La poesía puede convocar a un levantamiento del espíritu contra la codicia
(CONVERSACIÓN DE ALEX PAUSIDES CON ROBERTO MANZANO

(CONVERSACIÓN DE ALEX PAUSIDES CON ROBERTO MANZANO
REVISTA AMNIOS, JULIO, DE 2012)
El poeta Alex Pausides es ampliamente conocido, dentro y fuera del país, por su labor de promoción al frente del Festival Internacional de Poesía de la Habana y de la Colección SurEditores. Se incorporó a la vida literaria en los complejos años setenta con una poesía que significaba una recuperación de lo mejor de las tradiciones líricas nacionales y de la lengua. Con ella habría nuevas posibilidades al tratamiento estético del lenguaje de la oralidad rural y a la enunciación emotiva desde la infancia, en contacto con los grandes acontecimientos históricos, y en medio de una naturaleza aún prístina y cargada de temperatura humana. Luego, como en todos los creadores de este mundo, su poesía, sin perder las cepas básicas, ha evolucionado según las demandas biográficas y temporales. Su trayecto lírico es uno de los más interesantes en los últimos cincuenta años en Cuba.
Roberto Manzano.
1. La teoría de las generaciones gozó de mucha preponderancia en la historia literaria. Pero para un espíritu independiente no interesa el mayor o menor favor que goce una idea alrededor suyo. ¿Crees que existen las generaciones literarias?
Vistas en la perspectiva que el tiempo nos permite, efectivamente, pareciera que existen las generaciones, que cada cierto tiempo (Ortega dice que en un entorno de unos quince años) se da la cristalización de un conjunto de signos comunes a un grupo de autores que se proyectan con una marca particular en el campo literario.
Sin embargo no sólo por distingos generacionales o cronológicos o estéticos puede ponerse uno al lado del otro a los escritores. Puede sentirse uno más cercano a un poeta de hace mil años que a muchos de sus coetáneos, más allá de identificaciones o influencias o de la lenta dictadura del gusto y el movimiento pendular de las tendencias artísticas. Siento tal afinidad con Nazin Hikmet y César Vallejo que ante ella palidece la sintonía estética o ideológica que me une a muchos de mis colegas nacidos en los años 50. Son los poetas de la utopía humanista del siglo xx. Y mi vida ha estado marcada por esa pulsión vital que estremeció a la poesía en los últimos cien años.
Encuentro en los Rubaiyat de Omar Kayyam, o en “Lo fatal” de Rubén Darío o en el “Poema conjetural” de Borges ciertas claves que suelen interesarme y vincularme, tal vez, a esos autores tanto o más que a algunos de los nacidos en el mismo tiempo cronológico y literario que yo.
Tan cercanos me son Quevedo, Martí, Esenin, Villena, Vallejo, Retamar, Gelman y Fernández Larrea, que a pesar de la cronología, son mi compañía verdadera. Como también, no en otro tiempo, sí en otros espacios, me son estrictamente coetáneos el nómada tuareg Hawad en el Sáhara Central o Zakarías Mohamed en Galilea y con cuyos referentes, en la poesía y en la vida, me siento tan identificado.
Creo que la Generación del 98 y la Generación del 27, o la Generación de Orígenes, para hablar del ámbito de nuestra lengua, son entidades definitivas en la historia de la literatura, pero otras generaciones más lejanas o cercanas en el tiempo no me parecen tan nítidas ni tan definidas como tales. En nuestra época el apresuramiento, la urgencia catalogadora, la necesidad de conjeturar y generosamente inventarse una historia colectiva y un entorno que supla la chatura de la vida, que la arrope y la haga vivible, frente a la tendencia dominante, lleva a exagerar en general el valor de ciertas categorías y a sobrestimar el valor relativo de la obra escrita y sus coordenadas críticas o cronológicas en aras de una diferenciación apenas verificable. De todas maneras, pareciera que definitivamente la perspectiva temporal es imprescindible parta abordar el asunto de las generaciones. No encuentro entre nosotros estudios serios que pudieran echar luz sobre el tema dentro de los procesos literarios actuales; más bien pudiera hablarse de la coexistencia de tres o cuatro generaciones actuantes en el campo literario cubano. En todo caso, quisiera que me acompañaran los buenos poetas de cualquier lengua y tiempo. Esos querría que fueran definitivamente mi generación.
2. Tu obra se ubica en un momento del decurso lírico cubano que corresponde a la poesía de la tierra. ¿Qué es para ti la poesía de la tierra?
Mira, Retamar, en cierto momento, habló de un “nuevo realismo”, término que me gusta y que usaba para referirse a una poesía que se avenía en Cuba tras la revolución triunfante en enero del año 59 y que recogía las lecciones de la posvanguardia y de la poesía de los últimos cuarenta años. Una vez el poeta Cintio Vitier dictó en Nueva York una conferencia, que publicara después la revista Areíto, en la que hablaba de un cierto ruralismo, refiriéndose al trabajo de algunos poetas jóvenes entre los que me incluía. Y lo conceptuaba como una de las tres tendencias visibles, a su juicio, en la poesía cubana, junto a una de visón urbana y otra de miras más cosmopolita. Era a finales de los años setenta. Tanto el criterio de Retamar como el de Cintio aludían a una realidad en nada ajena al breve momento de visibilidad que tuvo la poesía que escribían muchos de mis coetáneos, y que podemos vincular a la “poesía de la tierra”, que para mí sigue siendo primero una aventura del lenguaje y expresión de una nueva sensibilidad, y luego, una noción de afinidad etárea. La denominación “poesía de la tierra” no define o abarca –a mi juicio—a una generación, si no a un programa global de la cultura cubana vuelta a sus orígenes, una corriente que buscaba la legitimación estética que ya en lo político, económico y social la realidad había coronado. Algo más justo sería catalogarla como parte de ese movimiento, que no es temporal, sino de profundas coincidencias estéticas pero también éticas e ideológicas y filosóficas, dentro de una pulsión nacionalista por el lenguaje, por los temas, por los objetivos, por los contextos. Creo que Milanés, Martí, Lezama, Naborí, Eliseo, Fayad, los cantores populares, los cuenteros, los trovadores, los documentalistas, la gráfica política y los pintores que registraban el paisaje y sus criaturas, estaban allí como referentes. Cuba como utopía, nacida más de la imaginación que del logos; de la emoción más que del pensamiento. Era un nuevo lirismo que tanteaba, buscando un espacio en la naturaleza ante el imperio de lo urbano y una –profusamente cultivada– poesía objetiva, contingente, que poco espacio le dejaba en el mapa coral de las letras cubanas del momento. Fue la probable arribazón de un grupo de poetas nacidos en entorno rural que se avecinaba al cauce principal de la circulación de las poéticas. Eran jóvenes que celebraban –o padecían, a su pesar– una especie de reino del encantamiento. Una vez defendía ante mis entrañables amigos santiagueros Pedro López Cerviño y Alberto Serret Yéndez que éramos parte de una generación encantada. Encantada, alucinada, obnubilada.
Nos sentíamos hijos de un nuevo romanticismo revolucionario legítimo. Eran, en el imaginario de niños campesinos emergentes al campo de la cultura, los ecos de los míticos barbudos bajando de los montes y los adolescentes asaltando los campos con lámparas y libros. Y los nuevos dueños de la tierra y de las casas y de las playas y los lugares de descanso y hasta dueño de las armas y de las fábricas. Un verdadero sismo en términos históricos. ¿Quién iba a creer que esa epopeya no iba a tener su correlato en el arte y la cultura? Un antídoto frente al nihilismo, el escepticismo y la nada. Ese era el desafío y era una parte importante del entorno.
A inicios de los setenta muchas de las voces más importantes habían sido silenciadas por el dogmatismo, envés oscuro de la moneda, que no todo era color de rosa. Y se producía un desplazamiento hacia esos espacios vacíos. Una pastosa mediocridad proliferó, estableciendo como modelo una escritura epigonal, retórica, remedo mal digerido en una versión superficial del realismo socialista, vacía ya del entusiasmo inicial de las transformaciones profundas traídas por el triunfo revolucionarios, que devaluaba el arte literario y sumía en una colosal promiscuidad estética los verdaderos valores, que apenas se distinguían entre la avalancha de una literatura de dudosa calidad. Existiendo la posibilidad de la modelación de un enriquecimiento sano del campo literario, paradógicamente, lo a todas luces auténtico no fue promovido. Era en verdad un medio desfavorable. Así, comienza a aparecer una tímida reacción a tanta letra poco auténtica en algunos puntos del país no conectados entre sí pero expresión de similares posicionamientos ante el lenguaje, la tradición, los modelos prevalecientes, la vida literaria al uso y el entorno político. Poco a poco la ciudad escrita había conocido de un nuevo imaginario que hablaba y vestía y sentía rural. Y eso tenía su expresión. Y la tuvo.
Se advierte, en sus mejores exponentes, una nueva poesía, imaginativa, de un lirismo tembloroso que miraba con admiración y respeto hacia la tradición realista y los registros de la cultura popular. Crecían allí los brotes de la poesía de la tierra. Poesía consustancial a cualquier tiempo que hubiera tenido los colores y los sabores –y hasta los sinsabores– del nuestro.
Debería estructurarse una visión que buscara las complejas sintonías de esa época en el cine, en la música, en el arte pictórico, en la investigación, en todas las artes. Se apreciaría con más nitidez el signo de esos años cruciales que significaron la cúspide de un sueño y también la anunciación de su caída. El tiempo transcurrido, la violenta fugacidad de la vida y la aparición de nuevos problemas para el hombre y el arte, echan un poco de sombra sobre las cosas y en el devenir se pierden los matices. Y aquellos barruntos de nueva poesía se fueron perdiendo en el silencio de la crítica y la carencia de estudios que pusieran las cosas en su justo lugar. No tenemos mucha memoria. Entre tantas cosas dignas del olvido, la mente humana selecciona lo escrupulosamente recordable. Y economiza el ser hasta la frugalidad. Es explicable la poca fortuna de aquellos brotes de una nueva poesía de la naturaleza.
3. El coloquialismo imperaba cuando te incorporaste a la vida poética. Coméntame tus relaciones artísticas y vivenciales con esta tendencia lírica
Es una marca definitiva de nuestra poesía del siglo XX. Una actitud ante el lenguaje y la realidad nombrada. Aún hoy pervive entre nosotros, con plena salud, una rescritura de la poesía conversacional, que por cierto, ha existido desde siempre. Hay un coloquio con el otro en toda poesía auténtica, que valida esa tentativa estética. El encuentro con los otros es una de las claves de la nueva Cuba nacida con la revolución. Nada más natural que una literatura de esa naturaleza expresara esas realidades. En lo personal no desdoro de la poesía coloquial o conversacional. Muchos de mis maestros y de mis poetas más admirados han hecho de ese instrumento una manera de alcanzar una poesía trascendente. Debo conversar también yo alguna vez, entre tanto silencio. Y, bien. La función comunicativa de la poesía es esencial y los poetas la asumen a cómo de lugar, muchas veces a pesar suyo.
4. A la vuelta de muchos años, ¿puedes leer ya críticamente lo producido en tu juventud? Explícame la impresión que te producen tus propios textos.
En verdad, no me caracteriza un ejercicio ni un pensamiento crítico aguzado. No soy un teórico de la literatura. Mi acercamiento a la obra escrita es la de un simple lector. Casi nunca vuelvo a leer mis escritos. Pero cuando por algún motivo vuelvo a ellos, me traen buenos recuerdos, lacerantes o hermosos, pero casi siempre intensos. Juan Rejano pensaba que la poesía debía ser fuerte, no importa si fea, bella o terrible, pero siempre fuerte, algo así como un antídoto para la indiferencia.
Mis escritos reunidos en Ensenada de mora, ese homenaje a mi pequeña comarca natal, me concitan el cariño. Es la ensenada del hombre para preparar los viajes, para capear el temporal, esperar el buen tiempo y recalar al final de toda travesía. Remanso de partida. Refugio para la derrota. O para el regreso humilde del hijo pródigo. Sitio propicio para el que espera la bienaventuranza o la desdicha, el alba o el anochecer.
En la madurez gusto de leer los poetas estoicos, aquellos que enfrentan la vida con serenidad. Un epicúreo singular, Omar el persa, lo dijo alguna vez magistralmente: al final te tendrás que marchar: todo habrá sido un sueño, duró toda tu vida. El final de ese sueño debe sorprendernos casi desnudos, como los hijos de la mar. Al releer los versos de juventud se ríe uno de las ilusiones y de la belleza de los días vividos en la poesía_._
5. Algunos rasgos de la poesía de la tierra, entre otros, son los siguientes: 1) una enunciación lírica desde la infancia, 2) un fino tratamiento de la oralidad rural, 3) la apropiación imaginal de determinados espacios abiertos, 4) la recuperación de los vínculos entre naturaleza, historia e individuo. Coméntalos brevemente.
En verdad defines muy bien las características más visibles de ese movimiento. La infancia vista desde los ojos del niño es una conquista que Trilce nos había dejado, y los mejores poetas de nuestra edad bebían la imaginería popular de los decimistas y los cuenteros. Recuerdo siempre con cariño a un poeta como Lucas Buchillón, en el que paisaje y lenguaje se trenzaban en una urdimbre jubilosa.
Hay en el último Diario de Martí una síntesis del ser y el estar cordialmente inmerso en la naturaleza. La tierra como hogar del hijo pródigo. La isla como descubrimiento entrañable. El dolor y la alegría de la gente elemental como destino. El prodigio como sacrificio. Hay en ese texto fundamental una fiesta del lenguaje, una apoteosis de la luz que fertiliza la aparición de un modo de estar en el mundo, y que no sólo no es ajena a aquel movimiento de regreso a la tierra sino que es sustancia misma de la pulsión interior que los echaba a la poesía.
Eran los tiempos de una lectura fervorosa de los poetas de la utopía humanista del siglo. El poeta participando en una hermosa tentativa de redención que no había sido derrotada. Una revolución de inspiración socialista que rendía culto a la justicia plena, por supuesto, era un referente fabuloso, de esos paradigmas por los que ha luchado el hombre. En medio de una lectura de las páginas más fértiles de la tradición, era explicable la juntura entre el individuo y la historia. Y la naturaleza esplendente que vuelve por su espacio en el mapa de la isla escrita.
6. ¿A qué se debe, según tu parecer, que la escasa crítica cubana desconozca totalmente ese momento de la evolución lírica nacional?
Me parece que tiene que ver con los desarrollos de la poesía, la política y la sociedad. Fue un efímero momento de esplendor que acabaría pronto. Había venido dándose ya entre nosotros un cambio de modelos estéticos. Un recambio de preferencias estéticas y políticas y filosóficas. Otras comenzaban a ser las lecturas y otros los autores que pasaban de mano en mano. Los poetas de la utopía comenzaban a irse a otro anaquel. Junto a ello la profunda crisis ideológica del comunismo, y a la postre su derrota sin gloria en el viejo mundo, trajo un inmenso desasosiego. Súmense las marcas en el cuerpo de la ética dejadas por el dogmatismo con su excresencia burocrática, las exclusiones y represiones en el ámbito del trabajo intelectual, fueron muy profundas. Y hubo un momento en el que las reivindicaciones y reparaciones coincidían temporalmente con la negación acrítica de todo lo que olía a una actitud complaciente, sin conflictos, sin beligerancia. La crítica no discriminó los valores de muchas de aquellas propuestas y tampoco discernió sobre los antivalores. Un ejercicio sereno y serio pudiera haber salvado textos definitivos. Pero metafóricamente el agua fue echada fuera junto al niño que jugaba en ella. Es una lástima que esas dos décadas (dogmáticas o posdogmáticas) estén tan llenas de silencio de todo color. Los prejuicios ante el realismo socialista se los endilgaron a toda literatura realista. Y sin publicaciones ni manifiestos, había mucha ingenuidad e idealismo y ninguna capacidad ni sentido práctico para hacer valer una propuesta estética de esa naturaleza. El tiempo es cíclico y el silencio suele ser compañero de los diseños y prácticas unidireccionales de promoción, lejos del equilibrio y la justa pluralidad. Cierta noción de provisionalidad o transitoriedad se ceba muchas veces en las claves de lo esencial y las reduce o las merma en una devaluación que el floreciente pragmatismo contemporáneo exhibe como síntoma de su triunfo arrasador sobre el espíritu. Creo en la espiral y en el péndulo.
7. Algunos poetas parecen considerar que ciertos instrumentos poseen ya un valor en sí mismos (como los que desdeñan las formas pautadas desde el versolibrismo o viceversa). Tú, que has cultivado todos los instrumentos, exprésame tu opinión al respecto.
La poesía es necesidad. Cada emprendimiento exige formas específicas para coronar esa necesidad. Ninguna forma es en sí misma mejor que otra. Depende del artista conquistarle las máximas posibilidades expresivas.
La eficacia de un hai kai de Basho no desmerece ante la monumentalidad verbal del Canto general. Trilce coexiste con Tierra baldía, el Cantar de los cantares no empece la gran poesía amatoria de Aragón.
Me ilusionan las búsquedas formales de los jóvenes poetas, que no son tan frecuentes entre nosotros. Que el conservadurismo florece también en el jardín. Y admiro, definitivamente, las piedras preciosas del ingenio que esplende en la poesía oral.
8. Cada poeta encara la actividad creadora desde su perspectiva personal. Para unos, la poesía debe buscar la intensidad; para otros, la novedad. ¿Cómo entiendes tú esta polaridad implícita que se aprecia en el ejercicio de muchos de nuestros contemporáneos?
Ojalá la intensidad se logre en un texto novedoso. Un poema intenso quisiera que se atravesara cada día en mi camino de lector. Lamentablemente no es así. Considero que la poesía es expresión de un sentimiento o un pensamiento o una impresión profundamente impactante en la psiquis del poeta. La novedad no es siempre resultado de una búsqueda a toda costa, sino de una lógica creativa. Por otra parte, las palabras más comunes pueden estar grávidas de intensidades insospechadas. Un poeta como Omar Pérez encarna, entre nosotros, esa dialéctica entre novedad e intensidad.
9. Hoy el campo poético cubano aparenta vivir una tregua, una silenciosa convivencia estética. ¿Tienes la misma impresión? Si la tienes, ¿qué opinión te merece?
Más bien me parece asistir a un escenario recorrido por una airosa opulencia poética, que se expresa en un discurso diverso, plural; a un ejercicio creativo movido por resortes transgeneracionales, más que por pulsiones cronológicas. Una noción antropológica y escritural se abre paso desde un nuevo posicionamiento ético y ontológico. Pero nada de treguas. Asistimos a un momento de asimilación de lo diverso y ya vendrá la síntesis de toda esta riqueza. Coexistencia y reacomodo en un mundo en que hasta la génesis de la creación misma, sus valores y funciones están en juego. Las contradicciones entre tendencias artísticas y literarias son mucho más agudas que la lucha de clases, o su expresión larval o invisible muchas veces. Finalmente, nunca nuestra poesía fue más ambiciosa.
10. Un número pequeño de personas considera que la poesía salvará al mundo. ¿Consideras que la poesía puede ser realmente útil?
La poesía pudiera salvarnos. Que salve al individuo es ya bastante. Pero no puede, la pobre, detener el desastre. La poesía puede inspirar esa necesidad de cambiar la vida y transformar el mundo –como querían Rimbaud y Marx,– ser útil para suscitar una actitud consciente o emocional ante la barbarie. La poesía puede convocar a un levantamiento del espíritu contra la codicia. No siempre la mercancía y el dinero y el poder serán los más altos cotos del hombre. Si todos los hombres y mujeres de la tierra decidieran rebelarse contra los criminales que han usurpado el poder planetario, y se unen para salvar la civilización, allí estará entonces la poesía entre las fuerzas sagradas que los echen en pos del mejor y más luminoso horizonte para la especie humana.
Los poetas cubanos y los latinoamericanos en general, que tenemos casi 500 millones de lectores potenciales, estamos ante una tarea descomunal; ganar un gran público para la literatura, para la orilla de la belleza y la justicia y la verdad, que es como decir para la vida, a pesar de los cantos de sirenas del mercado, el consumismo y de las fuerzas irracionales de la ambición y la prepotencia humanas que derivan hacia la destrucción de la única –hasta ahora—expresión de vida inteligente en el universo.
Tomado de: Revista Amnios / poemas/poetas/poéticas
7-2012
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