sobre arte arcaico

Aristas de una poética desde la profundidad de la timidez.

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Aristas de una poética desde la profundidad de la timidez.

Por: Luis Pérez de Castro.

Divagar por el mundo sin luz, sin una rama que te conduzca a un lugar seguro, es como un velero en alta mar sin brújula. Así nos enfrentamos a la vida. Así vamos por cada árbol, por cada rama hasta que, de forma abrupta, se impone ante nuestros ojos un libro, la timidez de un arte arcaico olas aristas del amor. Entonces nos damos de cuenta que el mundo, las gentes, las vida son posibles, y junto a ella, como amuleto de la buena suerte, la poesía, para entregarnos la más íntima eternidad.
A esta conclusión llegué después de un acercamiento al poemario Arte arcaico, de Alex Pausides.
El poemario nos conduce a la comprensión de la existencia de un discurso, de una evolución que va en la metafísica de sus desgarramientos espirituales, los códigos y mecanismos de una ¿ficción? dentro de la propia ficción, con un amplio campo de ejercicio analítico como ser social.
Arte arcaico nos muestra una búsqueda de lo lúdico sin abandonar las preocupaciones propias del hombre y la añoranza por un pasado que aun reverbera en su voz.

El poema Noche feraz nos invita a entrar a su mundo de ilusiones, a la fantasía desgarrada de la cual no todos podrán salir indemnes, huir de lo descarnado del mundo real,

El discurso fluido, en ocasiones mordaz, y la incesante búsqueda de imágenes que recrean las intimidades del autor, son el símbolo de la belleza y la pureza espirituales frente a la violencia y la fuerza bruta, tan de moda por estos días. El amor, la añoranza del pasado y la preocupación por el mejoramiento humano es el tema donde se enmarcan estos poemas. El lector será víctima –a placer muy suyo- de cada escena en la que se verá identificado, y encontrará a un hablante lírico que irá, por medio de susurros inteligentes y escapadas de sí mismo, abriéndole su intimidad, hasta hacerle renacer, una vez más, la esperanza

En cada poema se recrea el peregrinar del autor y sus avatares, en ocasiones bajo la lluvia, para agenciarse no solo la atención de una mujer, también para describir intimidades de familia y amigos que yacen en un lugar recóndito de su memoria. A través de un discurso ameno, nada pretencioso y sin grandes artificios, nos conduce por caminos en donde la memoria –diría que colectiva-, tornase contemporánea, evocando vivencias compartidas, como nos hace ver en el poema El reino del hombre:

Y espero que te sientas íntegra a mi mesa.
–Aquí están los hombres soñando un mismo idioma–.
Y que cantemos todos una canción a tu salud
al tiempo limpio que ha llegado
como una numerosa declaración de amor sobre la tierra.

La lluvia –como eterno símbolo de la melancolía– le permite al hablante lírico crear la presencia de una ausencia, la de la mujer.
Los poemas, en su conjunto, presentan una pluralidad de niveles interconectados en donde lo nostálgico y lo telúrico se entrelazan en caleidoscópica metamorfosis. Este fenómeno está implícito en el poema La voz de la montaña,:

Y viene con su aire la montaña
que es su voz
su aliento
su guitarra
–tal vez su florecita al pecho–.

Llegaba la noche a la montaña.
Mi vida era invadida por los astros.

&
Pronto habrá corridas de cintas dicen mis primos y volverán los vendedores ambulantes que se fueron tras la muerte de Manuel Hernández, viajante de Media Luna, aquella tarde interminable en el camino de Dos Bocas a Caoba. Y desaparecerán las serpientes que se le echaban al sueño de Marta la hija mayor de Pepe Vargas. Y madrina me dejará tranquilo por la noches y el quebracho no crujirá bajo le peso de la lechuza y Amador pasará trotando lento en su misma yegua mora hacia La Bomba.

Según nos adentramos en la lectura, se podría pensar que se trata de una desesperación metafórica, pero no, ya que debido a esa “aparente” desesperación Alex Pausides explora la fugacidad de un pasado que deja de serlo cuando lo menciona y por encima de todas las imágenes logradas emerge una y otra vez la lluvia, la familia, los amigos de antaño y el amor, como principio y fin que lo contiene todo y todo lo renueva, como dice de forma tenue en el poema Poeta ebrio:

Mi infancia está sin catedrales
sin viajes sin ciudad sin lluvia en los cristales.
Mi infancia está sin pianos
sin aviones sin canciones que vuelen de mis manos.

Mi infancia dormita bajo el cerezo
con la custodia de mi madre.
Oh comarca de chacales rurales
de ceniza y hormigas
de palmas que sujetan el universo
que amenaza con caerse.

Después de leídos los veinte poemas que estructuran el libro, solo una palabra asoma a mí memoria, transparencia. Esa transparencia de la que tanto hablara Mallarmé y que aquí, en Arte arcaico, no es más que el reflejo del buen gusto estético, la ausencia de lo indecible, el escape virtual del que somos a una fase superior, la auténtica poesía, y puesto de manifiesto cuando, desde la pluralidad de voces que acompaña al hablante lírico y con la intención de recordarte que nunca estuviste solo, te dice como en voz baja en el último poema, “Nocturno”: Es la quietud. No temas

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