viglietti con benedetti (y también viceversa): la patria no es un solo lugar

¡Por fin! —y cuando todo apuntaba que sería imposible— se dio en Cuba el recital Viglietti-Benedetti (y también viceversa); tal milagro no podía da...

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¡Por fin! —y cuando todo apuntaba que sería imposible— se dio en Cuba el recital Viglietti-Benedetti (y también viceversa); tal milagro no podía darse sino en Casa de las Américas. Esa Yeyé no deja de hacernos “travesuras”

para demostrarnos que cuando se lleva la poesía como cruz de la vida, peregrinando rumbo a un sueño para todos, ni siquiera la muerte es barrera.

Hoy encuentro el verso

y Benedetti me sonríe.

Hoy mi viejo ríe

Y desde lejos lanza un beso.

Tras las cálidas –e invariablemente sentidas- palabras de María Elena Vinueza recibiendo al cantor uruguayo en nuestra Casa, Vicente Feliú nos regaló el prefacio.

Hoy yo sé que canta

con el corazón del alma.

Benedetti en calma,

sabe que la muerte es falsa.

Hermoso que fuese Vicente quien primero empuñara la guitarra como quien estrecha la mano en el umbral a los amigos uruguayos; por su canto a Mario y porque fue uno de los que participó en aquel primer concierto de la Nueva trova, el 18 de febrero de 1968, en esa misma sala Che Guevara. Podríamos decir “el azar quiso” que este encuentro Viglietti-Benedetti cayera exactamente un 18 de febrero, pero ya sabemos, Haydée, que es otra de las tuyas.

El Tinto entregó la guitarra y su abrazo del tiempo a Viglietti. Se sentó el cantor, encendió las lucecitas de su atril y comenzó a contar sus andares durante décadas con Benedetti, las memorables giras haciendo recitales juntos, y aquella pena de que nunca se diera la oportunidad de hacer un concierto “A dos voces” en Cuba.

A Mario —contó Viglietti— le gustaba sentarse a escribir escuchando piezas de guitara, no cantadas, pues lo distraían. Y por ahí comenzó Daniel, por una milonga instrumental y tras él, en pantalla, apareció Mario escribiendo; desde ese instante no dejaron de estar juntos.

Claro que uno sabe que ya el poeta murió, (y eso le da una luz inapagable, un extra de conmoción), pero por momentos —no exagero— nos olvidamos de la muerte, o acaso la menospreciamos, o la pasamos por alto, pues Mario estaba ahí, y podemos decir que “de cuerpo y alma”, y voz y esencia —que para eso se escribe (y se vive). Físicamente no, pero estaba; y no solo por el cuidadoso trabajo de imágenes y sonido que apoyaron al cantor con precisión milimétrica de inicio a fin, el público con su atención religiosa o elevadamente humana, fue espesando la presencia del poeta, a tal punto de que hubo un momento en que al terminar de decir un poema Mario, Daniel con mímica nos autorizó a aplaudirlo, pues la gente llegó a un estado como de no querer ovacionarlo por si se rompía el hechizo.

“Hemos vivido la historia de América” me dijo tras el concierto —y con ojos humedecidos aún— una amiga uruguaya que vive aquí. Y es que en este recital A dos voces, fueron peinado el tiempo, la vida, los sueños y dolores de los pobres de la tierra, la América Nuestra con sus creadores, próceres, sucesos cardinales o esos pequeños acontecimientos cotidianos, en fin nuestros romances y las dictaduras; la existencia mía, tuya, nuestra, fue condensada como si el tiempo —además de la muerte— pudiese ser manejado a nuestro antojo para estrecharnos, tal vez para llegar a ser —en tiempos que pretenden que casa cual sea uno y para sí— mucho más que dos.

La duda lleva mi mano hasta la guitarra, mi vida entera no alcanza para creer que puedan cerrar lo limpio de tu mirada; no existe tormenta ni nube de sangre que puedan borrar tu clara señal.

Soledad Barret Viedma hermosura total, esa que emerge desde el valor hacia el cuerpo, desde la entrega por los demás hacia la sonrisa, desde la pasión poética hacia la mirada; combatiente de origen paraguayo, aunque la América toda la vio movilizando, combatiendo sin fronteras y que fuera asesinada el 8 de enero de 1973 en Recife (Brasil) a los 28 años de edad. Amiga, conspiradora, chispa para la comunión del poeta y el cantor.

Una cosa aprendí junto a Soledad:

que el llanto hay que empuñarlo, darlo a cantar.

Caliente enero, Recife, silencio ciego,

las cuerdas hasta olvidaron el guaraní,

el que siempre pronunciabas en tus caminos de muchacha andante, sembrando justicia donde no la hay, donde no la hay.

Otra cosa aprendí con Soledad:

que la patria no es un solo lugar.

Cual el libertario abuelo del Paraguay

creciendo buscó su senda, y el Uruguay

no olvida la marca dulce de su pisada

cuando busca el norte, el norte Brasil, para combatir, para combatir.

Una tercera cosa nos enseñó:

lo que no logre uno ya lo harán dos.

Las dictaduras en el continente, los miles de desaparecidos: Uruguay, Brasil, Chile, Nicaragua, Argentina… los pueblos ante nosotros, con nosotros combatiendo en el tiempo eterno de la poesía: balazos, torturas, manifestaciones, golpes militares, Allende resistiendo en La Moneda, atacada con tanques y aviones, la ciudad invadida con gran despliegue militar:

Para matar al hombre de la paz

para golpear su frente limpia de pesadillas tuvieron que convertirse en pesadilla, para vencer al hombre de la paz tuvieron que congregar todos los odios y además los aviones y los tanques, para batir al hombre de la paz tuvieron que bombardearlo hacerlo llama, porque el hombre de la paz era una fortaleza Para matar al hombre de la paz tuvieron que desatar la guerra turbia, para vencer al hombre de la paz y acallar su voz modesta y taladrante tuvieron que empujar el terror hasta el abismo y matar más para seguir matando, para batir al hombre de la paz tuvieron que asesinarlo muchas veces porque el hombre de la paz era una fortaleza.

El odio imperial bombardeando, creyendo que la verdad, la justicia o el amor son asesinables. Los ricos, los que mandan, los que tienen, pisando con botas militares a los pobres de la tierra: quien levanta la cabeza, quien esgrime la dignidad o el amor, desaparece sin dejar rastro, y pasará a ser una foto impresa en el cartel de una madre con pañuelo de luto.

A Elena se la llevaron

los buitres entre las garras,

la Tota empezó a buscarla,

a morir sin encontrarla.

En el arte de la fuga

Elena arriesgó sus pasos,

asilo venezolano,

Bolívar le abrió los brazos.

Elena Quinteros, una maestra uruguaya, apresada por la dictadura; mientras la torturaban ideó un plan de fuga, le dijo a los esbirros que les entregaría un “contacto” en una dirección de encuentro.

Montaron el operativo, cuando se acercaba caminando al lugar, echó a correr y logró saltar ilesa los muros de la embajada de Venezuela; los militares invadieron la embajada, sin respetar la inmunidad diplomática, la sacaron a la fuerza y nunca más se supo de ella.

Los verdugos invadieron

espacio de un pueblo hermano,

de nuevo la secuestraron,

callando murió en sus manos.

Tiztiz, canta la tiza

de la señorita Elena,

los niños alzan la mano

y alejan todas las penas.

Toctoc, dice el bastón,

y es la Tota que camina,

alerta con estas madres,

son de América Latina.

Por muy brutales que sean las represiones, los pueblos no se dan por vencidos, y en las calles y las selvas levantan sus voces, y cuando esto no alcanza, también sus balas. Para eso está el Che eternamente vigilante, llamando al tipo de combate que haga falta, armado o almado, en cualquier tierra del mundo que “reclame el concurso de sus modestos esfuerzos” y acaso en este mundo nuestro no hay tierra aún que no necesite reclamarlo.

Guevara se volvió Che

por si el Ernesto lo llamaba.

Lo que sintió, lo pensó,

lo dijo-hizo, sin pancartas y en silencio.

Lo más fuerte es guardarte

bien adentro en la conciencia,

cuidar que rojas misas no te encuadren, no te canonicen, o que alguien no busque represar un río ingobernable como el tuyo, o que nuevos monjes negadores no intenten limar tus ideas ni tus flechas.

Ernesto se volvió Che

por si Guevara se soñaba.

La madrugada, la madrugada,

la madrugada es la región más Che

Guevara de los sueños.

Tomemos la arcilla:

es de madrugada.

Y muchos han tomado la arcilla, en los montes y ciudades, alzando un puño, o una idea justa, y cuando ha sido necesario, con el fusil al hombro y los poemas entre balas; dígase, por ejemplo Ernesto Cardenal, Javier Heraud, o Roque Dalton:

Llegaste temprano al buen humor al amor cantado al amor decantado llegaste temprano al ron fraterno a las revoluciones.

Pulgarcito de poeta

que se escapa y me cosquilla,

tan alegre, tan sin silla,

tan de amores torrenciales,

tan sin fin.

Alegría de una tierra

que se quita las fronteras,

se desnuda las caderas,

las volcánicas centrales

de una luz.

Roque Dalton en La Habana, bromeando, junto a Mario Benedetti, en otros días (y estos) por los rincones de la Casa de las Américas, con Haydée pensando como extender una ayuda a cualquier rincón del continente, o del mundo que es a fin de cuentas de los pobres de la tierra, aunque los amos lo usurpen todavía:

Le tenías ojeriza a la pureza porque sabías cómo somos de impuros cómo mezclamos sueños y vigilia cómo nos pesan la razón y el riesgo por suerte eras impuro evadido de cárceles y cepos no de responsabilidades y otros goces impuro como un poeta que eso eras además de tantas otras cosas Pobrecitos los poetas, bendiciones son daltones, donde hay huesos ven marrones territorios prometidos como un sol.

Tan bracito su poesía,

se levanta en los sensuales

laberintos marsupiales

y reparte polen rojo,

se abre en flor.

La historia nuestroamericana desatada de canción a poema, o entretejidos, pues cuando el arte es auténtico se trata de lo mismo; y Benedetti es también canto como Viglietti poesía. Los dolores y el amor se dan la mano en este viaje por el Sur, a la par —o como respuesta— de la explotación, la esperanza, las protestas, las

revoluciones: la cubana del 59, la nicaragüense del 79, con los poetas como Cardenal, con luces como las de Sandino; una muchacha, un amor en el viento, o dejando su huella en las paredes:

Ana Clara,

Con un grafo

ella escribe en las paredes ”resistir”,

bufanda rojinegra por la espalda,

minifalda,

Anaclara.

Borra infancia

aprendiendo en bellas artes a crecer,

con pechos de rosales sin espinas,

agua marina,

Anaclara.

Mario y Daniel de pueblo en pueblo, con historias pequeñas y gigantes, como develando secretos de dos o de todos; somos lo que va ocurriendo en el concierto que incluye lo que hemos sido y lo que seremos, (lo que queremos ser y lo que podremos).

Están cambiando los tiempos

para bien o para mal,

para mal o para bien,

nada va a quedar igual.

Cielito, cielo que sí,

con muchachos dondequiera,

mientras no haya libertad

se aplaza la primavera.

Los tiempos están cambiando,

están cambiando, qué bueno,

siempre el mundo será ancho

pero ya no será ajeno.

En pantalla, en los versos, en el canto, en la guitarra, van apresados —o mejor decir expandidos— los mejores fantasmas que nos han traído hasta hoy, Roque, Sandino, el Che, Allende, Sendic, Soledad, Jara, Elena, Cardenal, Haydee… Violeta pícara, audaz, mordaz, irónica, rebelde, apasionada hasta el colmo; será porque —como dice el propio Daniel— es la única Violeta nacida de una Parra.

Los pajes son corona’os,

los reyes friegan el piso,

el diablo en el paraíso

y presos van los solda’os.

Se premiaron los peca’os,

fusilamiento de jueces,

en seco nadan los peces;

será un acabo de mundo

cuando en los mares profundos

las arboledas florecen.

Los justos andan con grillos

y libres van los perversos,

noventa cobres, un peso,

seiscientos gramos, un kilo.

Los futres andan pililos,

los gordos son raquíticos,

brincaba un paralítico

sobre un filudo machete.

Ocho por tres, veintisiete,

divide un matemático.

La sala Che Guevara de Casa de las Américas, hereje santuario de los pobres de la tierra, ha trazado otro encuentro inolvidable; Viglietti combatiente desde la canción poética, (y desde su existencia), ese que encontró la sobrevida, trajo al amigo ante nosotros, para echar luces sobre momentos y seres esenciales de la historia de nuestros pueblos, luces necesarias para no olvidar-olvidarnos, para no rendirnos, para abrazar, para crecer, para defender a toda costa la alegría:

Defender la alegría como una trinchera

defenderla del escándalo y la rutina

de la miseria y los miserables

de las ausencias transitorias

y las definitivas

defender la alegría como un principio

defenderla del pasmo y las pesadillas

de los neutrales y de los neutrones

de las dulces infamias

y los graves diagnósticos

defender la alegría como una bandera

defenderla del rayo y la melancolía

de los ingenuos y de los canallas

de la retórica y los paros cardiacos

de las endemias y las academias

Con la misma sencillez que entró a escena se despide Daniel Viglietti, le han pedido otra y otra —cosa que él sabía de antemano— así que retorna al escenario y bromea con ello; dice que Mario y él tenían previstos siempre 3 bis. Y esta vez los hacen, como siempre, y como por vez primera.

No podíamos irnos sin tener a una mujer desnuda y en lo oscuro, defender la alegría o sin entonar con el cantor ese himno de guerra que nos invita “A desalambrar”:

Yo pregunto si en la tierra

nunca habrá pensado usted

que si las manos son nuestras

es nuestro lo que nos den.

¡A desalambrar, a desalambrar!

que la tierra es nuestra,

tuya y de aquel,

de Pedro, María, de Juan y José.

No encuentro mejor manera de sintetizar el calado y la exquisitez con que fue tejido este encuentro con Daniel Viglietti y Mario Benedetti, que las palabras que escribiera Martí a su María Mantilla, casi como despedida:

-A mí vuelta sabré si me has querido, por la música útil y fina que hayas aprendido para entonces: música que exprese y sienta, no hueca y

aparatosa: música en que se vea un pueblo, o todo un hombre, y hombre nuevo y superior.

Cielito de los muchachos:

Mario Benedetti-Daniel Viglietti.

Cielito, cielo, cielito,

cielito a la descubierta,

las botas del miedo pasan

por una calle desierta.

Cielito, cielo, qué joven

está el cielo en rebeldía,

qué verde viene la lluvia,

qué joven la puntería.

Se pone joven el tiempo

y acepta del tiempo el reto,

qué suerte que el tiempo joven

le falte al tiempo el respeto.

Están cambiando los tiempos

con muchachos dondequiera,

está el cielo en rebeldía,

qué verde viene la lluvia,

qué joven la puntería.

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