rito ramón aroche: el misterio de las fundaciones
Yansy Sánchez

Yansy Sánchez
Santiago de Cuba
22-11-2012 – 12:00 pm.
El autor aventura una interpretación para un texto de un poeta al que considera ‘muy controvertido’.
Rito Ramón Aroche. (DELPALENQUEYPARA.BLOGSPOT.COM)
No caben dudas que Rito Ramón Aroche (La Habana, 1961) es un autor muy controvertido. Por lo general, los que nos acercamos a su literatura no podemos más que especular o cerrar el libro. Lo cierto es que constituye un enigma hasta para los lectores más exigentes, y lo peor, que sabemos que su literatura no es una falacia, no es tinta inflada, de modo que no pudiéramos cerrar el libro o ignorarlo; pero todos coincidimos en que nos cuesta trabajo acceder a su trabajo.
En una ocasión, amparado en una cerveza osé preguntarle acerca del “misterio”; su respuesta, muy parecida a su literatura y a la cerveza del momento, giró acerca de la subjetividad y del escritor que quería ser…, y en eso —dijo— estaba su misión en la literatura. No entendí nada. Había leído varias veces su más reciente libro Las fundaciones, sin encontrar algo alentador. Algo que me permitiera decir: el libro va “a por esto” o “a por esto otro”.
Busqué ayuda. Caridad Atencio, su esposa, poeta y ensayista, me habló de la atmósfera, de que su poesía se regodeaba alrededor del hecho, sin llegar a la esencia. Me comentó de una entrevista —hasta entonces inédita— que le hiciera Roberto Manzano, donde hablaba, si mal no recuerdo, de que la poesía de Rito nos sorprende, porque cuando creemos que la tenemos asida, se nos suelta, se nos resiste. Esa fue toda la información que obtuve y me di por dichoso, pues, al menos tenía más que Lizabel Mónica, quien comentó, al margen de su ensayo sobre la Generación 0 (publicado en la revista La Noria), que “el autor” debería exponer notas al pie en cada uno de sus textos.
Aunque la información no fue muy precisa, por lo menos me llevó a releer el libro desde otra perspectiva. Si las palabras más confiables que le había arrebatado al propio Rito, a su esposa y a Roberto Manzano giraban alrededor de la “subjetividad”, “la atmósfera”, y “la resistencia” o en otra lectura, “lo inusitado”, no podía seguir buscando cabos sueltos, no al menos, en una lectura de superficie.
Descubrí que la aparente incongruencia discursiva que definió Caridad Atencio como atmósfera cobra todos sus sentidos en la estructura profunda. Y es que Rito es un iceberg tanto en lo formal como en lo conceptual. No solo nos esconde los sentidos, sino también, nos obliga a deducir las formas que completarían, para un lector corriente como yo, el sentido lógico formal.
Es raro y suena hasta paradójico que un libro como éste, donde todo es tan “subjetivo” y tan “atmosférico” tenga por nombre Las fundaciones, título que alude a un criterio en el orden de lo concreto. Sin embargo, cuando entras a las implicaciones, comprendes lo acertado del título. Después de todos estos indicios “reveladores” no nos queda otra que, “meterle las manos” a Las fundaciones. Pero antes, hablemos un poco de las implicaciones, per se.
El término “implicaciones” viene de Grice[1], que lo enarboló la conocida teoría sobre el “principio de cooperación”. G_rosso modo,_ decía: “Haga su contribución conversacional como es requerido, en el punto que ocurre, con una dirección o propósito aceptable para el intercambio verbal en el que está implicado” . Leyendo esto sospechamos que nuestro amigo Rito pasa por alto con sus lectores todo el principio de cooperación de Grice, se resiste a cooperar y, si seguimos ahondando en la teoría, pensaríamos que, definitivamente, el hombre erró. Baste con tener en cuenta que dicho principio se divide en máximas: máxima de cantidad (se debe proveer al oyente o lector solo con la cantidad necesaria de información), máxima de calidad (se debe producir textos que uno considere contienen verdad y sean relevantes), máxima manera particular (uno debe expresarse verbalmente de modo claro).
Basado en esto, leemos un poema como “Nacimiento”: “del lado opuesto al de las tuberías/ ¿claror se ha dicho?/ Chatarra cubierta por enredaderas./ ¿Se anuncia la expresión/ —deforme?/ Nadie diría/ qué mal presiento./ Diría: farol en alto, farol/ casi en el árbol/ Y en los días lunares/ que vi pasar/ que nunca había creído/ del lado opuesto/ que fuera así”. El poema es uno de los más claros del libro y nos sigue pareciendo que Rito ha violado todas las máximas postuladas por Grice. Sin embargo, antes de cerrar el libro, y olvidarnos de él por completo, nos acordamos que Grice nos habla —como ya hemos venido refiriendo— de la “implicatura conversacional”.
Fijado entonces en un ejemplo muy sencillo, lograremos ver como lo que es, el “nacimiento” del cual Rito nos habla. En términos de Grice, A le informa a B: Tengo frío, y B responde Aquí tienes una frazada. B ha implicado en la conversación que si A toma la frazada, no tendrá más frío. La implicación subyace, no está expresa en la estructura de superficie, sino que se infiere en la estructura profunda. La respuesta que da B está basada en la implicación que él mismo infiere de lo que dijo A.
Si las implicaciones son frecuentes en una conversación entre dos personas, en los textos en los que el autor reflexiona (no dirigidos a un interlocutor, ni a los lectores) estas implicaciones tienden a potenciarse. Vale decir que, en el caso de Rito, a pesar de que aparezca un interlocutor en el texto, nos parece que siempre es un desdoblamiento del autor, es decir una reflexión entre él y su alter ego: ambos asisten al mismo fenómeno, tienen la misma información, y lo único que hacen es cuestionarla. Es como un pensamiento en voz alta, de modo que, en cualquiera de los casos, las implicaciones persisten.
Pero no esperemos que en Rito, B diga: Aquí tienes una frazada. Claramente nuestro autor no es tan elemental. Como la implicatura es responsabilidad del que infiere (en este caso de él mismo), él puede relativizarla, ponerla en dudas, hacerla ambigua, por ejemplo: ¿si A toma la frazada, no tendrá más frío? Si hace esto con la implicatura, qué creen ustedes que sucedería con la respuesta consecuente a ella.
En realidad Rito nos dice desde la estructura profunda, “cuando tú ibas con la leche ya yo venía con el queso”. Pero no nos miente, cumple, cuando menos, con la máxima de calidad, los referentes de la implicación siguen siendo (en ambos casos): frazada y frío, solo que en Rito la implicación sufre un cuestionamiento, y por supuesto se manifiesta en la respuesta. Bajo ese riesgo, asistamos entonces al “Nacimiento”.
Y nos preguntaremos: ¿qué puede haber del otro lado de las tuberías del poema suyo citado? En principio, el tubo sugiere oscuridad, hermetismo; sin embargo, llegar a su lado opuesto no es más que un refrigerio; uno vuelve necesariamente a ver la luz, y esta es la primera implicatura: la luz. Pero Rito no la entrega así como así, sino que sospecha de ella, no se fía ni siquiera de lo físicamente establecido, por ley, y su respuesta es: “¿Claror se ha dicho?”, sencillamente porque en la implicatura había dicho: ¿luz?
Luego, en lo que diferenciamos como la segunda parte, propone: “Chatarra cubierta por enredaderas”. Esto implica que la chatarra no se ve bien a causa de las enredaderas, máxime si sabemos que se mira a través de las tuberías. De ahí su respuesta: “¿Se anuncia la expresión?”, pero como su cuestionamiento no radica solo en la expresión de la chatarra, sino en que ésta se vea bien, no puede ser entonces una expresión cualquiera, y añade al final del verso “—deforme?”, (como suelen ser las chatarras —pienso—). En otras palabras, ¿la chatarra se ve como chatarra? Esta implicatura, preocupada más del modo en que se ve la cosa a que la cosa se vea en sí, lleva implícito, de un modo insoslayable, (otra vez), la luz.
Como a la tercera casi siempre va la vencida, no deberíamos confiar de nuevo al mismo orden (proposición_/implicatura/respuesta) la explicación. Veamos: “Nadie diría/ qué mal presiento”,_ luego corrige lo que debería decir alguien, “Diría: farol en alto, farol/ casi en el árbol”. Si nos fijamos bien, al leer el primer verso de esta tercera parte tenemos la sensación de que antes falta algo por decir, fíjese: “Nadie diría/ qué mal presiento”.
Y puede uno preguntarse, ¿por qué se debe decir que se presiente algo mal si no hay (aparentemente) un motivo que provoque la distorsión de dicho presentimiento? Puede pensarse que el autor está aún bajo la impresión de la chatarra cubierta por la enredadera, lo cual, unido a la luz del momento y por estar mirando a través de las tuberías, lo podrían llevar, obviamente, a discernir mal lo que mira. Sin embargo, que en el verso siguiente (“…farol en alto, farol casi en el árbol”) nos corrobora que lo que implica este “mal presiento”, no es exactamente la chatarra cubierta por la enredadera; sino la falta, todavía, de luz; implicatura que evidencia la ilación discursiva que mantiene el autor. Rito hace evolucionar la misma implicatura a través de todo el poema, siendo retomada en esta tercera parte de manera soberbia, pues la expresión “…farol/ casi en el árbol”, condiciona incluso con la posición espacial, la cantidad de luz que necesita se ofrezca sobre la chatarra “encubierta” donde, alumbrarla en la oscuridad (ya que necesita un farol), sería acaso el comentado “nacimiento”.
¿Qué ha hecho Rito entonces? Valiéndose del rastro de la luz que se gesta casi desde el título (“Nacimiento”), nos lleva por tres proposiciones (“del lado opuesto al de las tuberías”, “Chatarra cubierta por enredaderas” y “Nadie diría/ qué mal presiento”) que necesariamente tienen que recurrir, a fuerza de la implicatura de la luz_,_ a las respuestas: “¿claror se ha dicho?”, “¿Se anuncia la expresión/ —deforme?” y “Diría: farol en alto, farol/ casi en el árbol”, preparándonos así para su tesis fundamental: el alumbramiento o nacimiento.
Llegar a la última parte no solo es hermoso, sino refrescante. “Y en los días lunares/ que vi pasar/ que nunca había creído/ del lado opuesto/ que fuera así”. Este final es casi un resumen, es un recorrido por las otras tres partes pero claramente encausadas sobre el alumbramiento de la chatarra (envuelta en enredaderas), que es en resumen, la imagen del “gran nacimiento” para Rito.
Aunque simple, pormenorizar el hecho no deja de ser revelador. Todo el nacimiento sucedió, como ya hemos dicho, en la noche, una noche de luna que solo alcanzaba para advertir un claror al otro lado de las tuberías, pero, incluso apoyado con la luz necesaria del farol, todavía quedaría perplejo ante el nacimiento, “que nunca había creído/ del lado opuesto/ que fuera así”.
Una vez decodificado el referente más cercano, y expuesta la congruencia texto-título, pudiéramos hacer otras inferencias más connotativas, y alentarnos sobre otros textos; pero, ni es nuestra intención en este espacio, ni tampoco el sentido común me lo permite; aunque sí sería provechoso destacar el trabajo admirable que hace Rito entre lo grotesco y la vida; donde, la chatarra como lo grotesco, lo inerte, lo inservible, logra, gracias a la luz, un acercamiento a la vida, insólito bajo el cual subyacen “las fundaciones”.
[1] Grice, Herbert Paul (1913 – 1988) Es conocido generalmente por sus dos trabajos más influyentes: Significado, publicado en 1957 y Lógica y conversación, publicado en 1975. En este último_,_ plantea que para comunicar las personas necesitan cooperar mientras intercambian información verbal y propone el “principio de cooperación”, al cual se refiere la frase citada.
Rito Ramón Aroche, Las fundaciones (Ediciones Matanzas, Matanzas, 2012).
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