recordando al poeta yoel mesa falcón
por María de los Angeles Polo Vega.

por María de los Angeles Polo Vega.
Nacido en Manzanillo, Cuba en 1945, Yoel Mesa Falcón fue profesor, poeta, narrador y ensayista, Licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad de Oriente en 1975, integró durante varios años el taller literario Manuel Navarro Luna en su ciudad natal, desde donde se abrió camino y ayudó a muchos amigos a descubrir el secreto de las letras, especialmente de la poesía, en cuya casa nos reuníamos a conversar, a compartir y a disfrutar un poco de te.
En 1985 recibió premio en el concurso Poesía de Amor de Varadero y dos años más tarde, en 1987 disfrutamos la enorme alegría de saberlo ganador del Premio de Poesía Julián del Casal, de la UNEAC, por su libro El día pródigo, poco tiempo después vino a residir a La Habana.
Publicaciones suyas comenzaron a aparecer en las revistas Unión, Cine Cubano, Casa de las Américas, Letras Cubanas, Juventud Rebelde, Bohemia, Azor, Asimetría y Semiosis. El poemario merecedor del premio UNEAC se publicó en Cuba en el año 1991 y posteriormente fueron sucediéndose otros títulos como En el cofre de música el mar (1996), Todo el afán (2000) y Fabulaciones (2003).
Su novela inédita Extraños en la noche fue finalista en los concursos “La ciudad y los perros” (2004) y “La Otra Orilla” (2006).
Los últimos años de su vida residió en México, donde falleció en el mes de mayo de 2015.
Hoy, cuando se convoca una nueva edición del concurso UNEAC de Poesía, recordamos a Yoel Mesa Falcón, uno de los poetas premiados en este certamen y compartimos con los amigos de CubaPoesía algunos poemas suyos.
Hasta el fin
Torturado hasta la muerte
verdugos estos trinos
la luz
el día que avanza con los ojos vendados
y me roza con sus dedos de seda
y sigue de largo preguntándose
si sabré entender su bendición.
No volveré a ser el que fui antes del suplicio.
Entonces
tenía los ojos enredados en los cabellos
mi boca ocupaba toda la faz:
era hermoso.
No quiero volver al mundo desfigurado.
Pensarán es una máscara
esto que forman los estigmas
de la prisión que es libertad.
Continuarán torturándome
día a día
las aves
el sol
el verdor.
Y otra jornada
también de ojos vendados
pasará junto a mí sin siquiera tocarme
ni pensar en lo que su mañana
su mediodía
su tarde y su noche han hecho conmigo.
Sólo con la muerte
me dejarán en paz.
Pero olvidados ya de mi cadáver
seguirán trinando
enverdeciendo
iluminando
para otros.
Voces abajo
Unas voces abajo
unos desconocidos
ruidos que hacen
risas, pausas
están alegres
porque el sol está con ellos
y traza una clave
su bella figura
para que la partitura empiece.
Unas voces
amadas por la ventana
y por el tímpano espía
que agradece la soledad
para sentarse al piano
y componer.
De qué hablan no importa
sólo los timbres
algún vocablo aislado
las risas
las pausas, recomenzar.
Y luego alejarse
el silencio
la ausencia de cuerdas
capaz de conformar
una viola da gamba
entre las piernas
sudorosas de sexo
de la tarde.
Ciertas azulidades
Venas azules
en mis piernas, no sangre azul
yo tan plebeyo
(ni siquiera tribuno de la plebe)
simple paso
cansino de los años en el árbol añoso
que no ceja en su afán
de tocar el tono vitralicio
con su última hoja,
su suspiro más alto.
Era ayer, luego post ayer, suma y amontonamiento
y los ojos de la madre asomando
entre todos esos trastos.
Estela cromática de haber estado.
Pobre gloria.
Testimonio
para quien quiera asomarse
a una desnudez
que hace mucho dejó de ser deslumbramiento.
per aspera ad astra
Rocinante lo sabía: por fuerte que se cabalgue el firmamento no tiembla.
Por eso reía, y en sus dientes brillaban las estrellas
bajo la inmensidad de la noche, junto a la fogata
que dibujaba en los rostros de los cabreros extrañas figuras
en las que la mente alucinada del hidalgo
creía ver el efecto de sus palabras, las ansias de infinito.
Sancho come bellotas en un rincón del grupo
y uno de los cabreros contesta el discurso con una larga canción de amor.
Rocinante rió aun más:
no habían comprendido nada sobre el País de Sueño.
Mas la canción
saliendo de la boca del cabrero iba confundiéndose con la hoguera
y encendida, se transfiguraba.
Y entonces los grandes ojos de Rocinante
descubrieron la misteriosa relación
entre la canción de amor y el fuego, las palabras del manchego y el silencio
del firmamento.
Echóse en la tierra
y vio cómo las llamas lamían el cielo
haciendo descender las estrellas.
Seguir leyendo

gracias roberto, por su vida, por su poesía, por su obra toda
por Redacción de CubaPoesía.

la luz broder, la luz
Este 26 de julio amanecimos con la noticia del fallecimiento del poeta cubano Sigfredo Ariel, uno de los autores más admirados en el panorama liter...

tres poemas del indio nabori dedicados a la gesta del moncada
por Maria de los Angeles Polo.