Luis Suardíaz

Luis Suardíaz. Poeta, ensayista, crítico, editor y periodista. Nace el 5 de febrero del año 1936. En 1953 se vincula a los grupos literarios de Camagüey junto a Severo Sarduy, Rolando Escardó y otros escritores camagüeyanos.
Fallece en La Habana el 6 de marzo de 2005.
 
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Poemas

Como quien vuelve de un largo viaje





Como quien  vuelve de un largo viaje
me aprieto contra mi mujer.
Quiero extenderme junto a esa llamita que es mi mujer
Porque regreso cada vez de un viaje más lejano


Ella duerme.


Disuelve la fatiga bajo los tibios edredones.
Como quien llega después de un siglo
al castillo donde la leyenda hace que duerma
la muchacha de larga cabellera,
sacudo el polvo, acomodo los papeles
y me tiendo a su lado.


No para interrumpir el sueño que es mi  mujer.
Sacudo el grave polvo de la nieve, echo a un lado
los espejismos del invierno, para recogerme
cerca de ese perfume y aún soñar
junto a esa llamita que es mi mujer,
como quien vuelve de un largo viaje


Cura de caballo





Para  que salga de su melancolía el animal
se le baña con ensañamiento
desde los belfos a la luna casi llena de los cascos.


Las ramazones, los guijarros trazaron cangilones desiguales
en el trapecio, la grupa, las coronas y en ellos entró con rapidez el foete.


Para que despeje los agrios olores del monte,
se le baña de norte a sur y se le aplica el fuego en sus dolores.


Es una ciencia aguda, una cura barbara
que despliega una herida grande sobre las muchas  heridas imprevistas.


Sus ojos de gente en agonía ven llover los ásperos remedios.


Para salvar al animal, para que vuelva entero a los peligros,
de nuevo a  los arroyos, de nuevo a la rosa de los vientos.
Para que monte en pelo la aventura en su lomo, para que no haya lejanías
más duras que sus ancas.


La cura es un dolor desnudo y es un rayo
que alza en dos patas la bestia y le hace morder y cargar contra el viento.
La cura pone su galope en el vacío y una creciente espuma tibia
en sus ollares.


Para que se enderece el animal,
para que brillen sus ijares y vuelva entero a los caminos.


El venado





Es como la tristeza
mira, como los hombres en invierno.
Y, como el huérfano, apenas pone
sus huellas en la yerba.


Es como la tarde:
crece su piel hacia la soledad oliendo el monte.
(Por su perfil transcurren el disparo y la noche,
la memoria imprecisa del acoso.)


Pero bajo su ramo, angustioso de cuernos,
no cabe el pensamiento y muere, como de un salto,
con los ojos abiertos.


Elogio





Nadie sabe
las lágrimas que vierte
el agua
para llegar a ser
la fuente cristalina.


La simiente





Nos dijeron:
esta es la belleza.
Para que no pudiéramos
verla con nuestros ojos
ni hacerla con nuestro
propio esfuerzo.


Por ahora sería difícil
decir: esta es la belleza.
Y no lo hacemos porque
fatalmente nos equivocaríamos.


Nueva canción del arpista





                         _No hay liberación final
                         ni tampoco  ningún alma en
                         otro mundo.


                                        Brihapasti_
Mi antigua cama,
como la de Francisco de Quevedo,
es un campo de batalla
donde se juntan gérmenes de crónicas
y versos, y la imperceptible ceniza
de las estaciones.


Cuando el día entra en su hermoso
mestizaje y parece una hoja
llena hasta los bordes,
y se disputan todo el espacio:
informes, memorandas, hipótesis
de Parménides, fragmentos
florecientes del Diálogo
de un desengañado con su alma
,
inventos de Protágoras, revistas,
intentos de lejanos talleres
literarios, antologías de cuentos
rusos y franceses, finuras
casi perdidas del Ramayana,
soy el que fui, el que alguna vez
seré, enfrento los abismos del ser
y aun extravío los precarios
Talismanes que me salvan del tedio.


Debo entonces apaciguar la marcha,
echar a un lado esos lápices
que ya no pueden contar
la historia de nadie,
esas teorías que se vuelven
estatuas de sal,
y  posponer para una ocasión
justa, las notas sobre un poeta
arrebatado por la muerte, la novela
gótica, el idealismo subjetivo
y las lecciones escolásticas.


Mi cama vuelve a ser
un  sitio de paz, de tierra
intima, de compartido amor,
de siembras en el corazón de la noche.


Desde ella, y acaso con música de arpa,
me anticipo al viejo día que vuelve.
Me dispongo al asalto
De la fugacidad eterna