e. m. cioran
“El universo no se discute; se expresa. Y la filosofía no lo expresa. Los verdaderos problemas no comienzan sino después de haberla recorrido o ago...

“El universo no se discute; se expresa. Y la filosofía no lo expresa. Los verdaderos problemas no comienzan sino después de haberla recorrido o agotado, después del último capítulo de un inmenso tomo que pone el punto final en signo de abdicación ante lo desconocido, donde se enraizan todos nuestros instantes, y con el que nos es preciso luchar porque es naturalmente más inmediato, más importante que el pan cotidiano. Aquí el filósofo nos abandona: enemigo del desastre, es tan sensato como la razón y tan prudente como ella…No comenzamos a vivir realmente más que al final de la filosofía, sobre sus ruinas, cuando hemos comprendido su terrible nulidad, y que era inútil recurrir a ella, que no iba a sernos de ninguna ayuda.” (E. Cioran, Brevario de Podredumbre)
El espacio Pensar con…les invita el jueves 8 de mayo a su sede en la librería Alma Mater (Infanta y San Lázaro), esta vez para acercarnos a Emil Cioran, un rumano extraño y provocador del que también poco se habla en Cuba. El encuentro será como ya es habitual a las 2 PM. A continuación, algunas consideraciones de filósofos y escritores españoles sobre su figura.
El chaleco de Cioran
Javier Cercas
A Slavoj Žižek le gusta contar la anécdota, tal vez apócrifa. Durante la I Guerra Mundial, un puesto alemán envía un telegrama a sus aliados austriacos: “Aquí la situación es seria, pero no catastrófica”. La respuesta de los austriacos no se hace esperar; dice: “Aquí la situación es catastrófica, pero no seria”. Para Žižek, la anécdota define nuestra época: el mundo va a la debacle, pero no nos tomamos la debacle en serio y no tomamos medidas para evitarla. Puede que Žižek tenga razón, aunque, dada mi desconfianza instintiva de los augures del apocalipsis histórico, tiendo a dudarlo. No obstante, hay otra forma de interpretar la anécdota: según ella, los austriacos del telegrama no son unos irresponsables, sino unos tipos tan sagaces como para entender que, puesto que de todos modos la existencia de los hombres es catastrófica, lo mejor es no tomársela en serio y reírse de ella. Mi confianza en los augures del apocalipsis existencial es absoluta -no en vano compruebo a diario que la gente tiene la costumbre infame de morirse-, así que esta interpretación me parece inapelable. Claro que no sería la interpretación de Žižek, sino la de Cioran.
Es típico de mi vida anímica normal que me entre la risa ante las cosas ininteligibles”
Se celebra este año el centenario del nacimiento de Cioran, un escritor cuyo prestigio y cuyos lectores, 16 años después de su muerte, no cesan de aumentar, por lo menos en España, un país por el que Cioran sentía una gran simpatía. Digo escritor y no filósofo porque Cioran fue un gran escritor, pero no sabemos si fue un filósofo, cosa que depende de lo que entendamos por filósofo y que por lo demás importa bien poco. Sea como sea, lo cierto es que Cioran hace pensar y, sobre todo, hace mucha compañía. Ahora bien, ¿cómo es posible que haga tanta compañía el pesimista esencial, el destructor de todas las certezas, el pintor obsesivo e infatigable de la vida como absurdo perfecto y del hombre como sinsentido radical? Esa pregunta tiene muchas respuestas, la más inmediata de las cuales es otra pregunta: ¿y por qué no va a hacer compañía un escritor así? ¿Acaso hay algo que haga más compañía que la verdad? Cabe, sin embargo, una respuesta menos inmediata, pero a mi juicio no menos atinada: este pesimista inflexible era también un inflexible humorista, o poco menos. “Es típico de mi vida anímica normal”, declara en 1932, “que me entre la risa ante las cosas ininteligibles”. La frase está escrita cuando Cioran cuenta apenas 21 años, pero define un rasgo central de su obra, que puede en parte entenderse como un bromazo extremadamente lúcido, feroz y negrísimo sobre el espectáculo absurdo, negrísimo y feroz de la existencia. Como mínimo así la entiendo yo, que apenas soy capaz de leer una página de Cioran sin reírme, o por lo menos sin sonreír. Tomo al azar un libro de Cioran: Desgarradura; lo abro por una página al azar, la 92: “En cuanto salgo a la calle, al ver a la gente, exterminación es la primera palabra que me viene a la mente”. Paso unas páginas y leo en la 98: “Experimentar, en medio de una feria, sensaciones que hubiesen provocado los celos de los Padres del Desierto”. Paso más páginas y leo en la 106: “Mi misión consiste en matar el tiempo y la de éste es matarme a mí. Entre asesinos nos llevamos de perlas”. Retrocedo una página y, en la 105, leo que Cioran recuerda que Tácito le hace decir a Otón, decidido a darse muerte, pero persuadido por sus soldados de que postergue su acción: “Está bien, añadamos una noche más a nuestra vida”. Cioran comenta, compasivo: “Espero, por su bien, que aquella noche no se pareciera a la que yo acabo de pasar”.
Se publica en castellano Guerra, un poderoso reportaje donde Sebastian Junger narra su experiencia como reportero en la guerra de Afganistán, empotrado en una unidad del ejército norteamericano. Comentando las bromas que según Junger se hacen los soldados antes de salir de patrulla -“Muy bien, ¿hoy quién la palma?”, dice uno; otro pide a sus amigos que borren el porno almacenado en su disco duro antes de que el ejército lo mande de vuelta a su familia-, Ramón Lobo, que ha cubierto guerras en cinco continentes, escribe: “El humor transformado en un segundo chaleco antibalas”. Pascal, el pensador más admirado por Cioran, pedía que, para imaginar nuestra condición de humanos, imaginásemos a un grupo de hombres encadenados y condenados a muerte, varios de los cuales son cada día degollados a la vista de los demás, que ven su futuro en el de los otros y esperan sin esperanza su turno. Yo les pido a ustedes que imaginen a uno de esos hombres riéndose horrorizado en una esquina: ese es Cioran. También les pido que se imaginen como soldados saliendo de patrulla por Afganistán sin chaleco antibalas y que se prueben el chaleco antibalas de Cioran: no protege de nada, pero, aparte de que hace mucha compañía, abriga. No creo que pueda pedirse más.
Cioran salvado por la anticuaria
Un juez falla a favor de una comerciante que descubrió en el sótano del filósofo unos cuadernos con notas manuscritas
Antonio Jiménez Barca.
Hace casi once años, Simone Boulez, una anticuaria del Mercado de las Pulgas de París recibió un encargo corriente: acudir a una buhardilla deshabitada del Barrio Latino para limpiarla de trastos y basura, arramblar con todo lo que valiera algo, tirar el resto y dejarla lista a fin de que el propietario pudiera volver a alquilarla.
La mujer se fue con su yerno y comenzaron a expurgar en el desorden del piso abandonado. Incluidos los papelotes que se encontraban en el sótano. Mientras trabajaban, a la mujer le llamó la atención un jarroncito medio escondido en una alacena porque tenía una inscripción que decía “Simone y Cioran”. A la anticuaria le gustó porque el nombre de ella coincidía con el suyo, no porque conociera al otro. Pero su sobrino le advirtió:
Los papeles encontrados son una suerte de diario desde 1972 a 1980
Los depositarios legales de la obra de Cioran se oponían a la subasta
-A mí me parece que éste es un escritor famoso.
Simone Boulez, que no sabía nada del escepticismo y la obsesión por la muerte del filósofo rumano, ni de su aversión a la fama y a la petulancia, pero que como buena comerciante callejera había desarrollado el olfato ante la bicoca y el sentido de la oportunidad, decidió entonces guardar los papelotes encontrados en el sótano.
Acertó. Hoy valen más de medio millón de euros. Son 18 cuadernos de espiral de la papelería parisina Joseph Gilbert que constituyen una suerte de diario del filósofo desde 1972 a 1980. En ellos se cuentan hasta cinco versiones sucesivas de una de las obras maestras de Emil Cioran, Del inconveniente de haber nacido. También hay bocetos de otros libros y frases, títulos desechados (“nostalgia del diluvio”) pensamientos, aforismos, apuntes y notas. “Kandinsky sostenía que el amarillo era el color de la vida. A lo mejor es por eso por lo que ese color daña a los ojos”, se lee en uno de estos cuadernos.
De cualquier manera, Boulez no los leyó, ni entonces ni ahora. Los apiló junto a restos de otros remates a la espera de su momento. Luego vendió la máquina de escribir de Cioran (y sus sartenes y cacerolas) en el Mercadillo de las Pulgas de Montreuil sin recibir un céntimo de más por haber pertenecido a un filósofo conocido.
Pasaron los años. Los diarios dormían en algún rincón del almacén de trapero de la anticuaria. Y un día de 2005, un subastador de obras de arte que conocía a Simone Boulez le comentó que iba a vender unos cuantos cuadernos de Céline. Ella le respondió: “Pues yo tengo unos de Cioran”.
Pocas horas antes de que comenzara la puja, un juez la paralizó. Los depositarios legales de toda la obra inédita de Cioran, la biblioteca literaria Jacques Doucet, a quienes la mujer de Cioran les había legado todos los manuscritos, reclamaron los cuadernos. Y explicaron que cuando Simone Boué, la mujer del filósofo que murió en 1997, dos años después de Cioran, un grupo de personas, entre las que se contaban un notario, la hermana de la mujer del filósofo y el director de esta biblioteca se habían reunido en la buhardilla que la pareja compartió durante años.
Escudriñaron los escasos 50 metros cuadrados de la buhardilla, situada en el quinto piso del número 21 de la Rue de L’Odéon, a un paso del teatro, en una calle que aún conserva viejas librerías de libros raros. Consignaron un radiocassette, una televisión, un par de lámparas… El valor de todo no pasaba de 7.600 euros. Nadie bajó al sótano. Según el director de la biblioteca, Ivez Peyré, no tenían la llave.
Meses después, Boulez y su yerno acudían a la buhardilla con el encargo de dejarlo limpio.
El conflicto acabó en los tribunales. Y el primer asalto lo acaba de ganar la comerciante. Un juez acaba de fallar a favor de la anticuaria porque en su poder constaba un papel que la autorizaba a desembarazarse de todo lo que había en el piso. Sin ella, los diarios en litigio no existirían.
“No tenían más que bajar al sótano para verlos”, dijo Boulez en el tribunal. El abogado de la biblioteca literaria Jacques Doucet, Jean-François Canat, asegura que va a recurrir la decisión amparándose en las contradicciones de la comerciante. El abogado de ésta, Roland Rappaport, sabe que la batalla será larga, que durará un año, pero confía en volver a ganar.
“El director de la biblioteca no quiso bajar al sótano para no mancharse las manos”, dijo. “A Simone no le importó. Si Cioran pudiera vernos estaría de acuerdo con nosotros. El filósofo salvado por una chamarilera”.
Últimas noticias: quizá no seamos del todo basura
Javier Cercas
Me voy con mi hijo a ver Sharkboy y Lavagirl, una película de Robert Rodríguez que trata sobre la insultante habilidad con que los sueños de los niños acaban domesticando la realidad, y al salir del cine vamos a comer una pizza. Mientras nos la comemos hablamos de la película, de Robert Rodríguez, de los sueños; luego, como de costumbre, mi hijo me habla de sus amigos, sobre todo de los que son mayores que él, y en algún momento, también como de costumbre, me acuerdo de que de niño yo también admiraba mucho a los niños mayores que yo, y por primera vez se me ocurre que en realidad eso les pasa a todos los niños. Me pregunto en voz alta por qué. “Muy fácil”, contesta mi hijo con la boca llena de pizza. “Admiramos tanto a los mayores porque creemos que nunca llegaremos a ser como ellos”. La frase me parece tan inteligente que de golpe me digo con incredulidad que, sin que yo me haya dado cuenta, mi hijo ha dejado de ser un niño; luego me tranquilizo diciéndome que mi hijo sigue siendo un niño, sólo que los niños también dicen cosas inteligentes: basta con saber escucharlas; luego vuelvo a intranquilizarme con el pensamiento de que no soy un buen escuchador, sobre todo un buen escuchador de mi hijo; luego pago la pizza y nos vamos.
Esa misma noche descubro que, a pesar de ser un niño, mi hijo es tan inteligente como Elías Canetti. Lo descubro mientras duerme (mi hijo, no Canetti) y yo leo los Apuntes para Marie-Louise, un libro de 1942 recién publicado en Alemania. Allí se lee: “Ha conservado una profunda veneración por la gente mayor: admira de ellos cada año que él no ha podido vivir. Adora a los niños: son para él santos cada año que él no podrá vivir”. Así es: admiramos a los viejos porque nunca podremos vivir lo que han vivido ellos, y admiramos a los niños porque nunca podremos vivir lo que ellos vivirán. Los niños admiran casi sólo a los mayores; los viejos, casi sólo a los niños. Pero los adultos admiramos por igual a los viejos y a los niños. En eso consiste el drama de ser un adulto: en admirar absolutamente a todo el mundo, incluida la mayoría de los adultos, sin dejar por ello de pelear a muerte para tratar de conservar un mínimo de amor propio. Levanto la vista del libro, miro la noche en la ventana, pienso en mi hijo, devuelvo la vista al libro, paso sus páginas al azar, leo: “Infravaloramos la sensibilidad de un hombre con quien podemos hablar en cualquier momento”. Entonces entiendo que si esta tarde me ha sorprendido que mi hijo tuviera una idea digna de un aforismo de Canetti no es porque fuera un niño, sino porque era mi hijo, porque no sólo infravaloramos la sensibilidad de las personas con quienes podemos hablar en cualquier momento, sino también su inteligencia y su talento: dado que nuestro ínfimo amor propio de adultos nos obliga a considerarnos basura, no podemos evitar considerar íntimamente basura a cuantos están a nuestro lado (y por eso los escuchamos tan mal, o no los escuchamos). Por supuesto, lo negamos, pero íntimamente sabemos que es así. Algunos ni siquiera lo niegan. Recuerdo que cuando concedieron el Nobel a García Márquez le preguntaron a un señor que vivía cerca de él qué opinaba del premio. “Me alegro”, dijo. “¿Pero cómo va a ser un buen escritor, si es vecino mío?”. Y también me acuerdo de algo que escribió Cioran en su diario, cuando ya era viejo y sólo admiraba a los niños: “Repartimos nuestros libros entre nuestros amigos, ponemos dedicatorias afectuosas en ellos; creemos que van a leernos, que se apiadarán de nosotros o nos admirarán. Son errores. Lo único que habremos hecho es excitar su malhumor. En una palabra, ejemplares sacrificados (…). No obstante, en alguna parte un desconocido nos leerá religiosamente y esperará años antes de dirigirse a nosotros”. En ese momento descubro que mi hijo es más inteligente que Cioran. Porque está claro que Cioran, que era casi tan buen aforista como Canetti, no recuperó ni siquiera de viejo el amor propio de la infancia: dado que en su fuero interno se consideraba basura y, en consecuencia, nunca leyó con interés los libros de sus amigos, nunca pensó que sus amigos fueran a leer los suyos con interés. Cioran siempre se creyó un pesimista feroz, pero por desgracia no basta con creerse un pesimista feroz para tener razón: en el fondo, su idea es petulante, porque la verdad es que sólo los amigos y los que están más cerca, y cuya sensibilidad y talento e inteligencia infravaloramos, leerán nuestros libros y se apiadarán de nosotros y quizá alguna vez nos admiren, y que nunca ningún desconocido nos leerá religiosamente. Ésa es la realidad del común de los escritores, del común de los mortales. Lo sabe cualquier niño, y por eso los niños nunca dejan de hablar con admiración de sus amigos. Increíblemente, no se consideran basura y, por tanto, no consideran basura a sus amigos ni a aquellos con quienes pueden hablar en cualquier momento, empezando por quienes les llevan al cine y a comer pizza. Eso es lo que piensan los niños, aunque en realidad no sean tan buenos aforistas como Cioran y Canetti. O tal vez es lo que sueñan. Es verdad que sus sueños son casi siempre nuestras pesadillas, pero también es verdad que los sueños de los niños tienen una insultante habilidad para domesticar la realidad. Incluso en las películas de Robert Rodríguez.
DESAPARECE EL GRAN TEÓRICO DEL ESCEPTICISMO
Emil Cioran, el filósofo de la desesperanza y el fracaso, muere en París a los 84 años
El escritor rumano vivía solo y de espaldas a su celebridad y envejecimiento
Enric González
La muerte, para él “la conclusión de una locura”, alcanzó ayer a Emil Cioran. El escritor y filósofa rumano falleció a los 84 años en París, donde residía. Padecía la enfermedad de Alzheimer y abandonó hace algún tiempo su buhardilla cercana al Odeón para extinguirse en un hospital. Pesimista y desesperanzado, ajeno a las pompas de la cultura oficial, Cioran concedió muy pocas entrevistas. Prefirió hablar con su obra y ser coherente con ella. “Jamás he trabajado”, dijo una vez; “he preferido ser un parásito a ejercer un oficio. He accedido a sufrir una relativa miseria con tal de preservar mi libertad”. Sus libros, a veces contradictorios, siempre repletos de belleza, versaron sobre el fracaso, la indiferencia, la lucidez y la muerte.
El hombre que durante décadas paseó por el Barrio Latino de París, envuelto en una gabardina y con la melena desordenada, ajeno a su celebridad y a su propio envejecimiento, había nacido en Rasinari, una aldea de Transilvania (Rumania), el 8 de abril de 1911. Su padre era pope ortodoxo y la familia, según su propio recuerdo, era “atormentada, ansiosa, siempre negativa respecto a la existencia. La infancia de Cioran, sin embargo, fue feliz. Al margen de su fascinación morbosa por la muerte (iba al cementerio local a buscar calaveras, para jugar al fútbol con ellas), guardó de aquella época un recuerdo de paisajes montañosos, juegos y despreocupación. En una entrevista concedida al filósofo Gabriel Liceanu en 1983, situó el origen de su pesimismo en el paso a la adolescencia. La clave fueron sus insomnios: “Llegaba a pasar semanas sin pegar ojo”. “Me di cuenta”, le contó a Liceanu, “de que la vida es soportable gracias al sueño; cada mañana, tras una interrupción, comienza una nueva aventura. El insomnio, sin embargo, suprime la inconsciencia, obliga a 24 horas diarias de lucidez. ( … ) La vida sólo es posible si hay olvido”. Sin olvido, el joven Cioran, se sumergió en la obsesión de la muerte. Sus estudios secundarios, su ingreso en la Facultad de Filosofia y Letras de Bucarest, su licenciatura, fueron para él una excusa para leer sin freno y reflexionar sobre la muerte.
Friedrich Nietzche fue su filósofo de cabecera, pero estudió también con fruición la obra de Bergson, Hegel y Husserl, y mantuvo una devoción vitalicia por Shakespeare y Dostoievski. Su juventud estuvo marcada también por la fascinación ante la Guardia de Hierro (el movimiento fascista rumano) y, a partir de 1933, cuando consiguió una beca de la Universidad de Berlín, por el nazismo. Le sedujeron la “voluntad de absoluto” y el “misticismo colectivo” de los totalitarismos. Fue una fascinación incómoda, sin entrega total. Pero suficiente para avergonzarle años después. “Estoy inmunizado contra todo, contra todos los credos pasados, contra todos los credos futuros”, escribió en 1946 a su hermano Aurel.
Antes de eso, en 1937, Cioran había llegado a París. El pensa dor políglota (rumano, alemán, inglés, ruso, italiano y español) quería en realidad desplazarse más lejos, a España, un país por el que sentía una atracción atormentada: “Yo estaba hecho para España, para la lengua españo la”, declaró en 1983. “Era un fanático de santa Teresa de Ávila, y sigo siéndolo.(…) Me fascina ba de ella el exceso, un exceso procedente de esa locura particular, inconfundible, propia de España’. En mi juventud, lamenté no haber sido español. España me fascinaba, por ofrecer el ejemplo de los más prodigiosos fracasos. ¡Uno de los países más poderosos del mundo, hundido en tal decadencia!”.
Cioran visitó varias veces España. Pero se quedó a vivir en París, donde asistió con indiferencia a la entrada de las tropas nazis y, con la misma pasividad, a la Liberación. En 1947, decidió cambiar de lengua. Había escrito ya seis obras en rumano, pero la primera en francés, Précis de décomposition (Breviario de podredumbre, 1949), fue un éxito inmediato. Su pesimismo, su indiferencia, su desprecio por las circunstancias de la vida, tuvieron una enorme repercusión en una sociedad francesa que abrazaba el existencialismo.
Pobre y solitario
A partir de ahí, la vida de Cioran cambió poco. Encadenó becas en la Sorbona hasta los 40 años, para que le permitieran comer gratis en el comedor universitario; leyó, escribió y malvivió en hosteles juveniles hasta conseguir una buhardilla junto al Odeón, con un alquiler irrisorio; se mantuvo pobre y solitario, rechazó todos los honores que le fueron concedidos, y desdeñó su propia gloria. La editorial Gallimard reeditó recientemente su obra completa. Ayer, fue un portavoz de Gallimard quien anunció su muerte.
Un exquisito de la amárgura
Fernando Savater
Después de pronunciar cualquier certera enormidad contra el universo, Cioran entrecerraba los ojos, vivaces y lanzaba una carcajada breve, afénica y triunfal. A la vez celebraba así la diana y le quitaba importancia a su sentencia. Digamos lo que digamos, todo va a seguir igual. Nadie fue menos lúgubre, nadie se rodeó de menos prosopopeya, nadie formuló diagnósticos más aterradores con un aire menos intimidatorio. ¿Podemos imaginar amable al ángel, exterminador? Cioran lo era y, tal como cuentan, los teólogos de los otros ángeles, su individualidad agotó la especie a la que pertenecía. No se le puede encasillar en ningún movimiento literario o filosófico, en ninguna escuela ni en ninguna moda. Es imposible imaginarle hablando de la “deconstrucción”, el “neobarroco”, la ”posmodernidad” o el “retorno del sujeto”. Sólo le preocupaban los temas que podemos compartir con Montaigne o con Buda.¿Por qué escribía? Quizá por ansia de componer “un libro ligero e irrespirable, que llegase al límite de todo y no se dirigiera a nadie”. Insistió una’y otra, vez en las mismas cuestiones, hurgando de mil maneras en la estremecedora fragilidad de lo que somos y en el inabarcable delirio de lo que apetecernos, rezongando irónicamente contra su propio empeno pero sin cansarse nunca de él ni aburrirnos con él. Hay que ser un estilista del mayor calibre para lograr tal proeza “pues no hay progreso en la idea de la vanidad de todo, ni desenlace; y, por más lejos que nos arriesguemos en tal meditación, nuestro conocimiento no crece en modo alguno: es en su momento presente tan rico y tan nulo como lo era en un principio. Es un alto en lo incurable, una lepra del espíritu, una revelación por el estupor”. Por su dominio de la abreviatura fulgurante en la cual se condensa, no ya un tratado -que es poca cosa-, sino toda una rama del saber que nadie ha explorado, solo puede compararse en nuestro siglo con Elías Canetti.
Insustituible
Cioran es un escritor literalmente insustituible: cuando uno se aficiona a su tono, no consiente reemplazarlo por ningún paliativo. Así logró la estima de adictos no desdeñables (Octavio Paz, Susan Sontag, Paul Celan, Clément Rosset… ) y también la reprobación, de otros (Eduardo. Subirats, Luis Racionero, Javier Sádaba… ): la lista de sus cómplices y la de sus adversarios le honran por igual. ¿Tiene su obra alguna moraleja? Evidentemente ninguna y, por tanto, puedo proponer dos. La primera pertenece al campo ontológico: “Hemos perdido naciendo tanto como perderemos muriendo. Todo”. La segunda es de orden práctico: “Somos y seremos e sclavos mientras no estemos curados de la manía de esperar”.
Fuimos amigos durante más de veinticinco, años. Nunca he conocido a un maestro menos solemne a un compañero mas acogedor y más ameno. Fue la única persona de alto rango in telectual totalmente carente de pedantería con la que he trata do. Su forma de vida era tan poco ostentosa que ni siquiera, hacía ostentación de su faltade ostentación. Y es que no había renunciado a nada: simplemen te sabía lo que importaba y daba de lado el resto sin alharacas. Vivía a su modo pero jamás hacía reproches a la forma de vivir de los demás, al contrario, celebraba sinceramente que, un escritor al que apreciaba recibiera el premio que él había rechazado discretamente la semana anterior. Tenía una generosidad casi risible con todo, con su tiempo, con su hospitafidad, wn ropas o comida o libros de segunda mano, con sus consejos, sorprendentemente atinados y llenos de sentido común, Por lo que yo sé no carecía de ninguno de los tics de la santidad, aunque para ser santo le faltaba la tara de la fe y le sobraba humor. Mantuvo inalterada su agilidad mental y física hasta un par de años antes de morir, cuando le demolió bruscamente el mal de Alzheiiner: “¡Haber proferido más blasfemias que todos los demoníos juntos y verse maltratado por los órganos, por los caprichos de un cuerpo, de un esconibro!”.
Alguna de aquellas noches de sábado a comienzos de. octubre, cuando cada año solía ir a verle, tras la deliciosa velada con la incomparable Simone, y con él, Cioran me escoltaba hasta el metro de la plaza del Odeón. Se inquietaba por mi seguridad en la jungla urbana: “Mire que aquí el metro es, muy peligroso, no estamos eri Espafia, ¿de veras no quiere que le acompañe?” Así le recuerdo ahora, su figurilla Érágil envuelta en un abrigo gastado y cubiérto con su gorro de piel de espía moscovita despidiéndose de mí con una sonrisa preocupada mientras yo empezaba a descender las éscaleras del metro. No, Emil, amigo mío, no p uedes acompañarme ni yo puedo acompañarte ahora: a ,las tinieblas inferiores cada cual tiene que bajar solo.
Sentencias para los que merecen morir
Maestro en el escepticismo, con una visión de la vida como huida de la catástrofe del nacimiento, se ofrecen a continuación unos extractos del pensamiento de Cioran: Cómo imaginar la vida de los otros, si hasta la propia parece apenas concebible?” Breviario de podredumbre?”
“¿Por qué Dios es tan incoloro, tan débil, tan mediocremente pintoresco? ¿Por qué carece de interés, de vigor y de actualidad y senos parece tan poco? ¿Existe una imagen menos antropormórfica y más gratuitamente lejana?” Breviario de podredumbre.
“Quien no ha muerto joven, merece morir”. El aciago demiurgo.
“Si las, veladas dominicales fueran prolongadas durante meses, ¿qué se haría de la humanidad, emancipada del sudor libre del peso de la primera maldición? (…) Es más que probable que el crimen llegase a ser la única diversión, que el desenfreno pareciese candor, el aullido melodía y la mofa ternura. La sensación de inmensidad del tiempo haría de cada segundo un intolerable suplicio, un pelotón de ejecución capital. En los corazones más llenos de poesía se instalarían un canibalismo estragado y una tristeza de hiena”. Breviario de podredumbre.
“Me aparté de la filosofía en el momento en que se me hizo imposible descubrir en Kant ninguna debilidad humana, ningún acento de verdadera tristeza, ni en Kant ni en ninguno de los de más filósofos”. Breviario de podredumbre,
“Toda santidad es más o menos española: si Dios fuera cíclope, España le serviría de ojo”. Breviario de podredumbre.
“Concebir un pensamiento, un solo y único pensamiento, pero que hiciese pedazos el universo”. El aciago demiurgo.
“Sólo es subversivo el espíritu que pone en tela de juicio la obligación de existir; todos los otros, empezando por el anarquista, pactan con el orden establecido”. El aciago demiurgo.
“Frívolo y disperso, aficionado en todos los campos, no habré conocido a fondo más que el inconveniente de haber nacido”. El aciago demiurgo.
“Es casi imposible hablar con un español de otra cosa que de su país, universo cerrado, tema de su lirismo y de sus reflexiones, provincia absoluta, fuera del mundo. Alternativamente exaltado y abatido, lanza miradas deslumbradoras y morosas; el descoyuntamiento es su forma de rigor. Si se concede un futuro, no cree en él realmente. Su descubrimiento: la ilusión sombría, el orgullo de despertar; su genio: el genio del pesar”. La tentación de existir.
“La muerte es lo sublime al alcance de cualquiera”. El ocaso del pensamiento.
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