el verso en el centro de la angustia y del amor, pulso y onda de manuel navarro luna

Por Jesús Sama Pacheco.

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Por Jesús Sama Pacheco.

La Colección Sur de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba acaba de publicar un hermoso libro de quinientas veinte páginas, contentivo de la Obra Poética de Manuel Navarro Luna. Con un bello diseño de cubierta a cargo de Elisa Vera Grillo, diseño interior y diagramación de Onelia Silva Martínez, bajo la dirección del poeta Alex Pausides y la coordinación editorial de Teresa Cuesta y Marlene Alfonso, el volumen abarca las obras publicadas por el autor deSurco, desde la temprana fecha de 1919, hasta 1965 –año en que publicara sus últimos poemas–, más un conjunto aún inédito hasta 2009.

Alas del corazón pudiera llamársele a la gigantesca obra poética de Manuel Navarro Luna. Mas, ese rótulo quedaría incompleto; le faltaría –por ejemplo– la otra mitad, truenos de la razón. Pero tampoco sería una señal lo suficientemente abarcadora. Y es que sobre la huella de un enorme poeta, como lo es Navarro Luna, no se puede configurar una marca, un emblema que lo abarque en toda su magnitud. Ha sido señalado como el poeta de la Reforma Agraria, el poeta de la Revolución, la figura más importante de la vanguardia poética en Cuba, pero sabemos que es mucho más. Y sobre tal aseveración, además de sus versos, ha quedado plasmado el criterio de inminentes críticos cubanos y escritores de diversas latitudes, que a lo largo de muchas décadas han sabido valorar con justeza su obra.

Y reuniendo textos de esos autores, es que la Colección Sur logra presentarle a sus lectores un libro de amplio contenido bibliográfico, que además de guiarlo en el profundo conocimiento de la obra del eminente poeta, nos muestra ejemplos valederos de lo que debe ser la crítica (literaria), ausente o parcializada hoy en la mayoría de nuestros medios.

Desde que Navarro Luna publicara su primer libro, Ritmos dolientes, el 1919, muchas fueron las opiniones y muchos los autores que se pronunciaron. Entre ellos, Bonifacio Byrne, Agustín Acosta, Francisco Rodríguez Mojena –quien escribiera el prólogo de la primicia–, el portorriqueño José Joaquín Ribera, Higinio J. Medrano, Vicente Menéndez, Luis Felipe Rodríguez, Néstor Carbonell, José G. Vila, Julio Girona y la mayoría de los escritores manzanilleros que se nucleaban entorno a Orto.

A partir de entonces, tras la publicación de Corazón adentro, en 1922, y, especialmente, por los libros que fueron saliendo después, crecieron los simpatizantes de la obra de Navarro Luna. Entre los que opinaron acerca de ella a partir de esa fecha, se encuentran: Enrique José Varona, Emilio Ballagas, Raúl Roa, Juan Marinello –que prologara Pulso y Onda y escribiera otros artículos sobre la obra y la vida de Navarro Luna–, Juana de Ibarbourou, Rómulo Gallegos, Pablo Neruda, León Felipe, Rafael Alberti, Henri Barbousse, Jorge Amado, Carlos Pellicer, Juan Ramón Jiménez, José Antonio Portuondo, Eugenio Florit, Juan Chabás –quien se pronunciara sobre La tierra herida y Pulso y Onda–, José María Chacón y Calvo, Roberto Fernández Retamar Nicolás Guillén, Cintio Vitier y Volodia Teitelboim. Y más acá en el tiempo: Joaquín G. Santana, Arturo Arango, Maydolis Garcés Remón, Maydolis Ferrer, Sócrates Nolasco, Heberto Padilla, Joseph North y Virgilio López Lemus, entre otros.

A mi juicio, este libro representa una novedad editorial. Al menos para la actualidad, carente de esfuerzos tan serios y abarcadores. Pocas veces el lector tiene la posibilidad de recibir en un solo cuerpo la obra del artista y la de sus críticos. Esto convierte al volumen en una especie de pequeña biblioteca, en un compendio imprescindible, no solo para el deleite y el estudio de la obra del poeta, sino también para el conocimiento de una parte importante de la historia de nuestro país. “Cuba entera está en sus poemas” –nos dice Cintio Vitier–. “Navarro Luna no es la voz de un hombre, es el clamor de una raza gritando el ansia de una verdad implacable” –afirma el chileno Volodia Teitelboim. Y es que la obra poética de Navarro Luna, independientemente a las diversas facetas en que se desarrolló, es el testimonio vivo de varias épocas. Y eso, unido a la crítica que la acompaña, nos pone al alcance la posibilidad de mirar con objetividad un pasado que ya se difumina y tiende a confundir a las nuevas generaciones.

Más que disertar sobre la obra de Manuel Navarro Luna, tan bien tratada en el volumen que huy nos presenta la Colección Sur, deseo traer a colación criterios de importantes figuras que lo hicieron en el momento de la publicación de sus libros, o en estudios realizados posteriormente. Todos sabemos la eclosión que representó Surco, su impacto dentro del contexto de la poesía cubana. Sobre el mismo, diría Raúl Roa en 1928 –fecha en que se publicara el libro–: “mi opinión sobre Surco, debo decir que es algo muy serio. A propósito de él, intentaré, a la medida de mis fuerzas, una como revisión de nuestros valores poéticos de vanguardia, para situarlo a usted en el sitio que incuestionablemente le corresponde: en la cumbre”. Y en igual sintonía, Roberto Fernández Retamar asegura: “Surco es un libro de enorme interés en nuestra poesía. Hay que decir de él lo que alguien dijo jocosamente de Dios: ‹si no existiera tendríamos que inventarlo›. Es el ejemplo más patente de nuestro vanguardismo”.

Al publicarse Pulso y Onda en 1932, Juana de Ibarbourou expresó: “Las canciones y elegías de Pulso y Onda encierran los problemas entrañables que enfrenta el hombre en todos los tiempos”. Y León Felipe: “Este poeta cubano es poeta hasta la entraña misma de su vida, y corre por su canto un viento de salmo que hace fuerte y poderosa su poesía”. Y como para dejar constancia definitiva de la grandeza del bardo manzanillero, patentiza Rafael Alberti: “Navarro Luna, como hombre y como poeta, se ha ubicado en el meridiano actual del mundo y del tiempo”. Y al salir a la luz La tierra herida en 1936, Rómulo Gallego expresó: “es sencillamente el himno que se alza para denunciar la tragedia de las injusticias sociales en una belleza desesperada”. Y refiriéndose más a lo formal, le escribe Juan Ramón Jiménez a Navarro Luna: “Gran poesía la suya, donde la increíble riqueza de imágenes corre pareja con una musicalidad augusta y resonante”. Y con esa familiaridad del amigo, pero del amigo que habla con conocimiento de causa, con el corazón y la mente en armonía, con la plena potestad de la erudición, le comunica al poeta José Antonio Portuondo: “Después de La tierra herida, nadie puede negar que tú has sido en Cuba, con muchos años de antelación, el Poeta de la Reforma Agraria”. Y como si fuera poco, Juan Chabás, en una reseña que hiciera sobre los libros La tierra herida y Pulso y Onda, señala: “De ese esfuerzo, de ese señorío, de ese aliento, de esa poderosa virtud está hecha la poesía de Navarro Luna, de quien ya no temo decir que es uno de los más fuertes y mejores poetas de la América de hoy”.

Nunca sería abundar demasiado al expresar mi gratitud como lector, teniendo en mis manos un libro tan valioso. Pero mis modestas posibilidades y mi deber tampoco me permitirían escatimar esfuerzos para elogiar con palabras de otros –palabras que son templos y no requieren de adición alguna– al exponer con apremio lo que no es posible pasar por alto. Por lo cual, deseo traer a colación también fragmentos de dos misivas recibidas por Navarro Luna al publicarseDoña Martina en 1951. Una es de Pablo Neruda: “Le escribo bajo la impresión inmediata que me causó la lectura de su hermosa y justa Elegía. Hermosa por los sucesivos hallazgos poéticos, verdaderamente asombrosos; y justa pues traduce con maestría y hondura insuperables el más legítimo y torrencial dolor humano”. La otra corresponde a ese entrañable amigo y crítico de su obra, Juan Marinello, y reza: “Me gusta muchísimo tu Elegía a Doña Martina. Tiene décimas bellísimas, en verdad: antológicas, décimas que estoy seguro quedarán como realización técnica y hondísima sugestión. Es una gran hazaña esa de hacer una elegía en décimas”. Y Virgilio López Lemus, en un ensayo publicado por la Editorial Oriente en el 2004, expresa: “Doña Martina vino a ser en la larga tradición decimística cubana la primera gran elegía en décimas”.

Y aunque Navarro Luna comenzó siendo un poeta intimista y se proyectó después por otros caminos, junto a su vocación de servicio, de ser comprometido con los sufrimientos y adversidades del otro, su militancia política al lado de los humildes: nunca dejó de cantarle al amor, de expresar sus más profundos sentimientos filiales a través del más alto lirismo. Eso se aprecia en casi todos sus libros, principalmente en Refugio y en Doña Martina; pero también enCorazón adentro, en Surco y en Pulso y Onda. Con relación a esa idea se expresa Arturo Arango al prologar Así es en el 2009, conjunto de poemas escritos durante 1949, que permanecieran inéditos durante seis décadas:

La introspección que domina la mayoría de estos versos está concentrada en un sujeto lírico en crisis. Son, casi todos, poemas de amor, y en algunos de ellos se traza un arco vital que termina en el desgarramiento, en el dolor.

Ahondando en su biografía, en busca de las posibles causas del ostracismo en que se vieron envueltos los poemas de Así es, Arango expone una nota íntima de la vida amorosa del poeta, que –alejándome de mi propósito fundamental en estas líneas– reproduzco por la necesidad que me crean de expresarme en tal sentido:

…siendo un enérgico y conocido militante comunista, terminó insertado en una familia de la clase media manzanillera, donde estuvo definitivamente a salvo de la pobreza que conoció en su infancia, y, por último, su vida sentimental fue también intensa, convulsa, y presionada por el impío contexto municipal.

Sería bueno para el joven lector –y para todos los que no han indagado en la vida y la obra de Manuel Navarro Luna– acercarse a él con profundidad; como lo hace Arturo Arango, como lo han hecho otros: proyectando las luces y las sombras que conformaron al ser humano y al poeta; así como a la época en que le tocó vivir. Pero es bueno además aclarar, insertados en los tiempos que corren y volviendo nuestra mirada hacia el pasado, que el caso de Navarro Luna no debe verse como un hecho aislado, ni como flaqueza de espíritu. En las guerras libertarias de Cuba y en toda manifestación de cambio desde mucho antes de 1868, cuando aún no existía la nación, fueron protagonista muchos cubanos y cubanas pertenecientes a las clases adineradas (llámense pequeña o mediana burguesía, o con cualquier otro nombre).

El socialismo aspira a acabar con la pobreza en todo el mundo. En Cuba surgen en la actualidad nuevas estructuras sociales impulsadas por la necesidad de un desarrollo sostenible y el inevitable enfrentamiento a obstáculos altamente conocidos. Lo que puede propiciar –y propicia– heterogéneos vínculos humanos, laborales, mercantiles, económicos, e incidencias en el seno de la sociedad que ya habían sido superadas. Pero más allá de cualquier análisis sociológico, el amor –el amor verdadero– es indomable; y jamás escoge donde acomodar el cuerpo, sino donde el alma es más plena y venturosa. Esa posiblemente haya sido la elección de Navarro Luna. Y sus coetáneos, tal vez confundidos o cegados por la atmosfera social de entonces, cometieron los pecados de la envidia y del agravio, propios de las mentes débiles y el espíritu innoble. Por eso es preciso que el lector de hoy esté avisado. Es importante saber distinguir. Y como nos hace ver Arango, apreciar la grandeza del poeta y del ser humano que fue –es y será– el bardo manzanillero.

Libros como este, Obra poética de Manuel Navarro Luna, aseguro, pueden sentar cátedra en escuelas y bibliotecas; servir como material idóneo para guiar a jóvenes poetas y estudiosos de las letras, en sentido general, a enrumbar su quehacer en esas lides. Una obra de esa magnitud es además un estimulo inapreciable para el acervo cultural del país y su memoria histórica y literaria. Y es también, saldar una deuda con un autor que dio lo mejor de sí como poeta y como hombre, una deuda con el pasado y con el presente, y un puente de luz tendido hacia el futuro; porque, como expresara Nicolás Guillén al hablar de Navarro Luna: “Aunque los años pasen y se amontonen los siglos, su voz resonará impetuosa. Marcará uno de los momentos más altos y más profundos de la lírica cubana”. Y sin duda, sé que lo sabrá valorar el lector cubano, conocedor de sus raíces y de su esencia, amante de la poesía, juez imparcial y atento.

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