se inauguró el aula de poesía de la ciudad en santa clara
Dentro del abanico de actividades del Festival Internacional de Poesía de Cuba, que se extenderá hoy en el IPVC Ernesto Guevara de Villa Clara, con...

Dentro del abanico de actividades del Festival Internacional de Poesía de Cuba, que se extenderá hoy en el IPVC Ernesto Guevara de Villa Clara, con la lectura de versos escritos por jóvenes creadores pertenecientes a la AHS, se inauguró ayer el Aula de Poesía de la Ciudad.
Sitiados por la lluvia –que comenzó a las siete de la mañana y cesó hacia el mediodía–, poetas, músicos, estudiantes y varios invitados, dejaron inaugurada el Aula de Poesía de la Ciudad.
Se trata de un proyecto auspiciado por la filial de escritores de la Uneac, que coordina el poeta Otilio Carvajal Marrero y propiciará un encuentro mensual entre los autores de poesía y cincuenta estudiantes del Preuniversitario «Osvaldo Herrera», situado en una de las cuatro caras del mítico Parque Vidal.
En la inauguración –que se efectuó con la presencia de Antonio Pérez Santos, Presidente de la Uneac en Villa Clara– la decana Marta Anido, realizó un recorrido por la vida y la obra del poeta mártir Osvaldo Herrera; los bardos Caridad González, Rubén Artiles, Luis Pérez de Castro, Lidia Meriño y Arístides Vega Chapú, realizaron un breve recital poético y el cuarteto instrumental Sin Nombre, de la EPA cerró el acto con la interpretación de una pieza de Mozart.
El Aula de Poesía de la Ciudad ha de convertirse en un espacio de lujo que permitirá a los jóvenes estudiantes conocer los procesos poéticos y sus autores.
A continuación, las palabras iniciales, que estuvieron a cargo de Otilio Carvajal: coordinador del Aula.
Estimada Marlén Sánchez, directora del Instituto Preuniversitario Osvaldo Herrera;
Antonio Pérez Santos, Presidente de la Uneac en Villa Clara;
Poetas de la ciudad; queridos contertulios:
les pido permiso para dedicar mis palabras a los protagonistas de la aventura que comenzará hoy,
y que terminará cuando seamos lo suficientemente tontos como para no saber protegerla.
Queridos estudiantes:
A los diez años de edad tuve una experiencia que me gustaría compartir con ustedes.
Era 1978 y vivía con mis padres y hermanos en una casita similar a las que dibujan con crayola los niños en la primaria. Estaba tan cerca del río, que con solo asomarme por la ventana, podía ver el salto de las truchas sobre las crestas de un quebradero que hacía más rápida el agua hasta convertirla en una corriente difícil de surcar si se nadaba en contra. Todo muy hermoso, muy suave: en el aire se mecía la fragancia de las veinte mil flores del monte y de la tierra surgían frutos tan deliciosos, que uno se pasaba horas con los labios embarrados, incapaz de descifrar a qué árboles pertenecían los sabores.
Los mejores días eran los domingos porque no había que ir al colegio y podíamos mataperrear hasta que mi madre nos llamaba para el almuerzo. Justo cuando mi padre terminaba de servirse las viandas, unos toques armónicos en la puerta obligaba a mamá a levantarse e ir para atender la visita. A los segundos, regresaba con la misma respuesta de los domingos anteriores: «son ellos». Mi padre abandonaba su sitio y desde el comedor podíamos escucharlo cuando les decía que en casa nadie creía en Dios, pero si deseaban almorzar había taburetes para todos. Los visitantes agradecían y continuaban su viaje.
Durante incontables años se repitió, domingo tras domingo, la misma escena. Me despabilaba tanto la obstinada insistencia de aquellas personas que muchas veces fui con mi padre a recibirlos. Llegaban con una sonrisa casi infantil dibujada en sus rostros… y percibí que para ellos siempre era la primera vez que le decían a mi padre si quería escuchar la palabra de Dios.
Algunos de mis hermanos, le decían a papá que los mandara al cipote, pero mi viejo, que a pesar de la insistencia no ha creído en Dios ni un solo día de sus noventa y siete años, contestaba de manera imperturbable: «hay que respetar la fe».
Varios años después supe que los misioneros no solamente llegaban a nuestra casa sino que, llenos de aquella sonrisa bondadosa, tocaban en todas las puertas de la manzana.
Para ellos, anunciar la Palabra de Dios era más que una simple tarea, era la Tarea de sus Vidas.
Pasé mucho tiempo para comprender por qué no les molestaba el sol ardiente de las doce, o el picor del hambre al mediodía, o las negativas dominicales de la inmensa mayoría de la gente. Mucho tiempo. Tanto que duró hasta el día en que ya grandotón y muy lejos de la casa donde podía asomarme a la ventana y ver las truchas saltar sobre los rompientes, agarré un libro y sin entender por qué, mis lágrimas comenzaron a desprenderse de mis ojos como lluvia de mayo.
Dentro de aquel libro estaba un poema muy sencillo, escrito en décimas que contaba, a través de un lenguaje bello y limpio, el dolor más grande que puede llegar al corazón de los humanos: la pérdida de un hijo.
Entre las cosas enormes que existen en el mundo, un hijo es la más robusta de todas; nada se le compara. Ustedes no lo saben bien porque todavía no les ha tocado vivir esos sustos, pero les aseguro que desde el bendito día en que un hijo nace, nuestras vidas cambian para siempre.
Ante el poema sentí primero tal conmoción que pasé días releyéndolo y luego tuve la certeza de que la Poesía servía para todas las cosas del alma: desde aliviarnos del mal de amores hasta sosegar los infinitos acordes del dolor por la muerte.
Aquel poeta, cuyo nombre iluminaría los senderos de cientos de autores que vendrían después, consiguió tal efecto en mí, con su elegía por la muerte de su hijito amado, que desde entonces me he convertido en misionero de la fe poética, y con mucho gusto he soportado por la Poesía el sol más tórrido, la llovizna del invierno y las negativas de los sordos que se niegan a escuchar con el corazón.
Un día toqué en la puerta de este centro escolar para enamorar con versos y traerles la sagrada palabra de los poetas y me recibieron, sin invitación para el almuerzo, pero con las cancelas del corazón abiertas de par en par. Hicimos durante meses La Tertulia del viajero bajo la atenta mirada de Yadira Soza y cuando estuvimos listos, decidimos colocar la primera piedra de un templo que se levantaría para adorar al vehículo más hermoso que haya inventado el hombre para trasladar los sentimientos.
El aula de Poesía de la Ciudad, que hoy empezamos a edificar, contará con el crédito infinito que la Uneac pone en sus creadores literarios, el acompañamiento cálido de la cultura en el municipio y del Festival Internacional de Poesía de Cuba, el deseo que habita en los poetas por construir una sociedad de personas más bellas y la búsqueda permanente de los que hoy dirigen los destinos formativos en este centro docente.
El aula de Poesía de la Ciudad tendrá -inicialmente-, una frecuencia al mes, donde personalidades, expertos o escritores destacados de la provincia, el país o el resto del mundo, expondrán a través de charlas o conferencias, momentos, hechos o temas trascendentes relacionados con la Poesía o sus cultores. Y ojalá un día, consigamos que ustedes, queridos estudiantes, sientan el mismo sobresalto que sentí yo, aquel día inolvidable en que descubrí, entre un legajo de páginas, el corazón desnudo y trepidante del Indio Naborí, volcado en unos versos que decían:
LA FUGA DEL ÁNGEL
A dónde fuiste, ángel mío,
en tu última travesura?
Quizás quiso tu ternura
mudarse para el rocío.
Te fuiste como en un río
un pétalo de alelí;
y has dejado tras de ti
una estela de cariño,
recuerdo que, como un niño
sin cuerpo, va junto a mí.
Eres pues, un niño abstracto,
y vienes cuando te invoco,
vida intocable que toco
en una ilusión del tacto.
Te veo vivo y exacto
andando a mi alrededor,
y escucho tu voz -rumor
como de ala que se aleja-:
¡qué zumbido sin abeja!
¡qué trino sin ruiseñor!
Es que estás aunque no estás,
cual vuelo de mariposa
sin mariposa, cual rosa
de perfume nada más.
Te fuiste y conmigo vas,
aunque el mundo no te ve,
ni sabe como yo sé
que, diluido en la brisa,
aún vives como sonrisa
sin boca, y paso sin pie.
Es todo lo que me queda
de ti: verdad sin verdad;
una como suavidad
de seda, pero sin seda
aroma de rosaleda
sin más presencia que aroma;
donaire de la paloma,
pero no más que donaire;
niño pintado en el aire
hablándome sin idioma.
Una piedad de la muerte
hay en esto de mirarte
sin mirarte, y de palparte
sin palparte, ni tenerte;
pues evocarte, traerte
por la ruta de un clamor,
es endulzar el dolor
de la ausencia más glacial,
con un sabor de panal
que solo fuera sabor.
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