el autor alex pausides y su obra
La calurosa tarde del pasado 21 de agosto tuvo un apreciable alivio con el encuentro de El autor y su obra, que organiza el Instituto Cubano del Li...

Camilo García López-Trigo
La calurosa tarde del pasado 21 de agosto tuvo un apreciable alivio con el encuentro de El autor y su obra, que organiza el Instituto Cubano del Libro en la Biblioteca Provincial Rubén Martínez Villena de la Plaza de Armas, presentando en esta ocasión al poeta y editor Alex Pausides.
César López, Premio Nacional de Literatura, inició con alto vuelo el panel de lujo que se encargó de recorrer la vida y la obra del poeta, al colocarle entre los grandes exponentes de la literatura «que viene del Oriente», junto a Heredia, Zenea, Navarro Luna, El Cucalambé, Regino Boti y Poveda.
«El Oriente mítico no es lejano para nosotros», sentenció al distinguirlo como un poeta del espacio y el tiempo: «sin negar el tiempo, se convierte en un poeta del espacio, de su espacio entre el mar, la montaña y el río», refiriéndose al entorno de su natal Pilón de Manzanillo.
Al resaltar su labor como «fomentador de la poesía», destacó que en su obra el espacio se puede ensanchar a cualquier lugar del mundo y adaptarlo al tiempo, en alusión a su esfuerzo y creatividad personal como Coordinador General del Festival Internacional de Poesía de La Habana y Director de la Colección SurEditores, que desde hace 20 años ha promovido a un amplio número de autores de las más diversas latitudes.
El autor y su obra: (de izquierda a derecha) Daniel García Santos, César López, Nancy Morejón, Roberto Manzano y Alex Pausides
La también Premio Nacional de Literatura Nancy Morejón mantuvo la gran altura de la presentación del poeta al insistir en que «la verdad literaria de la Isla no puede explicarse sin el concurso de ciertos autores quienes, a caballo aún entre un siglo y otro, contribuyeron a fijar el aliento de una poesía cuya ininterrumpida existencia le ha dado carácter perdurable a la escritura literaria cubana.»
Resaltó que Pausides, siempre mirando hacia sus orígenes, «encarna en sus versos la angustia de un buen cubano que vio las sierras y palpó las enseñanzas de sus ríos, las de su historia legendaria. en ellos realiza sus más nobles sueños». A la vez, destacó su oficio como «editor inefable», mediante el cual «ha globalizado, en el mejor sentido de la palabra, su propia expresión en el marco de la poesía en lengua española escrita entre dos orillas, con sus variantes correspondientes, pero afirmando cada una a su modo la travesía histórica de los galeones y, sobre todo, la búsqueda de vocaciones auténticas.»
Al particularizar en su poemario Ensenada de Mora (2005) -sobre el que indicó que «la poesía cubana alcanza uno de sus momentos más altamente creativos, singulares»-, reseñó las observaciones de Roberto Fernández Retamar en una carta inédita de 2006 donde lo califica como «uno de los mejores libros de poesía» con que se ha «topado en largo tiempo» y le alabó diciendo: «Me encantó la forma libre y creadora con que hablas de cantarudas aguas o diademando de luz hasta mi día, o niñezco, o tristar, o rearticulas décimas para que puedan ser leídas de más de una manera».
El Autor y su obra: (de izquierda a derecha) Roberto Manzano y Alex Pausides
Por su parte, el editor y traductor Daniel García Santos resaltó la importante historia que atesora Cuba de poetas-editores -desde José Martí pasando por Lezama Lima, Fayad Jamís, José Mario y las ediciones El Puente, entre otros-, con la que Alex Pausides «continúa incrementando el alcance de esta tradición».
Destacó la habilidad de Pausides para combinar su oficio de excelente poeta con la consagración a un proyecto cultural que tiene que ver con la obra de los otros, a veces sacrificando la obra propia, que abre un canal de comunicación hacia otras creaciones. «Ese compromiso personal con la creación en su sentido más amplio y que parte, no de un decreto vertical o de un voluntarismo administrativo, sino de convicciones culturales que definen una vida, es lo que se identifica, con resultados ostensibles, en la construcción de la colección Sur», indicó.
Es ineludible coincidir con Daniel García en que esa armónica combinación ha sido también para Pausides «una manera de construir su propia poética; la edición se integra así a su poesía, como parte complementaria, inseparable, de ese hacer, de esa actividad creadora, que está en la base misma de ambas formas del arte: la poesía y la edición».
La culminación del panel estuvo a cargo del poeta y pedagogo Roberto Manzano, quien deleitó al auditorio con una simpática y exhaustiva reflexión sobre la obra poética de Pausides, a la que identificó con diez propiedades: actitud celebratoria, el «yo» siempre en plural, renovación léxica, estilización del habla rural, apropiación de espacios reales, vinculación entre naturaleza e historia, vínculo naturaleza y cultura, cruceta del equilibrio (que es la clave del poeta legítimo: entre lo culto y lo popular, entre lo antiguo y lo moderno), dialéctica entre lo injerto y el tronco y reflejo de un nuevo humanismo.
«Alrededor nuestro hay grandes poetas ¡lo que hace falta es verlos!», sentenció Manzano, al tiempo que alabó a Pausides por transmitir en su obra una alegría de vivir especial, que no se agota; por haber superado a todos los de su generación en la riqueza de palabras, en presentarlas de otra forma para darle una riqueza metafórica novedosa; por su encomiable tarea, como poeta íntegro, de enlazarlo todo, de imbricar mágicamente la historia, la naturaleza, el lenguaje, las supersticiones, los remedios, la defensa de lo nacional y la extraversión del país hacia el mundo.
Alex Pausides nació en Pilón de Manzanillo en 1950, es en la actualidad Vicepresidente de la Asociación de Escritores de la UNEAC y autor de más de una decena de poemarios, entre ellos: Cuaderno del artista adolescente, Habitante del viento, La casa del hombre, Malo de magia, Pequeña gloria, Ensenada de Mora y Caligrafías. Entre otros reconocimientos ha sido galardonado con los Premios Abril, La Gaceta de Cuba, de la Crítica Literaria y Samuel Feijóo, de la Sociedad Económica de Amigos del País.
Antes de leer varios de sus poemas -que dedicó a Basilia Papastamateu y Roberto Friol, por el papel que tuvieron ambos en los inicios de su vida literaria- Pausides confesó emocionado que ha sido «el homenaje más bello que he tenido como autor» y se refirió al encuentro como «una de las tardes más bonitas que recuerdo en muchos años».
No quedaba lugar a dudas sobre lo que César López sentenciaba al principio del encuentro, al decir que «en su obra, Alex Pausides se revela como lo que es, lo que fue y lo que seguirá siendo: un poeta verdadero, fiel a su espacio y a su tiempo».
Por: Camilo García López-Trigo
Nancy Morejón
NANCY MOREJÓN / ALEX PAUSIDES O LA FORTUNA DE ESCRIBIR POEMAS
Entrar a la lectura de un poeta como Alex Pausides es un acto revelador porque, en muchos casos, como el suyo, la poesía se esconde, volviéndose un oasis enterrado en lo más profundo de una floresta. Así ha sido mi reencuentro con los poemas de Alex Pausides, tan especiales, tan únicos y, al mismo tiempo, tan metidos en una legítima tradición de esa cubanidad que hallaron, para siempre, poetas como Regino Boti y José Manuel Poveda. Fue en boca del joven poeta Luis Díaz Oduardo, en Santiago de Cuba, donde escuché por primera vez el nombre de Pausides. Prematuramente muerto, Luis Díaz hablaba, en el transcurso de los sesenta, con un conocimiento de causa que todavía sorprende: “No hay paisaje como el de Oriente. Queremos nuestro paisaje pero pintado con palabras modernas, como hizo Boti con Guantánamo”. El paisaje oriental, como previó Pablo de la Torriente Brau, es de una exuberancia inexplicable. Tan es así que Pablo clamaba al decir: “El que quiera conocer otro país, sin ir al extranjero, que se vaya a Oriente, que se vaya a las montañas de Oriente”.
En el marco de ese legado de los poetas orientales cuyos sentidos viven alarmados por la belleza circundante –una belleza debida a la naturaleza indómita que los circundan–, brota el arte poética de Pausides quien, por otra parte, ha logrado alcanzar una filosofía del poema para nada distante de sus coterráneos más emblemáticos.
Nacido en Pilón de Manzanillo justo en el meridiano que divide el siglo XX, 1950, ha cultivado dos oficios que se dan la mano, para él, de forma cotidiana. Ese año amparó el quehacer de toda una generación a la que Pausides tampoco ha sido ajeno. Y, por polémica que haya resultado esa teoría acerca del signo de las generaciones, la verdad literaria de la Isla no puede explicarse sin el concurso de ciertos autores quienes, a caballo aún entre un siglo y otro, contribuyeron a fijar el aliento de una poesía cuya ininterrumpida existencia le ha dado carácter perdurable a la escritura literaria cubana.
Alex Pausides, mirando siempre hacia sus orígenes, indagando siempre sobre el misterio del aire en Pilón –que todos los días echa de menos–, encarna en sus versos la angustia de un buen cubano que vio las sierras y palpó las enseñanzas de sus ríos, las de su historia legendaria. En ellos, realiza sus más nobles sueños y, a la vez, armó el rompecabezas de un oficio que registra los más significativos testimonios de un momento histórico que ponía a la isla en el camino de la plenitud y su consiguiente modernidad.
Heredero del poeta francés Guillaume Apollinare, Pausides no abandona el rigor de las formas, el cultivo de la belleza como derecho inalienable de la poesía y, a la vez, ejerce sus derechos civiles con libre entereza, manteniendo un peculiar sentido de servicio social mientras coloca su oficio en el centro de una ética en favor del prójimo que es decir en favor de las comunidades más desfavorecidas y más cercanas. Por ello, su expresión nunca se aleja de aquéllas en que naciera y, desplazado por circunstancias a veces ajenas, en busca de nuevos horizontes, defiende en su voz todo lo que ayudó a conformar su identidad, civil o literaria.
Citar los versos de Apollinaire, no lo alienan, ni lo vuelven alguien de espaldas a la vida de la Isla sino todo lo contrario.
Es un gran valor de su poesía el recrear el mundo que lo viera nacer y conjugarlo con experiencias alrededor de otras latitudes continentales o europeas. Por eso proclama, con el poeta acodado al puente Mirabeau, de París: “Perdonad que ya no sepa el arte antiguo de los versos”, porque es un poeta de su tierra, de su tiempo, de los pobres de la tierra, como quería José Martí.
La filosofía del poema en este escritor se alimenta de una sustancia compuesta por los cuatro elementos y por esa mágica alfombra que es la palabra comunicadora no despojada de lirismo. Sería imposible describir aquí el carácter de sus versos. Lo que sí puedo afirmar es que se mecen entre un lirismo espontáneo y esa devoción por incorporar, lográndolo, la cadencia del habla de sus familiares, de sus coterráneos, aquellos que perfilaron el azul de las montañas y el esplendor de una bahía encantada.
Como bien sabemos, Alex Pausides es un editor inefable que, ya en las últimas décadas del siglo XX, ha hecho posible una vida literaria para la creación poética cubana y mundial no sólo recogida en las hermosas ediciones que planea y concibe, junto a la poetisa Aitana Alberti –aunando ambos numerosísimas voluntades—sino latente en el corazón de la experiencia intelectual que ha constituido la organización, entre otras faenas, para convertir en hecho real la celebración del Festival Internacional de Poesía de La Habana. Un hecho es inseparable del otro.
Lo importante, sin embargo, es que Pausides ha globalizado, en el mejor sentido de la palabra, su propia expresión en el marco de la poesía en lengua española escrita entre dos orillas, con sus variantes correspondientes, pero afirmando cada una a su modo la travesía histórica de los galeones y, sobre todo, la búsqueda de vocaciones auténticas. Descuella en su tratamiento del lenguaje, su atención al del gran peruano César Vallejo principalmente en el arco que va de Trilce (1922) a Poemas humanos (1939). Allí se tiende esa asombrosa voltereta surgida de su libre elección por inauditos adjetivos, pulsados hasta desencarnarlos y entronizarlos en sustantivos y verbos insólitos que el venezolano Edmundo Aray destaca, en reverencia fraternal, como un don imposible de ser negociado:
sácale un susto a la palabra
no dejes que salga de su asombro
y ahí mismo ámala
que sangre que se aleje
echando chorros de magia
(«poética»)
El poemario Ensenada de Mora (2005) entra en el campo de lo inusual, en su originalidad deslumbrante. Luego de considerarlo “uno de los mejores libros de poesía con que” se ha “topado en largo tiempo”, es perspicaz la observación de Roberto Fernández Retamar en carta inédita, escrita a Pausides, en 2006, cuando afirma: “Me encantó la forma libre y creadora con que hablas de cantarudas aguas o diademando de luz hasta mi día, o niñezco, o tristar, o rearticulas décimas para que puedan ser leídas de más de una manera”. La poesía cubana alcanza con este poemario uno de sus momentos más altamente creativos, singulares, anclada su voz, sin embargo, en el legado que proporcionaron otros títulos emblemáticos del siglo como el Libro de los héroes (1964), de Pablo Armando Fernández; o La pedrada (1962) de Fayad Jamís; o, incluso, más allá de su heroico escenario citadino, Silencio en voz de muerte (1963), de César López. La épica de una guerra de liberación librada en las montañas orientales, en plena mitad del siglo pasado, es dibujada por el poeta manzanillero con gesto de amor, con ese desprendimiento formal que hace su texto único en su clase.
No por azar, Cintio Vitier reconoce también ese uso casi irracional del lenguaje en Pausides que lo convierte, a su juicio, en “un poeta adánico” capaz de huir de lo preestablecido para entender que «el lenguaje también se despereza, estira los brazos y las piernas y le encanta decir lluvien en lugar de lluevan». De modo que Ensenada de Mora es a nuestra generación lo que fuera Beth-el (1940-1948), de Samuel Feijóo –cuyo centenario, por cierto, nos alistamos a celebrar muy pronto–, no sólo para los creadores literarios aglutinados alrededor de la revista Orígenes, que fundara José Lezama Lima en la primera mitad del siglo XX, sino para la llamada Generación del 50, año justo del nacimiento de Alex. Al mismo tiempo, el joven poeta de Pilón inaugura en sus poemas una ternura y una sencillez tan transparentes como el entorno geográfico en que naciera y se criara. Escuchemos:
Este libro quiere ser testimonio de mi cariño por el pequeño pueblo fundado a principios del siglo pasado en las márgenes de la ensenada donde nací, y de mi admiración por la vida sencilla de sus gentes, su lengua graciosa y original, y por todo lo hermoso y bueno que a mi alrededor hicieron nacer y que en la memoria agradecida permanece.
Han alcanzado una existencia perenne en sus lectores Himilce, Franci, Micaela, Manolo y hasta Belisario Vicente Rivas, su maestro. He vuelto y vuelto sobre las páginas de Ensenada de Mora y todo el que lo haga percibirá un escenario duradero y cambiante, casi virtual en su lirismo épico, porque en ese sitio mágico de nuestra historia más reciente no sólo experimenté un desdoblamiento de los sentidos, como pedía Arthur Rimbaud, respirando el aire de la bahía cantada por Benny Moré, sino porque escribí, junto a Aitana y Alex, a petición suya, mi primer poema para Antonio Guerrero, en donde, luego, los poetas presentes formaron la primera coral a favor de su regreso sino porque allí comprendí el viaje que va de Ensenada de Mora (2005) a Habitante del viento (2010); este último, finamente estudiado por Enrique Saínz de la Torriente, uno de los más sagaces críticos de la Isla, miembro de la Academia Cubana de la Lengua quien, con mucho acierto, ha declarado: “La poesía cubana tiene en Habitante del viento, un libro de la más auténtica experiencia, un libro de poesía que viene a enriquecernos con la fuerza de su más fiel y entrañable testimonio”; o aquel otro poemario cuyo título está inspirado en un verso inolvidable del infortunado poeta francés, explorador de un África ignota para su época, al identificar en su conducta esa “extensión de la conciencia” que lo arrojara a la leyenda negra de un siglo que no lo podía ni asimilar ni comprender.
El poeta de las bahías manzanilleras cala en su infancia, como es usual, refractando los signos metafóricos de aquel adolescente provinciano residente en Charleville:
de niño
siempre quise
echar mi corazón
en una bandejita
y así
íntimamente
alzarlo entre los hombres
como el más grande
el más tierno tesoro
que me ha sido dado
ofrecer
(« la extensión de la inocencia»)
«Aquí estamos», como proclamara Nicolás Guillén en 1931, para escuchar su lectura y comprobar, como el que oye llover, que Alex Pausides ha tenido la fortuna de escribir poemas, espléndidos poemas, en esta Isla que lo viera nacer.
Daniel García Santos
Cada vez que se me ha dado la ocasión de referirme a la condición de editor, insisto en la cualidad más medular, al menos desde mi punto de vista, de la condición de editor: el lado creador del oficio. Me refiero a aquel editor —porque el término es interpretado a veces de forma bastante ambigua— que contribuye conscientemente, con su cultura y su afinado juicio crítico, al diseño de una literatura para conocimiento del público lector. Con vocación de servicio y sensibilidad estética —en suma, como creador— ese editor enjuicia la obra de los otros, selecciona críticamente, interactúa con los textos, define movimientos, tendencias y generaciones, pone en evidencia hallazgos en determinados género literarios, y, al final, decide, desde su cabal inserción en el proceso cultural que intenta enriquecer.
Hace unos días tropecé con la siguiente cita, que me resultó iluminadora tratándose de un editor norteamericano, es decir, procedente de un país en el que la edición de libros, como casi todas las cosas, está condicionada por el mercado. Se trata de Michael Korda, quien llegó a ser director de Simon & Shuster y desde esa posición se convirtió en uno de los referentes de la industria: «Alguien que publica libros, sin importar cuán bueno sea, es un hombre de negocios, pero alguien que edita libros tiene una profesión, como un médico, un abogado, un ingeniero o un maestro. Y como todas las profesiones más nobles, la edición es también un arte, si se hace bien, y un misterio (…).»
En cuanto a la poesía, estamos entre poetas y no soy el más indicado para referirme a sus esencias. Baste decir que nos encontramos aquí, ensalzando la obra de un poeta que ha dejado su propia estela dentro de la poesía cubana, de lo cual este panel es muestra elocuente. Siendo yo director de la Editorial Letras Cubanas, tuve el privilegio de que se publicaran dos de sus poemarios: Pequeña gloria (2000) y Ensenada de mora (2005). Antes de mi paso por esa Editorial, ya su catálogo se prestigiaba con dos poemarios más (Malo de magia y Palabras a la innombrable).
Consecuente con uno de sus asertos, que encontré mientras elaboraba estas cuartillas: «A la poesía hay que enaltecerla», Pauside preside la colección Sur, fundada en 1993, al calor del Festival Internacional de Poesía de La Habana. Un resultado editorial, que es el premio al esfuerzo, que exhibe ya la cifra de 203 títulos publicados, aproximadamente, y que abarca diversidad de autores de las más disímiles procedencias: los uruguayos Saúl Ibargoyen y Eduardo Galeano, los españoles Rafael Alberti y María Teresa León, el chileno Pablo Neruda, el húngaro Attila Jozsef, el francés Arthur Rimbaud, el senegalés Léopold Sedar Senghor, el griego Yannis Ritsos, el haitiano Jacques Roumain, los rusos Anna Ajmatova y Evgueni Evtuchenko, el angolano Agostinho Neto, el palestino Mahmud Darwish, el martiniqués Aimé Césaire, el persa Omar Khayyam, el vietnamita Ho Chi Minh, el turco Nazim Hikmet; los cubanos José Lezama Lima, Nicolás Guillén, Roberto Fernández Retamar, Carilda Oliver Labra, Nancy Morejón, Miguel Barnet, Guillermo Rodríguez Rivera, Roberto Manzano, Alpidio Alonso, Luis Marré, entre muchos otros, incluyendo la poesía de sus cultores más jóvenes, con un talento ya pasado por el fuego de la crítica.
Cuando el poeta Pausides me hizo el honor de invitarme para que presentara la colección Sur en ocasión del Día Mundial de la Poesía, dije algo que quisiera repetir hoy: La obra de un poeta no está solo en la invención de un texto que devela sus fantasmas, auxiliándose del manejo de la lengua y de las herramientas literarias, tratando de dialogar desde su más auténtica sensibilidad con el inasible lector, sino también en la consagración a un proyecto cultural que tiene que ver con la obra de los otros, y con la apertura de un canal de comunicación hacia otras creaciones. Y entregarse a ese proyecto, a veces sacrificando la obra propia. Ese compromiso personal con la creación en su sentido más amplio y que parte, no de un decreto vertical o de un voluntarismo administrativo, sino de convicciones culturales que definen una vida, es lo que se identifica, con resultados ostensibles, en la construcción de la colección Sur. Aun cuando tiene el eficaz respaldo institucional de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, la vocación de servicio que entraña un esfuerzo como este, se debe a la consagración de Alex Pausides, en estrecha alianza con Aitana Alberti, César López y Pablo Armando Fernández, portadores de sus respectivas poéticas, a lo que se suma la colaboración de numerosos poetas y escritores en general que han ofrecido sus obras para nutrirla, y han ayudado a hacer realidad esta mirada hacia y desde el sur.
Cuba tiene una rica tradición de poetas editores, que parte del siglo XIX, pasa por la labor editorial realizada por José Martí, y llega hasta la contemporaneidad con figuras como José Lezama Lima y sus ediciones Orígenes, Fayad Jamís y su colección La Tertulia, José Mario y las ediciones El Puente, entro otros. El trabajo de Pausides continúa incrementando el alcance de esa tradición.
El editor —en su sentido de artífice de la cultura—, está entrelazado con la poesía gracias al abarcador concepto de creación que reside en la raíz etimológica de esta: La poiesis alude a esa amplitud: hacer, otorgar existencia a algo que antes no la tenía. Pero también están relacionados por la fascinación del misterio. El misterio de la poesía ha sido largamente testimoniado por sus más grandes cultores. El de la edición, no tanto. Por eso me gustó además la cita inicial de Michael Korda. Todo lo cual me permite arriesgar la afirmación que editar es también hacer poesía.
De modo que la colección Sur, y el empeño que el poeta Alex Pausides ha puesto en ella a lo largo de todos estos años, ha sido también una manera de construir su propia poética; la edición se integra así a su poesía, como parte complementaria, inseparable, de ese hacer, de esa actividad creadora, que está en la base misma de ambas formas del arte: la poesía y la edición.
Daniel García Santos
El Autor y su Obra, dedicado a Alex Pausides
21 de agosto de 2013
«La poesía pudiera salvarnos. Que salve al individuo es ya bastante. Pero no puede, la pobre, detener el desastre. La poesía puede inspirar esa necesidad de cambiar la vida y transformar el mundo —como querían Rimbaud y Marx—, ser útil para suscitar una actitud consciente o emocional ante la barbarie. La poesía puede convocar a un levantamiento del espíritu contra la codicia.»
Quien así concibe las fuerzas indiscutibles de la poesía es el poeta Alex Pausides (Manzanillo, 1950), invitado a la más reciente celebración del espacio El autor y su obra, coordinado por el Instituto Cubano del Libro para homenajear dentro de ese ámbito, a los más destacados creadores.
Muchas obras le debemos a Pausides: las de sus creaciones nacidas de su materia de poeta y las que en su faena como editor de la colección SurEditores, ha puesto en manos de infinidad de lectores. Su labor de promoción al frente del Festival Internacional de Poesía de La Habana, es también responsable de que estemos los cubanos hoy más cerca de los bardos contemporáneos del orbe.
Para referirse a la empresa que ha llevado a cabo este manzanillero, con cuya obra incursionó en novedosos tratamientos del lenguaje que se ubican en la llamada «poesía de la tierra» —movimiento literario caracterizado, entre otros rasgos, por una enunciación lírica desde la infancia, un exquisito tratamiento de la oralidad rural y la recuperación de los vínculos entre naturaleza, historia e individuo—fueron invitados los premios nacionales de literatura Nancy Morejón y César López; el editor Daniel García Santos y el poeta y crítico Roberto Manzano.
Como el poeta del espacio y del tiempo, de su espacio entre el mar y la montaña, que es su provincia, y al cual le será eternamente fiel, lo definió César López. «Desde allí su país se puede ensanchar a cualquier parte del mundo».
En un contundente artículo que Nancy Morejón, la autora de Mutismos tituló Alex Pausides o la fortuna de escribir poemas, «tan especiales, tan únicos y, al mismo tiempo, tan metidos en una legítima tradición de esa cubanidad», expresa que «en ellos, realiza el poeta sus más nobles sueños y, a la vez, armó el rompecabezas de un oficio que registra los más significativos testimonios de un momento histórico que ponía a la Isla en el camino de la plenitud y su consiguiente modernidad».
Al resultado editorial, «que es el premio al esfuerzo, que exhibe ya la cifra de 203 títulos publicados, aproximadamente, y que abarca diversidad de autores de las más disímiles procedencias» se refirió Daniel García Santos, quien además valoró con total justeza el mérito de la edición como oficio, que está en «la consagración a un proyecto cultural que tiene que ver con la obra de los otros, y con la apertura de un canal de comunicación hacia otras creaciones».
Roberto Manzano, remitiendo a la entrevista que él mismo le hiciera, a los interesados en pormenores y filosofías de la vida de Pausides, y que aparece publicada en la revista Amnios (julio, 2012), se restringió a ofrecer rasgos de su poesía.
La actitud celebratoria, ígnica, fascinada de la alegría de vivir —»hoy día poco frecuente»— que bien puede haber aprendido de Whitman o de Martí, «puesto que muchas frases suyas suenan martianas», fue el primer señalamiento; el yo siempre plural, la renovación léxica, la estilización del habla rural, la apropiación de los espacios reales, la vinculación de la naturaleza con la cultura, y el nuevo humanismo que hay en su obra, fueron otras de las características reconocidas.
«Hay unos rasgos que para mí son la clave del poeta legítimo: lo culto, lo popular, lo antiguo y lo moderno: a algunos se les va la cruceta, son demasiado modernos, cultos, o populares, o antiguos, pero cuando el eje se asienta bien sobre esos cuadrantes estamos ante un poeta de alta talla. Pausides acepta bien la cruceta, cuando lo pongo frente a ella cruza con éxito esa prueba».
Por Madeleine Sautié Rodríguez
[palabralink]Alex Pausides
Poeta y editor. Fue director del mensuario cultural El Caimán Barbudo. Actualmente es Vicepresidente de la Asociación de Escritores de la UNEAC y coordinador general del Festival Internacional de Poesía de La Habana. Dirige, además, la colección Sur Editores que ha publicado en Cuba a Ritsos, Ajmátova, Szymborska, Neruda, Neto, Darwish, Senghor, y Evtushenko, entre otros. Poemas suyos han sido traducidos al portugués, francés, italiano, inglés, rumano, ruso y alemán.
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[palabralink]Nancy Morejón
Poeta, ensayista, periodista, crítica literaria y teatral, y traductora.
Licenciada en Lengua y Literatura Francesas por la Universidad de La Habana, en 1966. Miembro de número de la Academia Cubana de la Lengua desde 1999, se desempeña en la actualidad como asesora de la Casa de las Américas, y como Presidenta de la Asociación de Escritores de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) concluido el VII Congreso de esta en abril de 2008.
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Daniel García Santo
Editor, ensayista y traductor. Fue director de la editorial Letras Cubanas. Actualmente dirige la Agencia Literaria Latinoamericana.
Ha participado como ponente en diversos paneles de carácter profesional, en especial sobre temas de dedicados a la edición de libros. Ha integrado también numerosos jurados literarios: Premio Nacional de Literatura, Premios de Edición y Diseño, Premio de Traducción Literaria, Premio Alejo Carpentier de Cuento, etc.
Posee la Distinción por la Cultura Nacional.
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[palabralink]César López
Nació en Santiago de Cuba el 25 de diciembre de 1933.
Miembro de Número de la Academia Cubana de la Lengua y Miembro Correspondiente de la Real Academia Española. Premio Nacional de Literatura en 1999. Su obra es ‘Libro de la Ciudad‘
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Nació en Ciego de Avila en 1949. Poeta, ensayista, editor, promotor cultural, profesor y es miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.
Fue Jefe de redacción de poesía en la editorial Letras Cubanas. Obtuvo el premio de poesia Nicolas Guillén. Su obra principal es El Canto de la Sabana, 1973.
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