, en el monte que sirvió de albergue al guerrero cimarrón, el curujey, brilla en el verso de la autora, como la luna, como las siete marcas y los cascabeles de yemayá.

En las religiones afrocubanas los orishas acuden a la vida práctica a través del cuerpo de los hombres y mujeres iniciados en sus cultos, mas su esencia se encuentra en cada elemento de la naturaleza y todos sus elementos, el mar, el fuego, el río, el monte. Así de intensa es la poesía de esta mujer que un mismo poema une la luz de plata de la luna y el la gestualidad guerrera de quien sincretiza en la religión judeo cristiana con la virgen de Regla y en el palo monte con Mama Calunga.

Georgina Herrera, la autora, abre las puertas de la casa vivienda para convertir su verso en denuncia. La persona, abre las puertas de la casa vivienda para que pasen las nuevas hijas. Las vértebras del futuro que en lengua urbana desentierran la herencia y la unen al conflicto contemporáneo de las reivindicaciones.

Lo hace con mesura, sin corrimientos hacia la victimización, ni estribaciones de calma. Tampoco argumentos fundamentalistas. La he visto caminar junto a las más jóvenes generaciones de poetas sin importarle la forma que hayan escogido. Así acompaña a la raperas en conciertos, coloquios y homenajes. Sus hermosos ojos negros, como los de mi abuela Mamá Francisca se llenan de vitalidad cuando lee para ellas su Oriki para las negras viejas de antes. Que quiero reproducir completo, porque se ha convertido en la palabra que llega desde el pasado, se acuna en el presente y trasmite hacia el futuro;

En los velorios

O a la hora en que el sueño era ese manto

Que tapaba los ojos,

Ellas eran como libros fabulosos abiertos

En doradas paginas.

Las negras viejas, picos

De misteriosos pájaros

Contando

Como en cantos lo que antes

Había llegado a sus oídos

Éramos, sin saberlo, dueñas

De toda la verdad oculta

En lo más profundo de la tierra.

Pero nosotras, las que ahora

Debíamos ser ellas, fuimos

Contestonas.

No supimos oír, tomamos

Cursos de Filosofía.

No creímos.

Habíamos nacido demasiado cerca de otro

Siglo. Solo

Aprendimos a preguntarlo todo

Y al final estamos sin respuestas.

Permanecemos silenciosas.

Parecemos tristes

Cotorras mudas.

No supimos

Apoderarnos de la magia de contar

Sencillamente

Porque nuestros oídos se cerraron,

Quedaron tercamente sordos

Ante la gracia de oír[11]

Este es el momento en que abre un mundo de posibilidades para que surja un nuevo discurso. Porque las muchachas que están haciendo el rap y viviendo la cultura hip hop, han sabido manipular la marginalización y tomando el centro por sus vórtices, instauran voces de feminidad emancipada, libre de prejuicios, desmontando estereotipos, en otras palabras, tirando piedras y rompiendo cabezas.

Maria del Carmen González Chacón.

A la sombra de la ceiba vecina, Noviembre y 2011.


[1] En nuestras políticas pasadas el continente africano fue considerado como un país. No tuvieron en cuenta los esclavizadores las regiones geográficas, ni las tradiciones religiosas de cada etnia ni los múltiples idiomas que se hablaban. Esa ha sido una de las armas más feroces de la conquista y posterior colonización del continente. Las divisiones posteriores realizadas por el capitalismo obedecieron también a estos preceptos. Etnias separadas por fronteras no naturales y anexadas a territorios rivales.

[2] Eugenio Hernández Espinosa, La Habana, 1936, dramaturgo y director artístico, fundador del Teatro Caribeño. Premio Casa de las Américas, 1973. Premio Nacional de Teatro 2007.

[3] Ver “Novísima de teatro” Cuarenta años después. Prólogo de Inés María Martiatu Terry, Re-pasar el Puente, ed., Letras Cubanas, 2010, págs., de la

[4] Nancy Morejón (La Habana, 1944) poeta y ensayista cubana, galardonada con el Premio Nacional de Literatura en 2001. Asesora de la Casa de las Américas, Miembro de Número de la Academia de la Lengua. Presidenta de la Asociación de Escritoras de la Unión de Artistas y Escritores de Cuba (UNEAC)

[5] Georgina Herrera (Matanzas, 1936) poeta y dramaturga, Miembra de la Comisión Aponte contra la discriminación racial y el racismo de la UNEAC, prestigiosa dramaturga para la radio y la televisión cubana.

[6] Fragmento de Poema Mujer Negra, tomado del poemario Persona, de la Colección Sur Editores, 2010, pág. 14

[7] Fragmento del poema La silla dorada, tomado del Poemario Persona, antología de la autora Editado por la colección Sur Editores, 2010, pág. 37

[8] El subrayado es mío.

[9] Fragmento del poema La silla dorada, tomado del Poemario Persona, antología de la autora Editado por la colección Sur Editores, 2010, pág. 37

[10] Georgina Herrera, Elogio grande para mí misma, tomado de Las negras viejas de antes, inédito.

[11] Ídem.

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