poesía: la palabra en estado de gracia, entrevista al poeta venezolano gustavo pereira
(Entrevista de Alex Fleites y Alpidio Alonso con el poeta venezolano Gustavo Pereira). Tomada de Amnios, 10. 2012).

(Entrevista de Alex Fleites y Alpidio Alonso
con el poeta venezolano Gustavo Pereira).
Tomada de Amnios, 10. 2012).
Para fortuna del lector cubano, el nombre del poeta Gustavo Pereira le va siendo cada vez más familiar. La publicación por el Fondo Editorial de la Casa de las Américas de su antología poética Sobre salvajes y la puesta en circulación por parte de la editorial Arte y Literatura de una nueva edición de su libro de artículos sobre poesía El peor de los oficios, ofrecen la posibilidad de acercarnos a la labor de este escritor imprescindible de la literatura venezolana y latinoamericana de nuestros días. Nacido en Punta de Piedra, Isla de Margarita, en 1940, Pereira cultiva también la crítica y el ensayo. Con más de treinta títulos publicados desde desde los años sesenta hacia acá y merecedor, entre otros reconocimientos, del Premio Nacional de Literatura en 2001, su actividad intelectual toda ha estado marcada por un sostenido empeño de contribuir a perfilar de manera mucho más justa en la sensibilidad contemporánea el rostro de esos “seres invisibles” a los que ha dado espacio en su expresión y expandir –-hacia “los cuatro horizontes del cielo”—la voz esperanzada de los humildes. A continuación exponemos el fruto de nuestro intercambio con el poeta
Gustavo Pereira
Cronológicamente hablando, ¿cuál es el primer hecho de significación poética en su vida? Y en sentido absoluto, ¿cuál sería el más trascendente?
La imagen de un niño de once años escribiendo unos versos a bordo de un tanquero petrolero fondeado en el lago de Maracaibo, mientras los reflejos de la ciudad iluminada temblaban en las aguas, es lo primero que acude a mis recuerdos como en un film fragmentado por el tiempo, del que sólo sobreviven misteriosos pedazos de cinta. En cuanto al segundo hecho, mi larga lucha contra la vanidad incluye el sobreponerme a toda idea de trascendencia, radiactivo hilo conductor de aquélla y engreída estupidez de los autocomplacientes, que no sospechan, para decirlo a lo Pascal, que ni siquiera estarán allí para verla. Prefiero musitar con Darío: «¡Oh miseria de toda lucha por lo finito! / Es como el ala de la mariposa / nuestro brazo que deja el pensamiento escrito».
Según José Balza, a edad muy temprana usted tropezó con la poesía de Bécquer y Darío. ¿Qué representaron entonces esos hallazgos?
Una revelación que aún me dura. El manejo del lenguaje —magnífica y deslumbrante arquitectura—, la precisión, la magia, la entrega absoluta a una voluntad de perfección y aunado a todo eso, para decirlo en lenguaje figurado: «los buenos sentimientos». Aunque no los frecuente como en aquellos años, de ellos me queda la imperecedera lección del rigor: un alma ardiente activada por una cabeza fría.
Otro autor que aparece frecuentemente citado por los estudiosos de su trabajo, como una benéfica influencia, es el chileno Vicente Huidobro. ¿Qué encontró en el Creacionismo?, ¿cuánto de eso pervive en su actual aprehensión poética del mundo?
En la poesía de Huidobro hallé en mi adolescencia la libertad, del mismo modo que en la de Whitman, Vallejo y Neruda su ardiente respiración. Huidobro había abrevado en Emerson, quien sostuvo que a cada nuevo período en la historia humana correspondían nuevas formas expresivas, que al poema no lo hacen los ritmos sino el pensamiento creador del ritmo: un pensamiento tan apasionado y vivo que, como el espíritu genético de la planta o el animal, concibe su propia y diversa arquitectura. El Creacionismo, inventado por el gran poeta chileno a despecho de la supuesta paternidad e ingratitud de Pierre Reverdy, fue, como sabemos, sólo una más entre las expresiones literarias de las llamadas vanguardias de comienzos del siglo xx que imantaron a casi todo joven poeta latinoamericano. Propugnó la autonomía del poema ante toda servidumbre: «Inventa mundos nuevos y cuida tu palabra», reza un verso del «Arte poética» de Huidobro, quien allí mismo consigna este otro, aleccionador: «El adjetivo, cuando no da vida, mata». Tal libertad, que no fue atributo exclusivo de nadie sino coetánea necesidad generada por las nuevas circunstancias históricas y la gran crisis espiritual de la primera posguerra del siglo pasado, constituyó desde entonces praxis irrenunciable. La poesía pudo librarse así de seculares cadenas que la ataban, por ejemplo, al sonsonete, que no a la música; no al tono o ritmo interior sino al molde preestablecido; no a los sentimientos sino a la sensiblería; no a la tradición paradigmática de rebelión sino al adocenamiento, la sumisión y la falta de imaginación. No creo que el Creacionismo, y ni siquiera la sumatoria de aquellos movimientos insurgentes —con excepción del Futurismo ruso y el Surrealismo— nos haya legado un poema de la magnitud de Altazor, el cual, a estas alturas, nos sigue contagiando con su danza de galaxia en gestación. A lo largo del vivir fui aprendiendo que aquello que más hondo nos conmueve suele ser la más libre de las aventuras del espíritu, y que lo que conocemos como espíritu no es sino la expresión de la conciencia sensible. La obra y el ejemplo de los poetas que supieron ir a ese más allá me hicieron comprender que sobre toda letra el poeta debía tener ante todo lo que Jonathan Swift atribuía a Petronio: liber spiritus.
Benito Pereira fue un sindicalista activo. ¿Qué influencia tuvieron en el joven Gustavo las ideas políticas de su padre? ¿Cuál es el recuerdo más entrañable que guarda de él?
Entre otras cosas él me enseñó a descubrir la duda en toda aparente certeza. Y en el corazón que se comparte lo más cercano a toda certidumbre. Obrero, autodidacta, militante comunista desde su juventud, lector infatigable, cofundador de los primeros sindicatos y participante en las luchas contra los trusts petroleros en el oriente de Venezuela cuando ser sindicalista significaba persecuciones, cárceles, desempleo, riesgo, pero ante todo valor, compañerismo y dignidad, con él desaprendí lo que la escuela, los manuales oficiales y el estamento establecido me insuflaban. Por eso entre los recuerdos entrañables que guardo de aquellos días están las para mí interminables horas en que me leía o me hacía oír buena música o me enseñaba La Internacional entre el ruido de las máquinas en la fábrica donde trabajaba.
En 1956 se publica en Puerto la Cruz su poemario El rumor de la luz_. ¿Cuál era el panorama poético de la Venezuela de ese momento? ¿Cuáles autores se reconocían como dioses tutelares?_
Vivíamos en tiempos de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez (1948**–1958) y la poesía —y la literatura en general— se hallaban, como en toda tiranía, confinadas, limitadas por el esteticismo y las entrelineas (de allí que aquel primerizo cuaderno de adolescente se llamara así, aunque el título resultó premonitorio en lo particular porque año y medio después el dictador sería derrocado y pude ingresar a la universidad). Las tiranías, como se sabe, no pueden impedir la insurgencia de la poesía, del mismo modo que no toda poesía es insurgente, en ningún sentido. En esos años, sin embargo, Juan Sánchez Peláez publica casi en secreto (en 1951) uno de sus dos libros lírica y fundamentalmente subversivos, Elena y los elementos (el otro es Animal de costumbre, 1959) y los jóvenes leen Mi padre el inmigrante y Los espacios cálidos (publicados en 1945 y 1952) de Vicente Gerbasi, quien había pertenecido a un grupo formado después de la larga satrapía de Juan Vicente Gómez, Viernes, incomprendida avanzada estética en aquel tiempo. Otros libros de poesía subversiva, políticamente subversivos, publicados en el exilio por sus autores, circulaban clandestinamente, y fue así como pude a los trece años leer poemas de Carlos Augusto León y Miguel Otero Silva en folios encubiertos y arrugados, copiados por manos invisibles en la Biblioteca Nacional y pasados a máquina para que circularan como insurrectas presencias. Se incubaba, bajo dispares preceptivas, la renovación que habría de estallar en Venezuela en la década siguiente, y así, aunque se diga que la mejor poesía suele andar a paso recoleto, el despertar de esa nueva conciencia poética fue conformándose en aquellos años de resistencia política y espiritual, tal como supongo sucedió en la Cuba pre–**revolucionaria.
A varias décadas de aquellas experiencias y evaluadas a la luz de la actual realidad venezolana, ¿qué fue lo más significativo y fecundante que dejaron Sardio y El techo de la ballena_?_
La reacción contra el verbalismo vacuo y el simplismo pintoresco, el rechazo de las remanencias folklóricas expresadas dizque poéticamente, el impostado nacionalismo sacralizador, el cuestionamiento del discurso moralizante, pero al mismo tiempo la asunción de un compromiso ante la realidad histórica, en todos sus aspectos, éticos y estéticos. No lo intentaron sólo Sardio y El techo de la ballena. Sardio nace como revista en 1958, a la caída de la tiranía, y al grupo pertenecieron nombres desde entonces fundamentales en la literatura venezolana (como Ramón Palomares en poesía y Salvador Garmendia en narrativa) que integraron después El techo. Paralelamente emergen en Caracas y en otras ciudades grupos como Tabla Redonda, En Haa, Cuarenta grados a la sombra, Trópico Uno o Ciudad Mercuria, manifiestamente insurgentes literaria y políticamente. En general, se trataba, en los primeros años de la década del sesenta, de una guerrilla poética equivalente a la política, cuyos propósitos de «cambiar la vida y transformar la sociedad» no se avenían con el uso mecánico de las recetas porque se trataba de una cuestión dialéctica: para un determinado momento y un determinado país, los recursos de lucha obedecen a una necesidad, tal como expresaba uno de los manifiestos de El techo. Esto reclamaba la acción: una poesía y una pintura que contribuyeran a dinamitar las musgosas estructuras poéticas y artísticas y atacara en sus cimientos la podredumbre moral que convirtió al país, merced a la traición de sus gobernantes, en neocolonia plagada de miseria y exclusión. Mas como reza un antiguo proverbio africano, con mil gatos no se puede hacer un león. A partir de 1959, aunada a la respuesta de las fuerzas de izquierda contra la política represiva del gobierno del recién elegido presidente Rómulo Betancourt, la Revolución Cubana va a convertirse entre nosotros en un parte**–aguas. Recuerdo que en un ensayo de los años sesenta Ludovico Silva caracterizó aquella generación —a la que yo había llegado a destiempo, a los diecisiete años— señalando que el régimen, en su feroz asedio a los jóvenes, a quienes reprimía por llevar el cabello largo o usar barba a la usanza de los guerrilleros cubanos, les había dicho: Enmerdez–vous!, y los jóvenes poetas aprendieron la lección, una lección de coprología social que tradujo la burla, el sarcasmo y la escatología en amotinada disonancia. Las deserciones, traiciones y auto traiciones llegarían después, con la previsible derrota. Para el lector cubano interesado en estudiar esos años, podrían resultar reveladores libros como La torre de los ángeles (Monte Ávila, 1991) de Ludovico Silva, Panorama de la literatura venezolana actual (Publicaciones Españolas S. A., 1973) de Juan Liscano y Flor y canto, 25 años de poesía venezolana, 1958–**1983 (Academia Nacional de la Historia, 1985) de Elena Vera.
¿Puede ofrecer a nuestros lectores su antología personal de la poesía venezolana en diez nombres?
Permítanme nombrar sólo poetas cuyas obras mayores se publicaron entre el último tercio del siglo xix y la primera mitad del xx porque, para ser justo, podría citar al menos treinta: Juan Antonio Pérez Bonalde (1846**–1892), Francisco Lazo Martí (1864–1909), José Antonio Ramos Sucre (1890–1930), Salustio González Rincones (1886–1933), Fernando Paz Castillo (1893–1981), Andrés Eloy Blanco (1896–1955), Enriqueta Arvelo Larriva (1901–1962), Luis Castro (1909–1933), Vicente Gerbasi (1913–1992), Juan Sánchez Peláez (1922–**2003).
Vamos a señalarle cuatro puntos en el mapamundi para que nos diga cuáles asociaciones le provocan: isla Margarita, Puerto la Cruz, Caracas y París.
«Yo nací en una isla a la que el océano dio ternura», dice el primer verso de un poema de mi libro Sentimentario, que cito con un dejo de rubor. Y desde entonces la perenne nostalgia del prematuro desterrado, ojos atados para siempre a la mar. Adicto incorregible, porque en la antiguamente llamada Costa Firme, en Puerto la Cruz, a tres cuadras de la otrora sosegada bahía caribeña, he pasado el resto de mi vida. En el «interregno» Caracas fue la habituación forzada del tímido provinciano a la vida ciudadana, los estudios, amores, militancias, soledades. París, más tarde, el deslumbre del indiano inadaptado, cuatro presuntos años que se volvieron dos ante la reiterativa nostalgia de aquel primigenio desterrado por aquellas aguas.
¿Qué son los somaris, cómo llega a ese tipo de composición lírica? ¿Es un camino por el que piensa seguir?
El somari es un poema breve, sin preceptivas carcelarias, no mayor que un soneto, devenido en un comienzo de las reiteradas tachaduras a un poema más extenso y luego de la necesidad orgánica de expresar lo que creí y creo puede decirse en pocos versos. La denominación es un neologismo al que hube de acudir cuando el pequeño artefacto se hizo en mí sacra reincidencia, constante perpetrar, probablemente bajo los impulsos de sobreponerme a los desbordamientos barrocos, o más bien farragosos, de cierta poesía despiadada. Esta pretensión dista de ser nueva, acaso es milenaria, a tal punto que en algunas lenguas poesía equivale a concentración, como en el alemán, de cuyo vocablo dicht, que significa denso, concentrado, nace la palabra dichtung, poesía. Sin embargo un somari nada tiene que ver, desde el punto de vista formal, con el haikú, ni con la tanka, ni con el epigrama, ni con la copla, ni con la redondilla, ni con la quintilla, ni con la décima, salvo que todas esas formas poéticas hacen honor a la brevedad, al carácter sucinto, al poder de síntesis en un mundo de desbordamientos.
¿Qué pudiera decir sobre la comunicación en la poesía? ¿Qué valor le confiere en su trabajo poético?
Aunque no siempre nos sirve para nombrar lo inefable —que suele estar más allá del lenguaje y más próximo a las visiones interiores— ni para explicar lo inexplicable, la palabra fue creada por el cerebro humano para comunicarnos, para expresar ideas y transmitir sentimientos. Si la palabra no sirve para eso se transforma en balbuceo y en tal caso será preferible el silencio. Aun en la poesía experimental, como en los Caligramas de Apollinaire o los intentos de Tablada, hallamos comunicación, y no sólo, por supuesto, plástica, como también fue la intención de ambos. Vivimos un tiempo —al menos en la llamada cultura occidental y su área de influencia— en donde reina la precariedad, en donde todo es pasajero, transitorio, y la vida transcurre tan vertiginosamente que a veces pienso si en verdad nos espera un futuro cuya única tradición será el vacío, incluyendo, por supuesto, el vacío en el lenguaje poético. Para mí, la poesía seguirá siendo la palabra en estado de gracia, sin importarme que cuando lo amerite la ocasión se insubordine, lo que también constituye un estado de gracia.
Hay quienes le niegan la sal y el agua a la poesía rimada dentro de la expresión literaria escrita de hoy. No pocos la creen una antigualla sin posibilidades de sintonía con la sensibilidad de los tiempos que corren. Más allá de sus preferencias, ¿cuál es su opinión?
Aunque no le niego sal ni agua, me cuento entre quienes tienen la convicción de que en poesía la métrica devino no sólo cárcel, sino cárcel pronosticable y letárgica. Cuando apareció el verso libre muchos poetas lo acogieron como instrumento de liberación, al punto de que Mallarmé —tan esteta— llegó a decir que por primera vez los poetas no cantaban atados al atril. El propio Martí hablaba de la expresión sincera del pensamiento libre para renovar la forma poética. Una de las grandes virtudes de la generación del 27 española fue librarse, en el caso de sus más eximios poetas, de una tradición —una gran tradición— que pesaba —y aún pesa— en ellos como alud. Hasta García Lorca y Alberti, para quienes esa tradición fue sagrada, escribieron libros tan osados y hondos y conmovedores como Poeta en Nueva York y Sobre los ángeles, acaso bajo las efusiones aún frescas de la sombría incandescencia del Neruda de Residencia en la tierra. La historia de la poesía es la historia del desarrollo de las sociedades en donde ella nace, crece, se transforma y se reproduce. Y a cada tipo de sociedad corresponde un lenguaje. Es cierto que mucho del llamado verso libre esconde mala prosa segmentada, pero la poesía termina siempre cobrándosela. Vallejo decía que en un poema lo importante era el tono, que es intraducible, y lo llamaba oración verbal de la vida. Ponía el ejemplo de Whitman, de quien sólo se traducían ideas, calidades racionales y acentos filosóficos y muy poco de su calidad estrictamente poética, de los imponderables de su verbo. Por lo demás, el tono no puede aprenderse por la pura razón, proviene de un misterioso dictado del inconsciente, educado —puede ser— o maleducado, por la razón, encargada de entorpecer, no sé si para bien o mal, su flujo natural.
¿Sigue algún método o rutina propios para escribir? ¿Escribe libros de poesía o poemas?
No, no sigo método alguno, sólo escribo cuando el misterioso camarada que habita mis deseos me dicta unos impulsos, aunque para que esos impulsos se manifiesten debe haber, a su vez, algo que los active, por lo general la lectura, el trabajo, el vivir. A partir de allí me toca eludirlos, enfrentarlos o afrentarlos. A posteriori, cuando la escritura, o mejor dicho, el dictado del poema ha concluido, me place adulterar, tachar —sobre todo tachar—, eliminar, para intentar rebelarme contra quien dicta, porque ni siquiera la sumisión de sí mismo por sí mismo es aceptable.
¿Qué experiencia personal como escritor, y específicamente como poeta, cree que pueda ser de utilidad transmitir a los jóvenes?
Toda experiencia es intransferible, como lo saben muy bien los jóvenes.
Si hoy le pidieran una mini antología de su obra, ¿qué poemas no dejaría fuera?
Por razones sentimentales, casi todos los que acompañan esta fraterna entrevista a distancia.
Incluso en el hoy postmoderno, donde todo parece haber sido etiquetado con un precio, la poesía se resiste tozudamente a dejarse mercar. Según su visión, ¿cuáles son las operaciones más frecuentes que usa el mercado para neutralizarla en su capacidad expansiva y, frente a ello, cómo cree que pueda la poesía salvarse de ser confinada a cotos de lectores cada vez más reducidos, con todo lo que ello significa?
Más que neutralizar la poesía —que es inneutralizable y lo único en el mundo, sin que me quepa un ápice de duda, que no han podido convertir en mercancía— se neutraliza al poeta neutralizable, con mil modos tan mañosos como eficaces, y a veces hasta innecesarios porque para vender el alma al diablo no hace falta sino voluntad reprimida. Son métodos probados desde la antigüedad, aunque siempre cercanos, algunos de ellos, al aparato digestivo de la presa, otros al bon vivre: embajadas, canonjías, canonizaciones; otros al arte de halagar y premiar y becar, no pocos al simple muestreo de garras o barrotes como prueba de que el poder puede emplear metáforas, símiles y sobreentendidos con tanta propiedad como el aspirante. (Y no me refiero al poeta a quien ha taladrado y vencido la desilusión, el desencanto, la náusea ante el absurdo y la alienación, y por ello suele escoger la soledad respetable o el silencio revelador, sino al simplemente mercadeable o «hacedor de carrera»). La poesía, sin embargo, creo que siempre logra escapar de sus traidores. Y se salva en palabra y conducta. Porque lejos de estar confinada en cotos, como ocurría y suele ocurrir y no pocos prefieren, cada vez son más, al menos en esta hora de Venezuela, los lectores de poesía y quienes intentan vivir en poesía **—**y no de la poesía. Lo hemos podido verificar una y otra vez en cuanta lectura participamos colectiva o individualmente y en el hecho de que ediciones de tres mil ejemplares —y hasta de treinta mil como fue el caso de la Biblioteca Básica de Autores Venezolanos— editados por el sistema de imprentas del Ministerio de la Cultura, se agotan en las sesenta y tantas Librerías del Sur abiertas por la revolución bolivariana.
De tiempo en tiempo, en la medida en que el péndulo del mundo oscila de izquierda a derecha (y viceversa), se toma o se abandona la polémica sobre el papel del intelectual en la sociedad. Viviendo en el centro del volcán político que es la Venezuela de hoy, ¿qué piensa de este asunto?
Antiguo y reiterado asunto que a partir de Sartre alcanzó proporciones cuasi dramáticas. Hace años me lo planteaba de esta manera: ¿se trata de asumir frente a la sociedad en que se está inmerso una responsabilidad plena en la cual, por supuesto, está incluida la obra literaria, o sólo responsabilidades parciales, pragmáticas? Es decir, ¿debe, por ejemplo, el poeta eludir en su obra las contingencias sociales que de una u otra manera han contribuido a crearla? Eliot, quien políticamente era conservador, en un hermoso y sorprendente librito hoy desaparecido de las librerías, Función de la crítica y función de la poesía, escribía que el desarrollo de la poesía era en sí mismo indicador de cambios sociales y que todo cambio radical en las formas poéticas era síntoma de cambios mucho más profundos en la sociedad y el individuo. Lo contrario también, pienso. Quienes, víctimas de sus prejuicios, se alarman y condenan a priori al poeta que aborde en su obra temas supuestamente «no poéticos», suelen olvidar que el Gilgamesh, La Ilíada de Homero, los epigramas de Catulo o de Marcial, la Comedia de Dante, el Poema del Mío Cid, el Adonais de Shelley o el Canto a mí mismo de Whitman fueron poemas, en esencia, políticos. Y si quieren una referencia más próxima —para no hablar de Neruda— el España, aparta de mí este cáliz, de Vallejo, ¿qué es? No se trata de textos de comisariado a lo «realismo socialista», se trata de grandes obras que expresaron un tiempo, su tiempo, bajo la interiorización de imperativos y sentimientos estremecedores e insoslayables en seres humanos que eran, además, poetas, no predicadores. La calidad de un texto poético es tanto mayor cuanto menos en él la intención moralista o el puro y solo afán esteticista, gratuito, sin savia orgánica, aunque la vida y la poesía suelen depararnos sorpresas, puesto que ambas se nutren del polvo cósmico que une árboles y pájaros al cielo de todo cuanto existe y somos. Creo, finalmente, dando por descontado que se tienen ideales, que la mayor responsabilidad del intelectual —y me refiero al intelectual de izquierda porque el de derecha no se plantea cambiar la vida ni transformar la sociedad—, es ser fiel a su sensibilidad, y toda verdadera sensibilidad, como quería Martí, se nutre de entrega a los demás.
¿Puede comentarnos brevemente sobre el estado actual de la poesía venezolana, principales líneas temáticas, estilos, corrientes estéticas?
La poesía venezolana se fue conformando, sobre todo en el siglo xx, como un gran coro en el que pueden oírse, no descollantes solistas universales como ocurrió en países hermanos que tuvieron, por ejemplo, poetas fundacionales o parte**–**aguas como Darío o Neruda, sino un conjunto de voces de diversos registros y diapasones, entre las cuales no pocas pueden figurar con honor en las más rigurosas antologías. Contra ellas conspiró siempre el aislamiento, la inconstancia, las cuasi clandestinas ediciones y, derivado de ello, su poca a casi nula difusión, aun en el propio país. Durante muchos años en el extranjero cuando se hablaba de literatura venezolana apenas se mencionaba el nombre de Gallegos, quien había logrado trasponer el invisible vallado gracias, pienso, no a su obra de gran novelista como por su participación en las contiendas políticas que le permitieron ser elegido —y pocos meses después derrocado— Presidente del país. Será después, en las últimas décadas, cuando tímidamente se viene llevando a cabo un proceso de promoción de la lectura, con énfasis en lo nacional, que ha hecho posible, para sorpresa de muchos, hallar en las librerías un profuso catálogo de poetas venezolanos cuyas ediciones, en algunos casos, se agotan pese a los nada tímidos tirajes. Diversas líneas temáticas y tendencias animan este coro dispar, armonizado sólo por los latidos provenientes de la entraña matriz. Así, la memoria de la tierra, el esplendor del habla popular en la savia mestiza, la resolana de las tierras calcinadas, las trepidaciones urbanas, la conjunción de irreverencia y contienda, de ética y estética, el compromiso agónico y el social, los acosos de la vida cotidiana, los laberintos del inconsciente, el humor y la ironía perturbadores y desacralizadores, el etéreo peso del absoluto, los asilos en la religiosidad, el intimismo amoroso, la sacudida historicista o la insurrección de las revelaciones, se juntan en ese todo heterogéneo.
Pasado un fecundo período en el que grandes nombres consagrados como tales en el imaginario de los lectores latinoamericanos y de otras partes del mundo (Vallejo, Mistral, Neruda, Huidobro, Borges, Paz, Guillén, Drummond, Césaire, Lezama, etc.) consolidaron un decir propio de la poesía de nuestra América y la ubicaron a la vanguardia de la creación poética universal, es frecuente escuchar opiniones que afirman que nuestra región no ha producido en los tiempos que corren ningún poeta de esa estatura. ¿Qué opina al respecto y, relacionado con ello, cuál es su apreciación sobre el momento actual de la poesía en nuestro continente? (Brasil, el Caribe no hispanohablante y los poetas de nuestras lenguas originarias incluidos).
Tal parece una constante en los movimientos poéticos en todo el mundo. Por sólo referir dos casos, el de Francia y la Rusia revolucionaria, reparemos en que después de la generación de Dadá y el Surrealismo (en la que incluimos grupos e individualidades coetáneos) y la del Futurismo ruso —tan distinto del italiano— una especie de niebla pareció cubrir el territorio de las grandes musas. Aquélla nos legó poetas de la magnitud de Éluard, Breton, Aragon, Tzara, Desnos, Artaud, Char, Péret, Prévert, Perse, Césaire; ésta, referencias como Maiakovski, Esenin, Jlebnikov, Pasternak, Ajmatova. A partir de allí es difícil hallar un conjunto de tal significación. Lo mismo ocurrió con los poetas de la Dinastía Tang en la antigua China y no estoy tan seguro de que no estuviera ocurriendo en nuestra actual realidad. Y no lo estoy porque en estos asuntos sólo el paso del tiempo es capaz de disipar la bruma.
Muchos intelectuales han llamado la atención sobre la devastadora operación de recolonización cultural lanzada desde los centros de poder contra nuestros pueblos. Específicamente desde el punto de vista estético, ¿cómo aprecia usted que se manifiesta hoy ese fenómeno en el campo de la poesía escrita en nuestra región?
Se trata de una verdadera cruzada de descerebración destinada a inocular los antivalores del sistema que, como sospechamos, por lo general vienen envueltos en papel de golosina. Esta cruzada tiene su ariete mayor en los mass media, agrupados en oligopolios de prensa, radio, cine y televisión, confabulados en todo el mundo para ocultar, manipular y deformar cuanto afecte los intereses del stablishment y convertir a los seres humanos en androides y, sobre todo, en voraces consumidores. Del mismo modo que nos hace pasar por progreso el arte de poseer y acumular objetos al punto desechables, y por arte supuestos basados en vacuas simplicidades, nos atosiga de chatarra moral y física mientras sus personeros y lacayos ordenan reprimir bélica o «civilizadamente» cuanta dignidad de pueblo o de persona osara resistir. No podría precisar en qué medida la poesía se ve directamente afectada por la recolonización, pero no es para nada extraño que la omnipresencia de la alienación haga mella en el lenguaje tanto como en las conciencias y las sensibilidades.
¿En qué medida la actual crisis que vive el mundo toca también a la poesía? Y, en sentido inverso, ¿qué iluminaciones cree que puede aportar la poesía para ayudar a la humanidad a rebasar la oscuridad de lo que se perfila como un callejón sin salida?
En verdad a estas alturas de mi vida no sé cómo la poesía puede contribuir, pues ella transita por senderos no convencionales —los del alma— y estos senderos no suelen conducir siempre a puerto seguro. De lo que sí estoy seguro es de su misterioso poder, capaz de conmover a los seres humanos más allá del espacio**–**tiempo. Por lo demás, creo que todo hombre o mujer sensible, poeta o no, tiene la obligación moral de aportar voz y acción para denunciar el horror, resistir la dominación, desenmascarar la avilantez, oponerse a quienes en su insania desaforada y su avidez mercantilista inficionan la vida, perpetran crímenes y otras atrocidades y laceran el planeta para afianzar la devastadora hegemonía de sus capitales.
POEMAS DE GUSTAVO PEREIRA.
CANCIÓN MESTIZA PARA DOMESTICAR LA HIERBA.
Hierba buena, hierba cana, hierba carmín, hierba de ballesteros, hierba
del ala, hierba perra, hierba de las coyunturas, hierba de las golondrinas,
hierba del limón, hierba del maná, hierba de los pordioseros, hierba del
soldado, hierba de San Juan, hierba azucena, hierba de Santa María,
hierba de Túnez, hierba doncella, hierba estrella, hierba fina, hierba gigante, hierba hormiguera, hierba impía, hierba lombriguera, hierba luisa,
hierba mora, hierba tora, hierba lora, hierba sola, hierba pastel, hierba
piojera, hierba pulguera, hierba flecha, hierba de la puta madre, hierba
plana, hierba pamatacual, hierba del once ahau, hierba maldita,
No nos sepultes.
CUADERNO TERRESTRE.
No hay histerias ni odios
Simplemente repaso mi cuaderno terrestre
y allí encuentro alfileres
costumbres
torpezas
palabras simplemente
Y malos días tristeza
Y buenos pantalón
Y oscuros ramalazos sin arte ni concierto
e invisibles derrotas no sumadas al alma.
ELEGÍA POR ALFREDO MANEIRO.
Yo tenía un amigo llamado aventura
Pero su nombre era fulgor
Yo tenía un amigo llamado torrente de arena disparo y osadía
Pero su nombre era reflexión
Yo tenía un amigo llamado suprema inteligencia
o más bien destello del pensamiento
o acaso aguacero sobre los techos de zinc de mi ciudad
Pero debo decir que su nombre verdadero era sabiduría
Yo tenía un amigo llamado lealtad
También nombrado duda y estratagema
Su única embriaguez era la de la vida
Yo le decía cántaro inagotable
o desasosiego
y él sonreía como hilo de guitarra
que apenas puede oírse
entre el ulular del viento
Ahora que se hace nombrar viaje infinito
despedida
o simplemente polvo
todos sabemos que su nombre es aventura
fulgor
torrente de arena
disparo
osadía
reflexión
Y también suprema inteligencia
destello del pensamiento
aguacero sobre los techos de zinc de la ciudad
Y también sabiduría
y lealtad
y duda y estratagema
y cántaro inagotable
y desasosiego
Y nunca viaje infinito
Y nunca despedida
Y nunca simplemente polvo.
VAGÓN DEL METRO.
En
el
vagón
del
metro
sentada
displicente
hermosa
toda
de
negro
frente
a
mí
cruza
la
pierna
y
la
tela
deja
la
hendija
por
donde
su
muslo
blanco
emerge.
PARA DESNUDAR A UNA MUJER.
Para desnudar a una mujer no hace falta penumbra
ni pericia ni astucia
De nada valen erudición destreza brusquedad
Ni siquiera sabiduría
Para amanecer a su lado
poco importa el arrojo el valor
la treta o la artimaña
De nada sirven apostura o tenacidad
No hay método ni sapiencia ni sistema que puedan vencer su resolución
o su mesura
Para desnudar a una mujer toda presunción es inútil
toda voracidad resulta amarga
todo discernimiento se vuelve melancólica penuria
Para desnudar a una mujer basta el instante
en que el ciego misterio la envuelva y la estremezca
y restaure en su pecho la incordura
y sepulte su cuerpo en nuestros brazos.
SOBRE SALVAJES.
Los pemones de la Gran Sabana llaman al rocío Chirïké-yeetakuú,
que significa Saliva de las Estrellas; a las lágrimas Enú-parupué,
que quiere decir Guarapo de los Ojos, y al corazón Yewán-enapué:
Semilla del Vientre. Los waraos del delta del Orinoco dicen Mejokoji
(El Sol del Pecho) para nombrar al alma. Para decir amigo dicen
Ma-jokaraisa: Mi Otro Corazón. Y para decir olvidar dicen
Emonikitane, que quiere decir Perdonar.
Los muy tontos no saben lo que dicen
Para decir tierra dicen madre
Para decir madre dicen ternura
Para decir ternura dicen entrega
Tienen tal confusión de sentimientos
que con toda razón
las buenas gentes que somos
les llamamos salvajes.
SOMARI.
De saber que te llamabas penumbra
yo habría sido escondite
agujero
o zanja solitaria
Pero te hiciste llamar mediodía
y no te hallo
en el resplandor.
SOMARI.
Hay una página
en que nada está escrito
En que todo ha sido librado a la vida
Hay un mar
que se navega en la muerte
hacia el principio o hacia el fin.
SOMARI.
El inútil intento de acercarse a la verdad
conduce a otros intentos…
SOMARI.
Sólo tú y yo
sabemos
qué significa esta caricia discreta.
SOMARI.
Puedo vencer las dudas que me acosan las rabias que me diezman
Puedo vencer el paso de los años y el fragor de la enfermedad
Puedo vencer la costumbre de nutrirme de abismos
o ceñirme a imposibles
Puedo vencer incluso el tálamo de la pesadumbre
los arrebatos del mundo
y el poderío de la inclemencia
Pero no el fulgor de tus ojos.
SOMARI ANTIDIALÉCTICO.
Sucede al descalabro el descalabro
A la locura la locura
A la migración de la nostalgia la melancolía
Al olvido la eternidad
Al sitio donde nada retoña el despoblado
A la miseria el desamparo
A los imperios otro imperio
A la prosa la prosa
Y a la poesía tú.
SOMARI DE LA ETERNIDAD.
Todo empieza y termina en la eternidad
Pero la eternidad no sabe de nosotros
Sus pobres soñadores.
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juan manuel roca: el poeta del mes en cubapoesía
Tomado de Unión LIBRE. No. 321. 29 de Diciembre de 2016.

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Centro Cultural CubaPoesía, 24 de Diciembre de 2016, Año 58 de la Revolución.