una flor para carlos fuentes
UNA FLOR PARA CARLOS FUENTES. (a mi hermano Xavier, gran admirador de Carlos Fuentes)

UNA FLOR PARA CARLOS FUENTES.
(a mi hermano Xavier, gran admirador de Carlos Fuentes)
Rosina Valcárcel Carnero.
A Carlos Fuentes (Panamá, 11 de noviembre de 1928-Ciudad de México, 15 de mayo de 2012) lo conocí personalmente en Buenos Aires, en diciembre de 1993, gracias a una travesura tramada por mi amigo Claudio Velando Castán (hijo de Máximo Velando y de Carmen). Él, su familia argentina y yo estábamos en la ciudad de Moreno. Cuando me dice: “—Nos vamos para Buenos Aires”. Yo estaba en blue jeans y blusa informal. Así será, respondí. Viajamos en el tren. En el camino le pregunté dos veces y cuál es el motivo. Claudio, entre misterioso y pícaro, enmudeció. Más de una hora después arribamos a la capital bonaerense. Él me condujo al Palacio Municipal (no recuerdo el nombre que emplean). Subimos escaleras refinadas. Ya arriba divisé a un hombre de estatura alta, bien parecido, vestido elegante y a la vez sencillo, que caminaba dando vueltas. ¡Recórcholis! Se trataba nada menos que de Carlos Fuentes. Atolondrada me acerqué a saludarlo de modo familiar. Me sentí bendecida por los dioses, de ese modo, el anhelo de tener muy cerca y platicar un poco con uno de los autores preferidos de mis amigos de la generación del 60 y 68, autor de La muerte de Artemio Cruz, 1967. Figura esencial del aclamado boom de la novela hispanoamericana de los años 60, el núcleo trascendente de su narrativa se situó del lado más experimentalista de los escritores del grupo y acopió los recursos vanguardistas iniciados por James Joyce y William Faulkner (pluralidad de puntos de vista, fragmentación cronológica, elipsis, monólogo interior), afirmándose a la vez en un audaz estilo novedoso que exterioriza tanto su pulcro dominio de la más purificada prosa literaria como su hondo conocimiento de los variadísimos registros del habla común.
• Se mostró muy cordial, cálido, bondadoso, recordaba a mi padre, Gustavo Valcárcel. Poseía un ingenio y una energía asombrosa. No había caído en el vacío de la fama. Era él mismo, auténtico. Me tomó del brazo y me mostró una exhibición de fotografías dedicadas a él y su obra. Luego ingresamos al gran auditorio. Me hizo sentar en primera fila. Sorprendió al público con un discurso maravilloso. A mí me inspiró el poema “Quetzalcóatl” (inserto en mi libro Loca como las aves, Lima, Arteidea, 1995). La obra de Carlos Fuentes nos enseñó a tratar de comprender nuestro México querido y su cultura y eso jamás se puede dejar en el tintero.
(Gracias, Claudio. Merci, Luis Dapelo por las traducciones al italiano).
Lima, 15 mayo 2016, 12: 11 a.m.
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