tres jóvenes poetas cubanos contemporáneos

por María de los Angeles Polo Vega.

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por María de los Angeles Polo Vega.

Dice la poeta bayamesa Lucía Muñoz Maceo que «La poesía no es solamente el verso. Está en acciones, gestos, manifestaciones de afectos, en la música, en una obra escultórica, en la naturaleza, en las cosas creadas con amor por el hombre. Poesía viene de poiesis que quiere decir creación” y Cuba se ha dicho siempre que es un país de los poetas.

En CubaPoesía queremos compartir con los amigos esta muestra de la obra poetica de un grupo de creadores integrantes de la Asociación Hermanos Saíz, (AHS) la joven vanguardia de la intelectualidad cubana y de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC)  los que en variedad de estilos y corrientes estéticas nos permiten dar una  mirada al panorama de la creación poética en nuestro país.

Moisés Mayán: (Holguín 1983).

Poeta y narrador. Egresado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso.

**El arreglador de sombrillas
**
¿Nosotros los sobrevivientes a quiénes
debemos la sobrevida?
[ Roberto Fernández Retamar ]

I
Mi padre despliega el oscuro paraguas de la abuela y corremos a refugiarnos de una lluvia imaginaria.
Han pasado los días más crueles de los noventa, las tardes donde mi madre era la vendedora de fritas, mi padre el pregonero de guayabas, y la mesa familiar era un sitio donde el pan se untaba con la sal de las lágrimas. Mi padre, con los tenis rotos, de pie, ante la fila de sus estudiantes de medicina, «corran hijos míos, corran». A veces con el disfraz de profesor de educación física, a veces con el disfraz de pregonero. Recuerdo que una noche a la luz propicia del único candil le escuché decir: «Cada día que pasa me voy pareciendo más a los retratos de mis tíos muertos». Yo lloré mordiéndome los labios.

II
En medio de la sala, cuando ni siquiera amenazan las lluvias, mi padre despliega el oscuro paraguas de la abuela y corremos a abrazarnos. El miedo cae desde el cielo en pesados goterones, pero mi padre como un patriarca, sostiene los ángulos de la casa y dice que nos aguardan días mejores. Es el hombre que devuelve las sombrillas ilesas. Le creemos con una fe ciega. Todos le creen.

III
El arreglador de sombrillas es mi padre. Casi una frase hecha. Han pasado los noventa, sus días crueles y tenemos esa felicidad de saber que alguien nos protege de las lluvias, de los soles sucesivos. Felicidad que compartimos, como se comparte el mucho pan con los hambrientos. Mi padre despliega el oscuro paraguas de la abuela, pero ya no corremos, sobre nosotros planean silenciosas, las alas invictas de Dios.

**Oh poema cuándo será el día…
**
Con los brazos sobre la mesa, como en un cuadro de Clauco Capozzoli, prometo a mis padres terminar con la poesía. No más los finos animales que se hunden en el té mientras escribo, no más las serpientes de pasos breves, las oscuras praderas que convidan… No más la exactitud del verso, su perenne vuelo de pájaro nocturno.
OH poema, ¿cuándo será el día en que sin ti logre salvar la insoportable levedad del ser? Cavo ¿cavamos? un orificio de sospechosa hondura para sepultar el cuerpo entero del poema. Cavamos y nos convertimos en seres impronunciables. Mis padres me abrazan, este hijo muerto era y ha revivido. Me abrazan, entre el sopor de las lágrimas y la pérdida agónica del verso. OH poema amado mío, semejante mío…
Demasiado espaciosa la casa se convierte en un país de sombra. Antes estaba el poeta caminando como sobre un hilo, pero nadie pensó que así se equilibraba el mundo. Antes estaba el poema y entorno a él cantábamos villancicos, pero nadie amó la palabra, nadie imaginó la sobrevida de la palabra. Ahora somos una familia de hombres y mujeres que se despiden, de niños que se despiden, de perros que se despiden ladrando en los aleros.
Con los brazos sobre la mesa como en un cuadro de Clauco Capozzoli trastorno los anteriores pronunciamientos. Es mi madre con una pluma de cisne entre las manos, “para que escribas”, dice, “para existir”.

Guardabosques en el vasto mar de los sargazos

por Baracoa

Ven, miremos juntos el rompeolas
como dos amigos que fatigados de culpa
lanzan desde un puente un signo incriminatorio.
A veces prefiero ser agua. Asumir la simplicidad del agua.
He aquí el núcleo mismo de las contemplaciones:
Los hombres necesitan fragmentarse. Encontrar su escollo.
Bullir reducidos a nada sobre la arena. Dispersos.
Agitándose como peces ciegos hacia la hecatombe.

Juguemos, por favor, a los ahogados.
Quizás alguien tienda sus garfios hacia nosotros
y advierta que realmente somos agua.
Entonces, ¿por qué razón el mar no quiere llevarnos?,
¿por qué se niega el vasto mar de los sargazos?

Hay un pájaro que aleja tu nombre
y otro pájaro macera el fuego de sus sílabas
en el agua mil veces recordada.
Flotas contra los pilotes de la antigua casa
sordo a mis súplicas. Terriblemente extraño.
Llevas la espalda cubierta por misivas
para amanecer nadie sabe en brazos de quién.
Nadie sabe en qué isla o rompiente.

Guardabosques en el vasto mar de los sargazos
regrésanos la piel que tendíamos al sol
los ojos miopes atisbando caballos y corales.
Ofrece el cuerpo a los derrumbamientos.
Todo se astilla en la tarde que colapsa,
apenas sobrevive el rompeolas, las eslabonadas anclas
sometiéndonos al espesor de la bahía,
al silencio que cargamos sobre la cruz y el agua,
juntos como dos parroquianos.

Marcelo Morales Cintero:  (La Habana, 26.01.1977)

Poeta y narrador.
Es graduado de Licenciatura en Historia por la Universidad de La Habana.

Humo

¿Dónde va el humo y la mirada?
¿Hacia qué punto?
he visto un rectángulo de luz rajando el centro
de mi propia vacuidad en la penumbra
las selvas de acordeones musicales
un cristal resplandecer bajo la lluvia
¿qué valor sorprende en la palabra?
tú que estás leyendo
apúrate hacia mí
hacia el espejo
a la imagen suspendida en tu cerebro
pues no sé si volveré hacia esta muerte
a mi piedra más tangente y vertical
¿estarás allí al caer el día?
¿estarán tus ojos al voltear?
polvo al polvo habré al decir
vida
ceniza
pobreza

Maylen Domínguez Mondeja: (Cruces, Cuba, 1973).

Poeta, narradora y editora. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

Canción para invocar a un mago

Yo tenía, yo tenía…

S. J. PERSE

Canta Mago
para mí
di un enigma que no tenga por respuesta estar muy triste
porque vengo de tan lejos
y estas piernas han creído la verdad de los dolores.
Canta Mago
por si acaso los vigías me sorprenden
yo tenía una canción para amar en los caminos
el anuncio del profeta
yo tenía
yo tenía.
Canta Mago la canción que conduce hasta

la hora
nadie va a morirse hoy
pero canta
por si acaso
los vigías me sorprenden.

Entrabas a la tarde

Entrabas a la tarde muriente, como un juego.
No me podías salvar
y sigo preguntando,
remuevo cada oración
como si te lograra esa vez,
como si anclaras una estación común.
Tan lejos se involucran tu vida, tu costumbre,
el modo imperceptible de ser.
No sabes de la niebla
que me acorrala y borra de todos los parajes,
no sabes de estos límites.
Tu ternura, qué lejos,
cuando has debido hallarme,
entrarme hasta la carne muriente y doblegada.
Quimera fue tu cuerpo,
secretamente hallado,
viendo a los trenes más hondos de mi vida,
volver vacíos,
rotos en sitios donde no he amado nunca.
Cómo lograrte sin mitigar los dones
que me aprisionan al centro de la Ínsula,
cómo negarte.
Tanto te he visto en la venidera estancia,
colmas mi sangre de un ser que reconozco,
urdido por la ternura que das,
sin acercarte.
Seré quien redibuja el sueño de mí misma
lanzándome a esa fe,
angustia persistente
blandiendo para nadie los graves sortilegios.
Puedo sentir la sal, me agrieta las esquinas.
Quién vela tal delirio tras la reja,
quién finge,
por no verme gritar en mi ostracismo.
Imagino a tu cuerpo de regreso a las cosas cotidianas, sufribles,
donde sólo he existido
tras el temblor que pueden nombrar unas palabras;
tu repetido darte,
tu calle,
que trazo en cada mapa ideal
como encontrándote.
Las aguas que me esconden,
hasta la eternidad.
Entrabas a la tarde,
e ignoraré en qué predio encallaron tus palabras.
Temerosas, las mías, rodaron en su mundo
sin más prolongación.
Cuál vértigo dispuso al final tanto silencio,
hoy clamo, y nada pueden
las ondas vespertinas que te trajeron antes.
Ignorarás, Amigo,
esta tristeza insular,
tremebunda.
Y he de seguir nombrando tu vida, aunque no espere.
Lo puedo presentir en la estación que alargan los pájaros tardíos,
en la enconada sombra
Fue falsa esa dulzura, llenando todo.
Procuraba palabras,
Infinitas palabras que no te antecedieron.
Ya no seré quien espera
y busco una respuesta a cada enigma
intentando ser justa contigo y mis presagios,
fiel a ese instante efímero
que aún resplandece.

Donde nada me ensombrezca

Quisiera estar en un sitio hecho de cosas que no recuerden nada,
inaugurarte
sin este ruido en el pecho
ni los rencores que ahuyentan al amor.
Ingenuo diste la coordenada que pretendí ignorar,
mi horror a ver los motivos milenarios;
tu estela pasada y recurrente,
la consecuencia de tu debilidad
siempre abocándose.
Quisiera estar donde nada me ensombrezca.
Pero tendría que hablarte,
de cualquier modo
para que asistas a ver lo que en mí crece
cuando soy cálida al fin.
Si fuera dulce y tenaz mi idolatría,
si fueran justos mi voz, mi ardor,
mi acento,
y no un embozo de la desesperanza,
un canto fatuo
que lanzo porque vengas a creer en mí
como que soy la razón,
yo, y no las otras:
sagradas, milenarias,
que te conducen al sueño elemental,
la vida elemental.
Qué sería de mí, torpe y silente,
cómo se harían mis noches insulares
sin este canto que abriga a algún dolor
aunque no salva,
sin este grito, que puede adoctrinarte
desde su fondo rabioso y aterido.

Inventario

He emprendido muchas veces el camino de retorno a casa
—zona imprecisa en mis vagas mutaciones,
leve en su mugre,
deshecha, confiscada—,
donde la demasiada sombra
forma otras paredes con la muerte.
Querría callarme,
atravesar las soñadas alamedas
olvidando el fracaso y la penuria,
la finitud del amor.
Pero he aquí mi intemperie,
la pesadumbre,
mi estrábica pobreza,
la resaca de todo lo querido,
mi desarraigo,
las hambres,
la demencia,
mi hijo (que no comprenderá),
mi fatalismo,
mi mundo,
mi utopía,
mi desatino,
mi sed,
mi fe.
Querría salvarme,
anclar el gesto feliz,
decir:
Sitio Seguro, Resguardo,
Permanencia.
Pero he aquí mi intemperie,
al fin de todo,
mi vida entera.

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