así recuerdan los amigos a guillermo rodríguez rivera
Una cortesía de Víctor Casaus.

Una cortesía de Víctor Casaus.
Guillermo Rodríguez Rivera nos dejó la impronta de la belleza, la ternura, el humor y la inteligencia en su amplia producción póetica, que se inició en 1967 con el libro CAMBIO DE IMPRESIONES, publicado en la hermosa colección LA TERTULIA que fundó y dirigió el poeta y artista plástico Fayad Jamís.
Aquí compartimos este delicioso poema del Guille:
RECETA DE AMOR
Tómese un par de corazones,
2 corazones grandes y completos.
2 corazones donde quepan la ternura, la cólera,
la alegría, el dolor, el error,
la pasión más absolutamente desmedida
y todo el desconcierto.
(Parecerá, a primera vista, que se podría prescindir de algunos de los ingredientes;
pero una vez que se pruebe
el resultado, se advertirá que no hay nada superfluo.)Mézclense bien;
añádase a los corazones -claro está –
cualquier otra porción decisiva de sus dueños
y póngase a hervir en su propia sangre
sobre un fuego muy lento.
Si los corazones son de primera clase como se recomienda,
resultan francamente innecesarias las especias, pero si se desea
puede añadirse un pizca de cerveza, una canción o un verso
después de que la sangre esté caliente.El tiempo de cocción es muy variable, por eso
el guiso ha de probarse repetidas veces.
Sírvase en raciones grandes pero diseminadas
y cómase de manera despaciosa, lujuriosa, reflexiva e intensa.
No se requieren peculiarmente favorables condiciones de ambiente;
al revés, este plato exquisito, caprichoso,
cuece mejor si arde la llama
en dirección opuesta a la del viento.
Protéjase, eso sí, de las miradas de la gente.Si sus propósitos son otros, sencillamente, espere:
la receta de matrimonio se publica
la semana siguiente.
Recuerdo de Guillermo
Por Raúl Roa Kourí
Hace unos días recibí un escueto mensaje de la Asociación de Escritores de Cuba: falleció hoy nuestro querido compañero Guillermo Rodríguez Rivera, con esas u otras palabras. Fue un golpe inesperado; no estaba al tanto de su estado de salud reciente y fue Silvio, al que envié un correo electrónico enseguida, quien me explicó: ayer hablé con él, en la noche tuvo complicaciones y falleció en la madrugada. Fue, precisamente, a través del autor de Ojalá, que hice migas con Guillermo, a finales de los 60 del pasado siglo. Mi madre, en cambio, fue compañera de estudios del mayor de los Rodríguez Rivera, Luis, eminente clínico, y mi tía Beba del segundo, Alipio, fabuloso y psiquiatra. También conocían bien al radiólogo, René. El poeta y escritor, el hermanito, el Guille, completaba el cuarteto santiaguero.
Y no era cuarteto sólo porque sumaran cuatro los hermanos, sino porque se unían para cantar las viejas trovas de su ciudad natal: cosas de Sindo Garay, de Manuel Corona, de poetas para mi ignotos. Varias veces participé en memorables veladas, tanto en casa de Alipio, virtuoso de la guitarra, como en la casona de la “vieja” Rivera y del Guille, que lindaba con una suerte de precipicio sobre el río Almendares, donde se esperaba cada año con música de nuestra entraña y ron de la tierra. Junto al cuarteto fraternal, las voces inconfundibles de Pablo, Silvio, Noel, Vicente y Sara. Y el inimitable tres del Albino.
En los años 90, Guillermo estuvo en París. Si mal no recuerdo, en la Casa de Cuba, fundada por descendientes de Marta Abreu para estudiantes de la Isla. Cenando en la residencia que ocupaba yo como Embajador de la Revolución en el terruño de Víctor Hugo, recordamos aquellos años tremendos iniciáticos, los grises del zhdanovismo criollo, cerril y sectario; la expectativa de que “las cosas” cambiarían para bien. Al despedirnos, me obsequió un casssette grabado por él y sus hermanos, con la contribución del Albino, en el que figuraban aquellas criollísimas melodías. Hace poco se lo presté a Silvio, para que lo digitalizara y nos diera una copia (que aún espero).
Pero, además, Guillermo nos legó una obra poética y ensayística de altos vuelos. Su Por el camino de la mar, de guilleneana resonancia, es para mí la más bella y certera aproximación a Cuba, lo cubano y los cubanos. Sin desdoro de las medulares de José Martí, Fernando Ortíz y algún que otro grande de la patria. Y también su lengua afilada y brava, que llamaba a la mierda por su nombre y que no paró mientes en denunciar lo mal hecho y batallar por cambiarlo.
Guillermo, escritor, profesor, cubano rellollo, era por sobre todo, en el sentido martiano, hombre entero y verdadero. Honrarle, honra.
La Habana, 22 de mayo de 2017
Guillermo: poesía y coraje.
Por: Nils Castro.
(Profesor escritor y diplomático panameño).
Valiente. Lo recuerdo corajudo en ambos sentidos de la palabra: de mucho valor cívico, como ocurre con los revolucionarios de fuerte consistencia ética, y de reiterado valor personal para encarar situaciones adversas. Rasgo inesperado en un artista que desde temprano renqueó su vida al borde de la invalidez. Lo demás es cosa harto conocida: a despecho de la pertinaz enfermedad, sustancioso poeta, joven erudito, talentoso ensayista, buen cultor de la canción tradicional cubana, el más estimulante profesor de sus alumnos y un gran jodedor. Añádase que sin ser guapo nunca le faltaron los tiernos suspiros de no pocas admiradoras.
Hoy escucho recordar a Guillermo Rodríguez Rivera por su carácter bien humorado y su facilidad para los retruécanos. Amó entrañablemente a Cuba y cultivó la cubanidad, de la cual creyó que la jodedera, como la valentía, eran aspectos sustantivos, que asimismo debían practicarse con jovial y solidaria elegancia. Nunca bromeó para hacer daño y seguido lo hizo en apoyo de alguna buena idea o persona. Y cuando hablaba o escribía en serio, nunca le tembló el ánimo para sostener una verdad o una crítica que debía decirse pero que los demás pensaban callados, o para defender a Cuba revolucionaria como también a su decoro personal.
Un remoto ejemplo: en vísperas del llamado “decenio gris”, un oscuro funcionario circunstancialmente venido a más lo calumnió en su ausencia, públicamente. Guillermo acudió al sitio para cerciorarse de que aquello era cierto y acto seguido fue a encarar a ese mal encumbrado y poner los puntos sobre las íes. Se hizo respetar, pero no por ello se hizo querer en el ámbito burocrático donde aquello se cometió. Lo invité entonces a venir por un tiempo a la Universidad de Oriente, a enseñar literatura cubana e hispanoamericana en la Escuela de Letras (que yo entonces dirigía), en su natal Santiago de Cuba. El “Gordo” Rodríguez Rivera nunca había dado clases, pero desde los primeros días hizo volar el cariño y la curiosidad académica de sus alumnos por las buenas letras.
En esos años, Guillermo nunca faltó a una zafra. Obviamente, no podía cortar ni ajilar caña, pues a duras penas podía caminar por el campo. Pero invariablemente fue el más celoso y eficaz ayudante de cocina, el mejor garante del orden y la buena presentación del campamento y el bardo que con la guitarra y la poesía le refrescaba los anocheceres a sus agotados compañeros profesores y estudiantes. Su condición humana y revolucionaria quedó sobradamente consagrada y cuando, más tarde, la avanzada edad de su mamá lo hizo volver a La Habana, en Santiago quedó un ancho agujero que ya no pudimos tapar, salvo con el ejemplo que nos dejó. En cambio, para ese entonces aquel mal funcionario ya estaba por ser remitido adonde mereció.
Lo visité hace pocos meses en compañía de mi hijo, quien hoy es un buen creador musical y poético, entre otras cosas, gracias a las clases que Guillermo le dio en Santiago y mucho después en La Habana. No teníamos ni la más remota intención de despedirnos, puesto que damos por sentado que el Gordo era y es inmortal, no apenas como poeta sino como humano de la mejor calidad. Pasamos un buenísimo rato, hablando lo mismo de la coyuntura política latinoamericana que de los nuevos creadores en la canción cubana. Aunque él ya estaba irremediablemente condenado a la silla de ruedas, continuaba siendo el jovial cubano y el valeroso intelectual revolucionario que siempre fue.
Por supuesto, lo seguirá siendo. Para comprobarlo basta leerlo.
Panamá, 18 de mayo de 2017.
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